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VALENCIA. Egipto, Grecia y Roma fueron los momentos imperiales de mayor esplendor en el Mediterráneo antiguo. Pero el mundo asiste hoy en estos tres lugares al espectáculo de una representación fatídica, que en cierto modo equivale a la completa negación de los logros que hace ya milenios consumaron estas civilizaciones.

Sin que hayamos deducido exactamente cómo, los egipcios idearon hace cinco mil años ingenios constructivos y levantaron edificios que continúan acomplejando aún el talento arquitectónico de nuestros coetáneos. Entre otras muchas cosas, inventaron los romanos la república y el derecho. Los griegos acuñaron la ciencia de la administración de los bienes domésticos mediante una derivación etimológica desde la palabra "economía".

Estos días hemos visto en Egipto a una manada de hombres fieles al sucesor del faraón apalear desde el lomo de un camello a ciudadanos que reclamaban reformas democráticas en las calles de El Cairo. Los griegos por su lado han introducido en una indescriptible tragedia al sistema europeo de divisas y librecambios. E Italia está sumida en el bochorno general del descrédito de las leyes y de la impunidad indecente del primer ministro de la república.

En momentos más y menos recientes de la historia, los valencianos hemos sido también una cierta potencia en un lugar del Mediterráneo. Los códigos reconocen que en la Lonja de Valencia se escribió de puño y letra el primer instrumento cambiario de la historia, adelantando la tan vigente lógica del título valor. El peso valenciano en la arquitectura global de la cristiandad dio para un par de papas. Y durante un siglo fuimos la pieza clave de un imperio medieval que se extendía desde Zaragoza hasta Atenas y Neopatria.

En comparación con los grandes imperios de la historia, nuestras crisis tienen un carácter más modesto. Del mismo modo en que también han sido menos antológicos nuestros apogeos. Pero algo del signo regresivo de los tiempos también lo hemos vivido aquí en la manifestación de una decadencia que parece ir siempre obligando a la economía, al decoro colectivo y a la razón cívica a ir como de más a menos.

En cuanto a las ejemplificaciones arquitectónicas del poder político de los valencianos, pues la verdad es que hay un cierto salto de estilo y de composición entre las Torres de Serranos y el templo neoclásico de la calle Quart. O entre la utilidad duradera y sobria de la Lonja de los Mercaderes de Valencia y la toda la programación de arquitectura suntuaria de nuestros actuales florecimientos.

En plan más reciente, podría hablarse también del ciclo histórico de otras degeneraciones contrarias a toda esperanza en el progreso. La movilización ciudadana por las causas del Turia o el Saler cedió el testigo con los años a un conjunto civil indolente como pocos. Por la parte de la industria, las finanzas y el comercio, se lamenta uno por la suerte que han corrido instituciones como el IVF, el IMPIVA o Feria Valencia.

Ya en lo cultural podría citarse la Mostra (cómo no, del Mediterráneo). O con mayor razón, el IVAM. Superados los tiempos memorables de Carmen Alborch, la saga de los Ciscar basculó a favor de la rama de Consuelo, por encima de Cipriano y con la pervivencia de Blasco.

Theodor Adorno llamó a la simpática ironía de esta dinámica decreciente de los tiempos "dialéctica de la ilustración", porque en su opinión las revoluciones científicas acaban convirtiéndose siempre en mitología y todo tiene entonces que volver a empezar.

Escribiendo sobre todo esto me ha herido el corazón un mensaje móvil que anunciaba la noticia fatal de la muerte de Fernando. A sus sesenta y muy pocos años, a cada visita lo sorprendías con el cuerpo un poco más envejecido y enfermo. Y con el espíritu más robusto, más rebosante y más sano. Contradicciones del paso del tiempo.

Para mí Fernando fue también un descubrimiento al borde del Mediterráneo, en una noche de San Juan en la playa de la Almarda, en la casa del profesor Pérez Rojas. Más adelante, Fernando fueron largas tardes de tertulia, meriendas, películas de Lubitsch, risas sin fin, nocheviejas y un concierto de Año Nuevo que al final no pudo ser por mi mala cabeza.

La casa de Fernando era los domingos por la tarde una insólita muestra de civilización de la que disfrutaba a su manera cada uno de los congregados en aquel domicilio de la calle Almirante Cadarso. Pero como mandan los tiempos, aquel hogar se ha ido eclipsando hasta el descenso de su último final y la mediocridad universal del destino del tiempo le ha pegado el cerrojazo.

Alguien llegará ahora al museo San Pío V y en un alarde de modernidad ordenará que todo vuelva allí a comenzar de nuevo. Y en el Mediterráneo, las cenizas dispersas de Fernando Benito se mezclarán con las de tantos otros seres que en este Mare Nostrum llevan ya milenios compartiendo la misma desgraciada suerte.

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