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VALS PARA HORMIGAS
Publicado: 09/09/2026 · 06:00
Actualizado: 09/09/2026 · 06:00
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Siempre al día de las últimas noticias

He bajado al centro a hacer unas gestiones, me dice, como si pudiera planearse algo mejor la mañana de un martes de septiembre. Me pregunta si quiero que nos tomemos un café y respondo que sí, más por curiosidad que porque me apetezca. La última vez que hablé con ella fue durante los últimos coletazos de la pandemia, cuando la gente se dividía entre los que aportaban y los que querías quitarte de encima a toda costa. Y ella era del segundo grupo, tan zen, tan bien educada en un colegio privado famoso en toda la provincia, tan cuartomilenarista, sin embargo. Se mantiene en forma, lleva el pelo más largo y con más mechas de lo que solía acostumbrar y no recordaba que tuviera los ojos tan pequeños. Bombón para mí y cortado con leche de soja para ella. Tras ponerla al corriente de mis naufragios y rescates, de mis fugas y asombros, me reconoce que está aterrada. Tengo que hacerme a la idea de que vuelvo a las clases, confiesa mientras agita un par de veces la sacarina con la cucharilla.

Ahora me cuentas, le digo, pero cómo van los chiquillos. Con el mayor nunca ha tenido grandes problemas. Buen estudiante, con inquietudes creativas, se ha metido a Bellas Artes, me cuenta, arrugando un poco el labio. Se morirá de hambre, bromea. Despliego mi habitual defensa de las vocaciones que se alejan de lo establecido. Bueno, podrá ser profesor, como yo, admite con resignación. La pequeña es una excelente estudiante pero tiene mi mismo carácter, chocamos muchas veces y ahora se ha tatuado la espalda, solo por sacarme de quicio, asegura, tan zen, tan bien educada en un colegio de pago, tan narcisista, sin embargo. Esta vez me contengo y tan solo exhalo con mínima energía un déjala que haga lo que quiera. Me explica que la niña se ha echado novio y pienso que no tardará en salir de casa, en cuanto tenga una mínima oportunidad, de una casa que, según me informa, está en un barrio malísimo, lleno de gitanos y moros que no hacen más que trapichear. Me contengo otra vez. Quiere ser traductora, fíjate, ahora que se van a quedar sin trabajo por culpa de la IA. Podrá ser traductora jurada, o de poesía, o profesora de idiomas, o viajar por ahí, opino. Sí, supongo, masculla con la mirada baja.

Me pregunta, como de costumbre, qué estoy leyendo. A John Cheever, contesto. Le pregunto si conoce la película El nadador, con Burt Lancaster. Sí, me encanta. Pues el autor del relato en que se basa. Me pide que le mande por whatsapp el nombre, con esa desquiciante incapacidad para manejarse con el inglés que tienen varios de los que sé que han ido a su mismo instituto. Precisamente porque me entretengo en este pensamiento no me quedo con el autor que está leyendo ella. Voy a la playa con mi libro electrónico y me siento, pero cada vez hay más grupos de panchitos que ponen música a todo volumen. Quieres decir latinos. Sí, eso, no entiendo por qué tienen que molestar tanto. Supongo que detecta un rictus extraño en mi cara, porque enseguida pasa al inicio de curso. Solo de pensar que tendré que enfrentarme otra vez con ellos, con los que no están interesados en Lengua, con los ucranianos que no tienen ni idea de español, con los padres que quieren que su hijo apruebe sin estudiar, uf.

Aprovecho la llegada de varios mensajes para decirle que me tengo que ir a trabajar. Tenemos que quedar alguna vez, sonríe. Pero yo ya estoy en marcha hacia mi casa, pensando cuánto tardará esta vez en pillarse una baja. Tan zen, tan bien educada, tan poco vocacional y dispuesta para la docencia, sin embargo.

@Faroimpostor
 

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