Esta columna se publica el 22 de marzo, al límite de plazo de la ya tradicional repensada fallera, la repensà, que debería incluirse en el calendario oficial como epílogo de una 'semana' larga de festejos que este año arrancó el 22 de febrero.
La repensà es un acto espontáneo que comienza cuando la versión abreviada del himno de España pone fin a la cremà de la falla municipal y el personal se va a dormir pensando que, una vez más, la fiesta se nos ha ido de las manos.
Algunos políticos y medios de comunicación, contagiados del espíritu fallero, tratan de adelantarse al calendario y plantean la repensà en plena vorágine, sin apenas eco porque es estéril discutir sobre los problemas de la fiesta con quienes están dándolo todo en ella.
Si queremos cumplir la tradición, es el 20 de marzo cuando debemos amanecer orgullosos de ver las calles limpias como si no hubiese pasado nada —sin ponernos quisquillosos porque justo en nuestra calle queden restos del desparrame— y proclamar que "hay que dar una pensada a la fiesta". Con convicción, como si se nos hubiera ocurrido a nosotros. Y no solo el colectivo fallero sino también el antifallero y el indiferente.
Para mantener la costumbre, la repensà no debe ocupar portadas más de tres días, hasta el 22 de marzo, que además este año cae en domingo. El lunes ya estaremos en otra batalla, hasta el año que viene.
¿Se podría alargar la repensà a un cuarto día de reflexión? Se podría, pero cambiar este rito fallero puede ser tan complicado como añadir un tercer día de Ofrenda a la Virgen.

- Puesto de churros durante las Fallas.
- Foto: EFE / ANA ESCOBAR
Además, con un cuarto día de repensà corremos el riesgo de que alguna idea coja fuerza en el batiburrillo de propuestas y acabe en algún programa electoral de esos que nunca se cumplen. Lo propio de la repensà es que el 23 de marzo nadie recuerde que habría que cambiar algo.
Habrá quienes piensen, a propósito de esta costumbre tan valenciana, que ya estamos otra vez, que todos los años lo mismo, pero qué son las tradiciones sino una repetición más o menos fiel de las viejas usanzas. Siempre es igual pero no siempre es lo mismo.
La repensà de este año ha venido con el clásico ramillete de la masificación, la suciedad, el olor a meado, las carpas, los petardos, el tercer día de Ofrenda, las verbenas en el centro histórico, las churrerías, la seguridad, la movilidad... El lote completo.
Pero como la fiesta no es inmovilista, se han añadido dos novedades: el lío de Cercanías, al que dediqué el Billete de la semana pasada, y la tasa turística, que llegó de la mano de Juan Roig. El presidente de Mercadona habló de "sacar más rédito" de los turistas, sin mencionar la palabra "tasa", pero todo el mundo pensó en lo obvio.
La tasa turística es un debate de ciudad desde hace más de una década, con cada vez más ciudadanos a favor y casi nadie en contra. No es estrictamente fallero, porque los turistas tendrían que pagar la tasa cualquier día del año, pero se entiende mejor cuando terminamos de quemar las fallas y vemos que la fiesta y su limpieza la hemos pagado enterita los vecinos de la ciudad, seamos o no falleros.

- Equipos de limpieza durante las Fallas.
- Foto: AYUNTAMIENTO DE VALÈNCIA
En eso María José Catalá ha vuelto a agarrarse al último asidero que ha encontrado para no actuar: que el Ayuntamiento no puede imponer la tasa mientras no exista un marco legal autonómico o estatal. Cabe recordar que, siendo ya alcaldesa, votó a favor de derogar la nonata ley autonómica que le iba a permitir crear la tasa en València.
Ahora evita pedírsela a Pérez Llorca y sugiere que el marco legal lo cree Sánchez, que también puede hacerlo a través de la Ley de Haciendas Locales.
Y uno se pregunta por qué Pilar Bernabé no recoge el guante y se lo pide a su jefe, en lugar de ponerse a discutir quién tiene la culpa de que València no tenga tasa turística. Aunque solo sea para que Catalá le de una repensà y se deje de excusas.