Hay decisiones políticas que no sorprenden porque simplemente confirman una realidad. El reciente nombramiento de la alcaldesa de Valencia, María José Catalá, como apuesta del Partido Popular para continuar siendo la alcaldesa de todos los valencianos tras las elecciones de 2027, es una de ellas.
Es el reconocimiento a una forma de gobernar que, en apenas tres años, ha devuelto a Valencia la ambición, el liderazgo y la confianza en sí misma. Los valencianos ya conocen a su alcaldesa. Ya no hablamos de promesas, sino de hechos. Hablamos de trabajo, de cercanía y de la ambición de hacer de Valencia una ciudad cada día mejor.
Siempre he pensado que un buen alcalde debe ser capaz de hacer dos cosas al mismo tiempo. Tener una visión de futuro para transformar su ciudad y, a la vez, no perder nunca la sensibilidad por los pequeños problemas cotidianos de sus vecinos. Ambicionar lo grande y cuidar lo pequeño. Y eso es, precisamente, lo que mejor define a María José Catalá.
Los valencianos la encuentran de madrugada acompañando a los servicios municipales de limpieza para comprobar sobre el terreno qué funciona y qué debe mejorar. Supervisando de noche las obras de la Gran Vía para minimizar las molestias a los vecinos. Recorriendo mercados municipales, visitando instalaciones deportivas, escuchando a comerciantes, asociaciones vecinales, policías, bomberos, jardineros o a cualquier vecino que quiera trasladarle un problema. Porque una ciudad no se gobierna desde un despacho por las mañanas. Se gobierna pisando la calle.
La cultura del esfuerzo no forma parte de su discurso; forma parte de su carácter. Quienes trabajamos con ella sabemos que es exigente porque empieza por exigirse a sí misma. No entiende otra manera de ejercer la responsabilidad pública que estando presente, supervisando, preguntando, escuchando y volviendo al día siguiente para comprobar que las cosas se han hecho bien. Esa forma de trabajar termina impregnando a todo un gobierno.
En apenas tres años, Valencia ha recuperado el liderazgo que había perdido. La ciudad vuelve a competir por atraer inversiones internacionales, grandes empresas y empleo de calidad. Vuelve a sonar fuera de España por las razones correctas. IBM ha regresado después de tres décadas; Joaquín Sorolla y Manolo Valdés tendrán por fin el espacio que merecen en su ciudad; la inversión en barrios y pedanías ha alcanzado cifras históricas, al mismo tiempo que se han bajado los impuestos; y la colaboración entre las instituciones y el tejido empresarial ha dejado de ser un problema para convertirse en una fortaleza.
Pero una ciudad no se mide solo por los grandes proyectos. También se mide por su capacidad para resolver problemas enquistados durante años. Ahí están las más de mil viviendas públicas impulsadas, el desbloqueo de desarrollos urbanísticos paralizados durante décadas, la agilización de licencias, la mejora de la limpieza, el refuerzo de la seguridad, la recuperación de espacios públicos o la firme apuesta por culminar el Jardín del Turia con su conexión definitiva al mar.
Valencia vuelve a tener un rumbo claro. Un gobierno que decide. Que ejecuta. Que no vive instalado en la confrontación permanente. La alcaldesa ha demostrado además algo especialmente importante en los tiempos que vivimos: liderazgo. Liderar no consiste en hablar más alto que nadie. Liderar es asumir responsabilidades, formar equipos, escuchar, tomar decisiones difíciles y responder con trabajo cuando llegan los problemas.
Pero quizá su mayor virtud sea que esa mirada larga nunca le ha hecho perder la proximidad. Es una alcaldesa accesible, que pisa la calle, que conoce los barrios y que entiende que una acera arreglada, un parque limpio, una plaza cuidada o una solución para una familia son tan importantes como la llegada de una multinacional.
Otra de sus grandes fortalezas es comprender el alma de esta ciudad. Cuidar aquello que nos hace únicos. Defender nuestras tradiciones, nuestro patrimonio y nuestra forma de vivir. En estos tres años, María José Catalá ha conseguido algo que parecía olvidado: que el Ayuntamiento vuelva a vivir las fiestas y tradiciones desde dentro, no como un mero espectador institucional.
Ha estado al lado de las Fallas, de la Semana Santa Marinera, del Corpus, del 9 d'Octubre, de la Real Senyera, de los mercados, de nuestras bandas de música, de las pedanías y de tantas entidades que mantienen viva la identidad valenciana. Porque sabe que una ciudad no solo crece cuando llegan inversiones; también cuando fortalece sus raíces.
Los próximos años traerán nuevos retos y nuevas oportunidades. Valencia necesitará seguir creciendo, atraer talento, generar vivienda, consolidarse como capital innovadora, afrontar el reto metropolitano, cuidar su patrimonio, proteger sus tradiciones y seguir mejorando cada uno de sus barrios.
Para conseguirlo hace falta exactamente lo mismo que ha demostrado estos tres años: una alcaldesa con ambición para pensar en grande y con la sensibilidad suficiente para no dejar de cuidar nunca lo pequeño. Una ciudad que ha vuelto a creer en sí misma. Una Valencia que vuelve a tener autoestima, ilusión y un proyecto.
Porque la mejor carta de presentación de María José Catalá no es un cartel electoral. Es Valencia.