En plena crisis económica de 2008 todos aprendimos lo que era un test de estrés. Una especie de examen que pasaban las entidades bancarias para garantizar que no entrarían en quiebra. El miedo era real y las medidas para superarlo fueron casi peores. Tanto que años después determinadas lógicas aún resuenan en nuestra cabeza y hay heridas que permanecen abiertas. La vivienda. En España siempre es la vivienda.
La ciudad también tiene su propio test de estrés, posee momentos que sirven para examinar su fortaleza frente a la quiebra o para darnos cuenta de que ya ha quebrado. En València ese test se llama Fallas.
Me considero negacionista de ese mantra, que aparece en los últimos veintes de marzo, y que reza que debemos repensar la fiesta. Como si la fiesta no contara algo sobre la ciudad y transitara en carriles paralelos que no se tocan. No solo hay que repensar la fiesta, hay que repensar la ciudad. Lo que ocurre es que es más evidente en Fallas, pero le ocurre a València.
Y aquí ocurre como en todos los excesos, todas las fiestas lo son en diferentes grados. Aquí también es en el exceso donde se vislumbran las verdades incomodas, los arrebatos de sinceridad, las exaltaciones de lo que, a veces por vergüenza, se disfraza. Más si cabe en este mundo, donde la mentira es estructural. El exceso es la verdad en crudo, como reza el malditismo de los escritores beodos.
Hace un año las Fallas sirvieron para constatar que un President que no podía ir al balcón del ayuntamiento estaba ya, políticamente, condenado. Y este año han evidenciado que esta València ya ha colapsado.
Porque a esta ciudad; las carpas, la saturación, el ruido, esa sensación de feria cutre, los apartamentos turísticos abarrotados… ya le cogieron al límite o superada. Cansada de ese mismo veneno, en dosis más pequeñas, pero administrado de forma continua. Siempre nos fijamos en la gota que colma el vaso, pero es que en València el vaso ya rebosaba.
Se palpa en las fallas más críticas que denunciaban la gentrificación, a las que curiosamente se acercaban influencers, en una de las paradojas de nuestro tiempo. Se ve también en las expresiones falleras que reivindican otra forma de relacionarnos, el templo cívico de Pichiavo en Borrull -donde ya pintaron en su persiana que esa falla ‘no ofrenaba una mierda’ o se podía leer que ‘en el preu d’este lloguer oferim ser el cambrer de l’Europa occidental’-; o en la calle Lepanto donde la explicación de la falla denunciaba ‘una política que no té cap problema en bescanviar el seus citadans per Usuaris’.
Y se nota en los cruces de calles y de palabras, que sin necesidad de denunciar nada en concreto, expresan el sentimiento de que esta ciudad se nos ha ido de las manos. Se le ha ido de las manos a este ayuntamiento. València está agotada, no da más de sí.
Incluso los que siempre se habían negado a ello, intuyen y expresan ahora que, sin tasa turística, los vecinos y vecinas no van a soportar seguir pagando una fiesta (la del turismo) de la que se benefician desmesuradamente unos cuantos a costa de una ciudad inhabitable. O los que habían negado cualquier intervención pública en la vivienda corren a hablar de limitación de apartamentos turísticos, justo cuando hemos comprobado lo que supone tener los 10.000 que hay en la ciudad absolutamente llenos a la vez. Por cierto, la mayoría de esos apartamentos son ilegales.
Puede que no crean ni en una cosa, ni en la otra. Y, probablemente, pondrán excusas para evitar la tasa turística y aprobarán una normativa que no va a cerrar ni un solo apartamento y va a permitir que se abran nuevos en barrios trabajadores, una vez constatado que no cabe un alfiler más en el centro. Pero el debate lo han perdido. El València va bien ha ardido con los monumentos.
Porque en plenas Fallas la conversación trataba más de los problemas, que de la fiesta. Y esto es la prueba de que algo ya se ha roto. De que hay que cambiar. Y de que es el momento de asumir que en València tenemos unas Fallas Airbnb, porque tenemos una ciudad ofrenada a ese tipo de turista Airbnb.
Por eso no soy partidario de que el debate de ciudad se constriña solo al Congreso Fallero, como si no existiera un pleno del Ayuntamiento. Las fallas de 2026 no sirven para repensar las del 2027, deben servir para repensarnos enteros. Y esto creo que lo comparte ya hasta el votante más fiel del Partido Popular. Que lo entiendan sus teóricos representantes es otro cantar.
Pero es inaplazable elegir nuestra propia aventura que, a diferencia de la canción de Carolina Durante, no debería ser comida basura y salir, por sistema, un martes.
A ver si es posible que cuando vuelva el exceso, que, aunque sorprenda al gobierno municipal siempre cae en las mismas fechas de marzo, la cruda verdad es menos dura.