Todavía resuena en la memoria colectiva…
El recinto bombea como un corazón a punto de infarto. Bajo las luces brillantes y uniformes, miles de gargantas vocean canciones y consignas varias. Con banderas pintadas en los rostros, desde las gradas, los hinchas agitan enseñas y camisetas.
En las tribunas y zonas BIP se alojan jefes de Estado, autoridades y personalidades del mundo deportivo y artístico.
Solemnes y emotivos suenan los himnos de cada país. El balón rueda: juega España.
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En el estadio de Nueva York/Nueva Jersey, se celebró los pasados días la Copa mundial de Futbol de 2026 entre España y Argentina.
La selección española se encontró con un rival que pretendía el triunfo a costa de juego sucio: patadas, golpes, puñetazos…, confundiendo la cancha con la lona. Agresiones todas, que escandalizaban al espectador, y, sin embargo, eran ignoradas por el colegiado esloveno, garante de la disciplina y del correcto desenvolvimiento del partido.
Estoicismo y equilibrio: el equipo español no se dejó llevar de la cólera, que hubiera sido respuesta natural. Resiliente, frente a toda lógica, estuvo a lo que había que estar: por el triunfo para España.
Durante casi 100 minutos de empate, la selección española ofreció un juego entretenido, dinámico, y limpio. En un despliegue de técnica y estrategia, los 11 del equipo se comunicaban sin palabras, adivinando jugadas y tomando posiciones. El protagonismo dejó paso al compañerismo, lo que se convirtió en su principal activo.
La final del Mundial de futbol 2026 se saldó con la victoria de España, frente a una Argentina pendenciera y llorona, un árbitro cuestionado y una FIFA deslustrada"
Monopolizó el balón frente al rival argentino, disputó las mejores ocasiones y realizó una sobresaliente actuación defensiva. Y a pesar de llamar a puerta con éxito en dos ocasiones, el árbitro anuló ambas jugadas, ante la confusión del público ¿cómo? ¿por qué?..., él sabría. La furia Roja siguió dominando.
Inquietud y cortisol in crescendo en el graderío español, hasta que en el minuto 106: ¡Goooooollllll! ¡Goooooollll! ...de Españaaa… Los altavoces del recinto rompen la barrera del sonido: ha marcado Españaaaa…España vuelve a reinar en el mundial. ¡España! ¡Qué golazoooo! tan limpio, tan preclaro y ¡tan bonito! que, en esta ocasión, ni correcaminos pudo anularlo. ¡Gooolllllll!: la locura se desata en la afición del MetLife Stadium, originándose un tsunami humano. España entera tiembla y se pone en pie. Y una onda sísmica sacude de extremo a extremo el planeta, allí donde late un español.
Un polvorín de serpentinas y confetis explota y salta por los aires: Oe, Oe, Oe, Oe…Oe ,Oe. ¡Campeones, Campeones Oe, Oe, Oe…Oe! El hemiciclo se convierte en una caja de resonancia, mientras concluye la ceremonia con la entrega de la Copa de oro, por el presidente de los Estados Unidos, Donal Trump, al capitán del ya primer equipo del mundo. Tal vez, aquí, algunos encontraron respuesta a los interrogantes...
La armonía y alegría andaluzas envuelven el estadio con los acordes del pasodoble “Y viva España”: “…La gente canta con ardor: ¡Qué viiiiva España! La vida tiene otro sabor… y España es la mejor"…
26 jugadores de la selección en piña alzan el broche de oro del mundial, inmortalizando el momento apoteósico frente a los focos. El gigante republicano se resiste a abandonar la instantánea y queda para la eternidad en una esquina de la estampa.
La final del Mundial de futbol 2026 se saldó con la victoria de España, frente a una Argentina pendenciera y llorona, un árbitro cuestionado y una FIFA deslustrada.
Atrás quedan colores, rivalidades, intereses, diferencias, enfrentamientos…solo queda España"
La selección española fue a Nueva York en busca de la gloria deportiva, pero consiguió algo más importante, mucho más. Metieron tres goles en la portería, aunque solo uno se registrara, y marcaron otros tres tantos fuera de ella: el del fútbol sobre la violencia, el del equipo sobre el ego y el de España sobre las diferencias.
¡Qué ejemplo de unión, fidelidad y sobre todo identidad!: 26 jugadores, 26 historias diferentes, de equipos, camisetas, y clubes distintos, compitiendo todo el año entre sí, cuando lo que está en juego es su país, visten un solo color remando “todos a una” a favor de obra: España. Atrás quedan colores, rivalidades, intereses, diferencias, enfrentamientos… solo queda España. Una lección, parece que muy difícil de entender fuera del césped: que lo particular es muy pequeño cuando lo general es tan grande.
En plena resaca con el sabor de la euforia del triunfo, se han producido acontecimientos adversos y lamentables en esa España laureada. Un número récord de personas han cruzado nuestras fronteras de manera irregular. ¿Con trastienda de pretensiones capciosas?, ¿crisis migratoria, presión fronteriza o algo más? No importa aquí y ahora la etiqueta. Nuestro país se encuentra viviendo un conflicto logístico, jurídico y sobre todo humano.
Motivo de apuro y compromiso para la ciudadanía. Situación que requiere de equilibrio entre la autoridad y la diplomacia, donde diferencias individuales e ideologías deben pasar a segundo plano, quedar aparcadas. Nos enfrentamos a un reto colectivo. Toca una respuesta ágil y compartida tanto a nivel español como a nivel de la Unión Europea. Porque, si un vestuario sabe que de la unión nace la fuerza, más allá de nuestras fronteras, donde se comparten proyectos y desafíos comunes, esa idea también debería ser un lema.
La selección española bordó otra estrella en la camiseta, y dejó un mensaje escrito en la hierba: es importante saber ganar, saber perder y, sobre todo, la suma del esfuerzo logra el resultado.