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Tribuna libre

Liderazgo humanista empresarial

"Ya no basta con dirigir organizaciones eficientes; se exige algo más profundo: liderar comunidades humanas"

Publicado: 20/06/2026 · 06:00
Actualizado: 20/06/2026 · 06:00
  • José Ignacio Goirigolzarri.
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En momentos históricos marcados por la aceleración tecnológica, la fragmentación social y la incertidumbre económica, los liderazgos empresariales se enfrentan a una transformación de fondo. Ya no basta con dirigir organizaciones eficientes; se exige algo más profundo: liderar comunidades humanas. Las empresas necesitan directivos capaces de generar confianza, suscitar compromisos y ofrecer un propósito compartido en medio de entornos cada vez más complejas e inestables.

No es casual que muchas de las compañías más admiradas por empleados y clientes sean aquellas cuyos líderes han sabido construir culturas basadas en el respeto, coherencia, y responsabilidad. Frente a una visión puramente instrumental de la empresa, emerge con fuerza la necesidad de un liderazgo humanista, consciente de que las organizaciones no son solo estructuras económicas, sino comunidades de personas con dignidad, aspiraciones y necesidades.

Sin embargo, aplicar estos principios en la práctica no parece sencillo. Los directivos toman decisiones bajo presión, afrontan dilemas éticos y deben responder simultáneamente a múltiples exigencias: resultados, innovación, transformación tecnológica o gestión del talento, En tal contexto, más que los manuales teóricos, suele ser la experiencia de líderes ejemplares la que ofrece enseñanzas más valiosas sobre cómo ejercer un liderazgo auténtico.

El liderazgo eficaz, al parecer, no puede disociarse de la dimensión humana. Frente a modelos basados exclusivamente en el poder formal o en la capacidad técnica, se abre paso un liderazgo que integra valores, propósito y ejemplaridad. He podido seguir a María Garaña, CEO global de ClarkeModet y exdirectiva de Microsoft, Google y Adobe, cuando aduce que “hay que tratar a la gente como te gustaría que te trataran a ti”. Esta afirmación, aparentemente sencilla, encierra una profunda verdad antropológica.

“En una época de creciente desconfianza hacia las instituciones, la coherencia entre lo que se dice y lo que se hace se convierte en el principal activo del dirigente”.

 

Frente a modelos basados exclusivamente en el poder formal o en la capacidad técnica, se abre paso un liderazgo que integra valores, propósito y ejemplaridad"

 

La propia experiencia de bastantes líderes entrevistados hoy día nos revela que la complejidad actual ha invertido alguna de las premisas tradicionales del poder. Antes, el líder poseía la información; hoy, muchas veces es su equipo quien la tiene. Ello exige una actitud distinta: escuchar más, observar mejor y desarrollar una auténtica capacidad de adaptación. Apunta Garaña, el liderazgo consiste en “observar y adaptarse”, en entender qué motiva a cada persona en un entorno de disrupción constante. Tal idea conecta con una visión clásica: gobernar no es imponer, sino comprender.

Otro de los aprendizajes recurrentes es la centralidad del ejemplo, José Ignacio Goirigolzarri, expresidente de Caixabank, lo expresa con rotundidad: “El ejemplo es el que legitima al líder”. En una época de creciente desconfianza hacia las instituciones, la coherencia entre lo que se dice y lo que se hace se convierte en el principal activo del dirigente. Sin esa coherencia, la cultura organizativa se resquebraja y el liderazgo pierde su fuerza moral. No es casual que los líderes más admirados sean aquellos cuya autoridad descansa más en su comportamiento que en su posición.

Ahora bien, este liderazgo humanista no debe confundirse con una visión ingenua o blanda de la dirección. Al contrario, como también subraya Goirigolzarri, “la confianza y la delegación deben ir acompañadas de una fuerte exigencia. Las organizaciones excelentes son instituciones de alto rendimiento, y el verdadero líder es aquel/a que sabe combinar el rigor con el respeto, la exigencia con el acompañamiento". En este sentido, el liderazgo se asemeja más a una tarea educativa que a un ejercicio de poder: formar, desarrollar y exigir lo mejor de las personas.

Tomás Pascual, presidente del grupo Pascual, nos dejaría las siguientes aseveraciones: “Una empresa vale lo que valen las personas”. En un entorno donde el talento es el principal factor de competitividad, alinear a las personas en torno a un proyecto común exige algo más que incentivos económicos: requiere valores compartidos, propósito y sentido de pertenencia.

En tiempos de cambio, quizá la mayor innovación no consiste en adoptar nuevas tecnologías, sino en redescubrir verdades antiguas: que las personas están en el centro, que el ejemplo es insustituible y que el liderazgo, para ser auténtico, debe ser profundamente humano.

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