Ya iba a lamentarme de que había elegido un mal año, este 2026 recién nacido y ya incubado por malformaciones, para regresar a lo pequeño, al islote, a Nunca Jamás. Uno se dispone a redactar una columna repleta de los remaches y los artefactos voladores de Metrópolis, ahora les contaré por qué, y aparece Trump con ganas de invadir Venezuela. Ya me había predispuesto a volver a la realidad para demostrar mis nulos conocimientos de política y derecho internacionales, mi nula incidencia en la sociedad y mi soberana fatiga ante tantos acontecimientos históricos como los que nos está tocando vivir. Pero el chándal que vestía Maduro en la famosa foto en la que aparece encadenado en un avión militar me rescató. No la prenda en sí misma, que me sigue dando igual, sino el hecho de comprobar que hay comentaristas capaces de centrarse en esa vestimenta para escribir un análisis absolutamente inocuo. Así que eché el ancla, fumé un cigarro en la proa, respiré la brisa marina de este día de Reyes (para mí, para ustedes ya no) y volví a poner rumbo a Metrópolis. Que es casi cualquier territorio que me saque de la realidad.
Les he avanzado que les explicaría por qué me iba a centrar en la película de Fritz Lang. Allá voy. No porque el año que viene cumpla su centenario, razón por la que todos los cinéfilos del mundo deberían estar preparando un cotillón. Sino porque la acción se desarrolla, precisamente, en 2026. Así que, en lugar de alimentar mis ansiedades con la amenaza que emana de la Casa Blanca, prefiero aliviarlas pensando que estoy aterrizando en uno de los planetas con vida inteligente de la historia del cine mundial. La obra maestra de Lang, del cine mudo, del arte humano, es el agua, el oxígeno y la sopa de protozoos que dio origen a la vida, prácticamente. En una megalópolis, las élites viven en la superficie, rodeadas de comodidades y grandes avances científicos y tecnológicos, y los obreros viven bajo el subsuelo, como los curris de Fraggle Rock. Estalla una rebelión y ganan los buenos, el amor, la solidaridad y la empatía. Y, por si fuera poco, nace uno de los iconos del Séptimo Arte, el robot que suplanta a la protagonista, María. Háganme caso, más de dos horas de fascinación continua.
Pero además, la historia de la cinta, no del argumento, de la película de celuloide en sí misma, incluye un giro de guion de esos que devuelven la democracia a las épocas usurpadas por la tiranía. El estreno tiene lugar en Berlín, con 153 minutos de metraje. La Paramount, distribuidora en Estados Unidos, obliga a recortarla por considerarla larga y confusa: se queda en 92 minutos. Caen todas las escenas consideradas inmorales o ideológicamente reprobables. Tras varios vaivenes, zarandeada en Europa y Estados Unidos, la Alemania nazi acaba por destruir todos los negativos originales. Poco a poco se van recuperando fotogramas: una restauración de 2001 llega hasta los 123 minutos. Y, por último, en 2008, alguien descubre que en 1992, el Museo del Cine de Buenos Aires recibió una copia casi íntegra, exhibida por un pionero de las salas argentinas en 1928. Y nadie había caído en la cuenta. A partir de este hallazgo, Metrópolis recobró el aliento, superó la incomprensión, la censura, casi la opresión de los actuales algoritmos y vídeos de TikTok, con apenas cinco minutos menos del metraje original: 148 minutos. A veces, bastan dos horas y media para recuperar la fe sin moverse del sofá. Que no es más que un islote.