Había mucha expectación por la aparición de Donald Trump en Davos. El presidente de Estados Unidos llevaba semanas incrementando la presión sobre su último capricho: hacerse con Groenlandia. Para ello, se dedicaba a repartir impunemente amenazas y humillaciones por doquier a los países europeos, así como a la UE como organización. Es algo a lo que ya estamos acostumbrados, pues ha sido una tónica dominante de lo que lleva de mandato, si bien es cierto que cada vez con mayor contundencia. También estábamos acostumbrados a que los líderes europeos se dedicasen a mirar para otro lado, sonreír o, directamente, pelotear. Sobre todo, los países del Este (que son los que piensan que más tienen que perder si se quedan sin la cobertura militar de Estados Unidos frente a Rusia) y los representantes de países germánicos: el canciller alemán, Friedrich Merz; la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von del Leyen; y muy especialmente el pelotillero en jefe de la OTAN, el inenarrable ex primer ministro holandés, Mark Rutte.

- El ex primer ministro holandés, Mark Rutte. -
- Foto: KAY NIETFELD / DPA
Pero en Davos hubo un claro cambio de tendencia. Es tan evidente y opresiva la presencia en el discurso público de las continuas amenazas de Trump, tan humillante la posición de los líderes europeos, que no han tenido otro remedio que plantarse. Como bien dijo el primer ministro belga, Bart de Wever, una cosa es ser un vasallo feliz y otra un miserable esclavo (es decir, y para que tampoco nos vengamos arriba: el objetivo soñado es seguir siendo vasallos, como siempre, pero que al menos no se explicite esta situación, ni nos insulten continuamente). Plantarse en una situación precaria, porque algunos dirigentes europeos, sobre todo aquellos que ubicamos en la extrema derecha (como el líder húngaro, Viktor Orban, o la primera ministra italiana, Giorgia Meloni), funcionan -con matices en el caso italiano- como submarinos de Trump en la UE.
Todo el mundo sabe que no puedes darle al matón todo lo que pide cuando lo pide, porque cada vez pedirá más. Eso lo sabe cualquiera que haya estado en el patio de un colegio, es decir: cualquiera. Y también lo sabe el propio matón, que normalmente, cuando amenaza, también ofrece protección y cierta proporcionalidad: así funciona la mafia, mucho más civilizada, en las formas, que Trump, que con los europeos exige y, además, respondan lo que respondan, humilla y luego exige más. La UE ya ha cedido en los aranceles y en el 5% del PIB destinado a armamento (y, además, en teoría destinado en buena medida a comprar armamento de EEUU, ni siquiera se dedicaría exclusivamente a fortalecer la industria europea). Ahora estamos hablando, directamente, de perder partes del territorio de un país de la UE y la OTAN a manos de nuestro "aliado".

- El presidente de Vox, Santiago Abascal. -
- Foto: ALBERTO ORTEGA / EP
Y hay una cuestión más o menos subyacente, pero que cada vez es más clara: ¿alguno de ustedes ha visto a Santiago Abascal sacando pecho de su alianza con Trump y defendiendo sus amenazas a la UE? Claro que no; porque Abascal y Vox venden un supuesto patriotismo en defensa de España. ¿Qué clase de patriotismo es el que acepta la humillación ritual de nuestro país y las amenazas de Trump a nuestro bienestar e incluso integridad territorial? Que hoy son contra Dinamarca, pero mañana se pueden dirigir a Ceuta y Melilla o a las Canarias, que para algo Marruecos es un fiel aliado de Estados Unidos. Para la extrema derecha europea, Trump es un problema, porque es difícil vender a sus ciudadanos que estar con Trump es estar con la grandeza de la patria mientras Trump manifiestamente busca debilitarla. Por eso Abascal está escondido en un agujero en todo este debate, y por eso Marine Le Pen se ubica nítidamente en una posición de confrontación con Trump (por otro lado, históricamente muy bien recibida en Francia).
Confrontar con Trump da réditos electorales, o si no que se lo digan al primer ministro canadiense, Mark Carney, que remontó una distancia de casi 30 puntos a su rival conservador precisamente porque su campaña consistió en presentarse como el candidato nítidamente antitrumpista. Es lo mismo a lo que se agarra Pedro Sánchez en España. Y es, y visto lo visto será en los próximos años, un poderoso vector electoral. Es imposible que los líderes europeos no tengan esto en cuenta en su evaluación de los riesgos que conlleva enfrentarse a Trump. Por eso, los discursos de Macron, de Von der Leyen, incluso de Merz, han dado un giro evidente en Davos respecto del patético lacayismo al que estábamos acostumbrados.

- El primer ministro francés, Emmanuel Macron. -
- Foto: VALERIANO DI DOMENICO / WORLD ECOM / DPA
Como resultado de la incipiente resistencia europea, hemos asistido a una clara retirada de posiciones de Trump, que ha afirmado renunciar al uso de la fuerza y luego ha aparecido con un fantasmagórico acuerdo con el secretario general de la OTAN, el inefable Mark Rutte, principal candidato al premio 2026 "Maria Corina Machado" al dirigente internacional más pelota con Trump. Rutte, cuyo cargo depende de Trump, y no de los votantes europeos, ha aparecido con un plan sin detallar que parece consistir en ceder una parte de Groenlandia a Estados Unidos. Lo divertido del asunto es que el plan se ha elaborado, al parecer, entre él y Trump, sin concurso de las autoridades de Groenlandia ni Dinamarca, ni por supuesto de la propia UE. Es interesante preguntarse exactamente qué legitimidad tiene este hombre para regalar territorio de países que no controla, como ya le han recordado desde Groenlandia, mientras la primera ministra danesa explicitaba que ese pacto no había contado con ellos en ningún momento.
En resumen: por mucho que nos regalen los oídos algunos analistas sobre la densidad de la estrategia trumpista de desestabilización, que esto es una retirada táctica, que busca dividir, etcétera, lo cierto es que quien ha salido de Davos malparado y con un pacto de consolación absurdo con su más leal lacayo para tener algo que ofrecer a la prensa ha sido el presidente de Estados Unidos. Por eso se ha apresurado a sacarse de la manga su nuevo proyecto internacional: la Junta de Paz que ha montado a mayor gloria de él mismo para sustituir a la ONU, y que ha conseguido el apoyo, como cabría esperar, de algunos pelotas de medio pelo, entre los que destacan Israel, Argentina, Turquía y Marruecos. Ninguna potencia de primer nivel, ningún país avanzado (salvo Israel), ninguna otra potencia nuclear (salvo Israel), ... En fin, está claro de qué va esto.
Habrá que aguantar al menos unos meses más de presión de Trump, con Groenlandia o lo que se le ocurra en cada momento. Pero parece que, por fin, los líderes europeos han comenzado a entender que apaciguar a Trump no sirve de mucho y además tiene consecuencias electorales más perniciosas conforme más se arrodillen. Eso Sánchez lo tuvo claro desde el principio, y de hecho es, sin duda, su principal argumento electoral para 2026 (no creo que le funcione, pero este hombre se agarra a lo que pase por ahí en cada momento).