Formo parte de quienes estiman las Fallas. De niño inicié una relación que, aunque con discontinuidades, ha permanecido en el tiempo. Me conmueve, en particular, haber formado parte de aquel grupo de adolescentes del Instituto María Enríquez de Gandia, que se atrevió a crear una nueva Falla, construida manualmente, a lo largo de muchos sábados, por quienes estudiábamos el último curso. Y a ese recuerdo se suma el hecho de que, pocos años después, vistiendo los trajes tradicionales, me ennoviara con mi actual esposa en las Fallas de 1974. Han existido otros momentos de vinculación, pero baste con los mencionados para afirmar que las Fallas también forman parte de mi modesta historia personal y de los sentimientos que la han surcado. Una historia moldeada en Gandia y cincelada en detalle durante medio siglo de residencia en València. Y es sobre las Fallas del Cap i Casal sobre las que deseo expresar algunas preocupaciones.
Creo que la ciudad continúa sumergiéndose en el descontrol durante las fechas falleras. Se ha dicho desde hace años, pero ahora existe un hecho objetivo que lo instiga: el aumento demográfico presente en València y en el conjunto de la comarca de l’Horta. Ante este cambio, alentar que continúe aumentando el turismo en Fallas puede ser arriesgado. Cualquier incidente mínimamente grave, -y la gravedad no depende del hecho en sí, sino de la forma como se percibe y refleja-, puede empañar gravemente la imagen de la València hospitalaria, festiva y segura durante el conjunto del año.
El control sobre el número de visitantes en Fallas se puede intentar de diversas formas, pero aquí se apunta una de ellas: la implantación de una tasa turística dinámica, aplicable a establecimientos hoteleros y apartamentos turísticos. Y con “dinámica” se quiere decir de importe variable, de modo que se eleve en las fechas de mayor afluencia de visitantes y se reduzca durante las de menor interés para los turistas. Una tasa que alcanzaría su máximo durante las Fallas, hasta el punto necesario para lograr un efecto disuasorio.
El volumen de visitantes no es el único problema relevante. La financiación de las Fallas queda en un segundo plano frente a otras circunstancias, pero conviene recordarlo: las Fallas permiten, durante su celebración, la obtención de beneficios por encima de la media a hoteles, apartamentos turísticos y otros sectores que aprovechan el evento para disparar sus tarifas. Mientras, el fundamento de la fiesta lo ponen las Comisiones Falleras y los vecinos que las apoyan, pagadores de monumento, fuegos artificiales, banda de música, flores, iluminación, carpa, seguros, etc. Un gasto al que se añade el sostenido por el sector público, que no parece incluirse, con signo negativo, en la evaluación de la repercusión económica de la fiesta: gastos extraordinarios de policía, limpieza, bomberos y personal de atención o control sanitario, restitución de mobiliario urbano afectado, contratación de pirotecnia y atenciones a las reinas falleras y sus cortes, entre otros. Lo que se sugiere, pues, es que la recaudación obtenida por la tasa turística extraordinaria de los días de Fallas se canalice hacia las Comisiones falleras y la recaudada el resto del ejercicio se emplee para dar cobertura a los gastos municipales intensificados por el consumo turístico de los bienes y servicios públicos de la ciudad y a la promoción de la calidad monumental y el asociacionismo en el ámbito fallero.

- Foto: EVA MÁÑEZ
La extremada masividad de ciertos actos falleros encuentra su mayor visualización en los movimientos de masas que se producen en la plaza del Ayuntamiento y zonas cercanas antes, durante y tras la celebración de las mascletás. Este año, por primera vez se ha interrumpido el tráfico de Cercanías durante dos horas para evitar que la Estación del Norte se convirtiera en una peligrosa ratonera. Más allá de la incomprensible reacción municipal a la demanda de transporte alternativo para los viajeros afectados, bueno es que la policía y los bomberos hayan insistido en el riesgo que acompaña la concentración de personas durante eventos que, por su creciente atractivo, intensifican la necesidad de adoptar medidas de contención complementarias. Pero, visto desde otra perspectiva, ¿resulta imprescindible que las mascletás principales se centralicen en una Plaza, la del Ayuntamiento, un espacio desaprovechado y anodino cuya conversión en una plaza estéticamente atractiva se encuentra hipotecada por los fuegos artificiales de unas pocas fechas?
Finalmente, la comunidad fallera. Representada por sus Comisiones, convendría que se reforzaran dos obligaciones: primera, la aceptación de que la calle es un bien público también durante el mes de marzo; segunda, que el nivel de calidad de la fiesta debe ir a más y no a menos. De la primera se desprende un mayor autocontrol en cada Comisión sobre las conductas que muestran algunos de sus integrantes, perturbando a los vecinos con el volumen de los altavoces de las verbenas, el uso a deshora de material pirotécnico y conduciendo los pasacalles por lugares que entorpecen la vida personal y comercial de quienes viven y trabajan en las cercanías: necesitamos mediadores de convivencia.
De la segunda forma parte, prioritariamente, mostrar una mayor atención al monumento fallero ¿Son necesarias 700 fallas, entre grandes e infantiles, a razón de una por cada 1200 habitantes? ¿Cualquier acumulación de ninots, sin gracia, ingenio ni coherencia, es realmente una falla? Si existen premios a las mejores, ¿no se pueden descalificar las peores? Quizás quepa frenar, e incluso reducir, el número de Comisiones existente y el número de categorías, estimulando la concentración de ambas y la contratación de monumentos de mayor presupuesto para evitar que haya quienes montan una falla, -o, más bien, anti-falla-, como medio para conseguir carta blanca en otras cosas. Trabajar en positivo por las Fallas también es acabar con eso. Como lo es prestar mayor atención a las bandas de música. El repertorio que escuchamos es repetitivo: la música de Fallas apenas se renueva. ¿Cuándo un premio específico a la creación de nuevas partituras?
Reiteremos el motivo principal de este texto: la ciudad no puede perder el control de sí misma durante los días de Fallas y permitir que éstas deslicen padecimiento e inseguridad a la población. Los valencianos y valencianas hemos sido comprensivos con algunos excesos que se han venido produciendo año tras año, pero ahora los riesgos, peligros y daños a la convivencia se han descomedido: la fiesta fallera ya no cabe en la ciudad tal como se concibe oficialmente y tal como resulta espontáneamente. Y a ello se añade que el prestigio de las Fallas no reside tanto en su número como en su calidad. Una calidad que puede estar ligada a la mejora de la financiación fallera, un mayor reconocimiento de la creatividad y de la actividad cultural de las Comisiones y la incentivación de sus integraciones.