En su primer mandato, no puede decirse que Donald Trump hiciera grandes cosas. Un presidente, una vez llega a la Casa Blanca, pero sobre todo cuando está a punto de salir de allí, a menudo se deja guiar por su ego para conseguir logros que trasciendan los años de su mandato y así entrar en la historia. Durante décadas, era algo recurrente ver desfilar a los presidentes de Estados Unidos, en los últimos dos años de su segundo mandato, buscando grandes obras (la resolución del conflicto Israel-Palestina era uno de los tropos más habituales) que les permitieran pasar a la posteridad.
Una vez alcanzado su segundo mandato presidencial, está claro que Trump no quiere esperar a los últimos dos años para entrar en la historia. Ahora controla sendas cámaras, Congreso y Senado, tiene casi 80 años, y no puede permitirse perder el tiempo. Por otra parte, en la naturaleza del personaje está ir siempre un poco más allá, el más difícil todavía. Como no tiene contrapesos, y por otro lado todos los que le rodean son aduladores que rivalizan por su favor y saben que lo que a él le gusta es que le digan constantemente lo maravilloso e infalible que es, Trump quiere dejar una huella indeleble, de todas las formas posibles. Todo aquello susceptible en EEUU de incorporar el nombre "Donald J. Trump" lo hará, si está en la mano del presidente. En breve, veremos proyectos para incorporar la efigie de Trump al monte Rushmore, si es que no los hay ya en marcha. Y no hace falta que enfatice en qué medida la democracia estadounidense se está viendo subvertida por la acción presidencial a niveles muy variados, que incluyen montar bandas paramilitares que van por ahí impunemente asesinando ciudadanos inocentes.
Sin embargo, este tipo de acciones tienen fecha de caducidad: cuando Trump abandone la Casa Blanca, todos sabemos que las medidas destinadas a enaltecer su figura durante su mandato y por parte del presidente se desvanecerán con rapidez, y que todas esas instituciones que llevan el nombre de Trump, o casi todas, volverán a su denominación original.

- Theodore Roosevelt, expresidente de los Estados Unidos. -
- Foto: UNSPLASH
Por ese motivo, y porque su egolatría no conoce límites, Trump también está empeñado en buscar realizaciones que trasciendan el paso del tiempo; que no puedan deshacerse tan fácilmente una vez finalizado su mandato. Por un lado, está su obsesión con el premio Nobel de la Paz, que contra toda evidencia intenta que le otorguen. Aquí Trump no va tan desencaminado como podría parecer, teniendo en cuenta que dicho galardón ya se otorgó a dos presidentes estadounidenses en ejercicio, Theodore Roosevelt (1906) y Barack Obama (2009), y ambos premios son más que discutibles. Al "Roosevelt malo", un imperialista de pro, se le concedió por su mediación entre Rusia y Japón que dio lugar al final de la guerra. A Obama, directamente, se le concedió por... nada. Por ser él y por las expectativas que había generado su llegada a la Casa Blanca. No por lo que había hecho, sino por lo que supuestamente iba a hacer (y no hizo). Así que, a decir verdad, si Trump se cree mínimamente su narrativa de que ha terminado con ocho guerras (digamos que ha dejado en un nivel de baja intensidad una de ellas, que no es propiamente una guerra, sino el exterminio de los palestinos de Gaza a manos de Israel), tampoco es descabellado que vaya por ahí clamando por su Nobel.

- Barack Obama, expresidente de los Estados Unidos. -
- Foto: TESS CROWLEY / TNS VIA ZUMA PRESS / DPA / EP
Dicha obsesión es una de las posibles explicaciones de la intervención estadounidense para raptar a Nicolás Maduro, presidente de Venezuela, con un vago pretexto de lucha contra el narcotráfico, para así hacerse con el petróleo. No es que esta sea una carta de presentación muy solvente para obtener el Nobel el año que viene, pero Trump piensa conseguirlo por la vía de que la premio Nobel de 2025, la líder opositora venezolana María Corina Machado, se lo ceda (preferiblemente) o lo comparta con él (que tampoco parece que sea algo que realmente pueda hacerse). El presidente estadounidense ya ha dejado claro que Machado no le parece la dirigente adecuada para regir los destinos de Venezuela, y que Delcy Rodríguez, que no le ha birlado ningún premio Nobel, lo hará mucho mejor. La propia María Corina Machado, superando todos los registros de peloteo desmesurado a Trump (y mira que es difícil liderar aquí, con la competencia que hay), ya se ha mostrado dispuesta a ello, en una actitud por un lado muy pacifista, pero por otro lamentablemente carente de dignidad. Si Trump lo consigue, podrá ponerle un "check" a esa casilla de sus tareas pendientes, al estilo tramposo tan del gusto del personaje.

- El presidenteNicolás Maduro, tras su captura por fuerzas estadounidenses. -
- Foto: GOBIERNO DE EEUU
Sin embargo, un Nobel no deja de ser una versión mejorada de poner tu nombre a un aeropuerto o un museo. Siempre puede llegar tu sucesor y apañárselas para que Noruega revoque el premio o diga que apropiarse del Nobel de otro no cuenta (cosa que, por otro lado, es evidente). No les quepa la menor duda de que eso es lo que sucederá con el maravilloso Premio de la Paz otorgado apresuradamente por la FIFA a Trump como consolación del chasco del Nobel; la propia FIFA lo revocará al día siguiente de abandonar Trump la presidencia (habría que darle a la FIFA el "Premio María Corina Machado" a la institución más pelotillera, la verdad).

- Archivo - Maria Corina Machado -
Por esa razón, Trump también busca la carta definitiva para entrar en la Historia con mayúsculas y no salir de ahí, que es y ha sido siempre la expansión territorial. Presidentes de EEUU tan moralmente repugnantes como Andrew Jackson tienen muy buena prensa en su país sencillamente porque expandieron sus fronteras, no importa cómo. Trump, que se mira en ese espejo como en el de pocos antecesores en la presidencia, lo tiene claro, y tiene razón: si logra hacerse con Groenlandia, o con otro territorio, e incorporarlo a los EEUU, entrará en la historia, con independencia de sus demás realizaciones. Por eso, no sirven de nada los patéticos y lastimeros comunicados de Dinamarca o de la UE asegurando que Groenlandia, y la propia UE, están ahí para lo que guste mandar el señorito, que en la práctica Groenlandia es como si ya fuera estadounidense, etc. Porque lo que quiere Trump, vía compra, plebiscito, o como sea, es "pintar" el mapa. Que después de él EEUU incluya más territorio que antes de él. Y punto. Y, viendo la eficacia de la UE resistiéndose a las exigencias de Trump, no caben muchas dudas de que puede conseguirlo.
El camino de aquí a noviembre, cuando se renueva la Cámara de Representantes y un tercio del Senado de EEUU, se nos va a hacer muy largo. Y si Trump retiene el control de ambas cámaras, como hasta ahora, más largo aún.