València

EL CALLEJERO

Carmen deja su papelería de Canyamelar después de 42 años

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Es curioso, pero está alegre la calle de la Alegría, en Canyamelar. Hace un día bonito y pasa la gente mientras hace las cosas que tenga que hacer y los padres llevan a los niños a casa y entran los clientes en Compás, una papelería con 42 años de antigüedad, y saludan con ternura a Carmen Giménez, la propietaria que el pasado viernes cedió los trastos y se jubiló. Carmen, que tiene 60 años y los labios de rojo carmín, se emociona con cada gesto de cariño y apenas puede arrancar esta entrevista sin que se le entrecorte la voz. Deja atrás el lugar que ha ocupado su vida desde que era una chavala de 18 años con el pelo muy corto a la que muchos confundían con un chico.

Carmen está blandita y triste y también alegre. La elección ha sido suya. Que su marido, Raimundo, un ‘madero’ de los que tuvo que combatir la delincuencia del barrio en los años duros, ya lleva diez años dedicado a la vida alegre desde que dejó la placa. Ella quiere viajar con él y leer y tomarse unas anchoas en Casa Montaña. Pero le da pena traspasar la papelería donde ha hecho barrio y muchos amigos.

Ella lo cuenta, pero no hace falta: los repartidores entran y le dan un abrazo fuerte. “Ay, Carmen, que esto se acaba”. Y ella sonríe, luego hace unos pucheritos y les pasa el brazo por encima de los hombros en señal de afecto. “Mi marido dice que no conoce a nadie que se jubile llorando”, bromea. Después levanta la mano y le dice con señas a su marido que no, que ni se le ocurra entrar en la tienda porque entonces si que termina de emocionarse y se acabó la entrevista y se acabó todo.

  • Foto: KIKE TABERNER

“Lo dejo para tener calidad de vida, pero son muchos sentimientos encontrados”, explica. No solo le emociona ver a su marido, también se pone a llorar cuando gira el tronco y ve detrás del mostrador a su madre, Paqui, que tiene 88 años y está tan pichi. “Yo me he apoyado mucho en la familia. He estado muy bien rodeada, pero mis apoyos fundamentales han sido mi madre, aquí, y mi marido, en casa. Él me ha liberado de todo lo que significa casa. Para mí va a ser nuevo hacer una vida normal. Yo voy a Consum cuando estoy de vacaciones y es como si estuviera en Disney, no sé ni dónde están las cosas. Y creo que ha llegado la hora de que ellos también se puedan apoyar en mí”.

Un préstamo de sus padres

Han sido muchas horas entre esas cuatro paredes, rodeada de bolígrafos, mochilas, estuches, carteras, rotuladores… Compás seguirá siendo Compás. Carmen ha traspasado el negocio a dos chicas que lo mantendrán, al menos de inicio, todo igual. Eso le sirve de consuelo. Porque ya no queda otra papelería en todo el barrio.

Carmen tenía 18 y aún se acuerda de que llegaba a los proveedores y le decían “pasa, chaval” por aquello del pelo corto. Y ella, una polluela, se ponía muy digna y respondía: “Soy Carmen Giménez, la propietaria”. El negocio lo abrió primero en la Malvarrosa. El empujón definitivo se lo dieron sus padres, que aflojaron dos millones de pesetas, sus ahorros, para que su hija pudiera dar el paso en 1984. Como no sabía la forma de contactar con los proveedores, se iba a la puerta de las papelerías y cuando veía salir a alguien con un maletín, los abordaba. No tenía ni idea de lo que era una bigotera, por ejemplo, un tipo de compás que permitía regular su apertura.

  • Foto: KIKE TABERNER

Pero fue aprendiendo y en cuanto conocía un producto nuevo, cogía la moto y se iba directa al almacén para hacer el encargo. La papelería vino de su deseo temprano de ser independiente.

Carmen Giménez es hija de un hombre que era técnico de TVE. La tendera cuenta orgullosa que Felip Bens, al que nombra como si fuera una celebridad en el barrio, le hizo una entrevista a su día porque su padre, Aníbal, estuvo con el equipo de televisión que grabó los tanques el 23-F.

“Ella quería ser independiente”, apunta por detrás su madre, que tiene los brazos apoyados en el mostrador mientras escucha a su hija contar su vida. A Carmen le dio por la papelería porque entraban muchos niños y siempre le ha gustado la chiquillería.

Una paliza

La vecina de Canyamelar era tan joven, aunque ya mayor de edad, que tuvo que ir con su padre al banco porque no le querían abrir una cuenta corriente. Aunque eso, más que por joven, era por ser mujer. Estigma por ser mujer y estigma por ser de los Poblats Marítims. Por eso cuando salía de fiesta con las amigas en València por la noche no decían de donde venían porque los del barrio tenían fama de delincuentes. Eran los años de la heroína causando estragos entre los jóvenes. Y de la heroína, traficantes, yonkis y delincuencia. “Yo recuerdo que en las guías ponía que era un barrio altamente peligroso y no recomendable”.

  • Foto: KIKE TABERNER

La papelería duró dos años en la Malvarrosa. Carmen prefirió moverse a su barrio e instalarse en el local donde antes había una tienda de ropa infantil. Compás abrió un 20 de marzo cuando Carmen acababa de cumplir los 20 años. “Era un barrio horroroso. Antes nadie quería abrir un negocio aquí ni venirse a vivir. Mi piso me costó tres millones de pesetas y el vendedor lo celebró porque se lo había quitado de encima”.

A ella le encantaba la zona. Era su barrio y nunca había tenido problemas. Conocía a todos los vecinos, payos y gitanos, y todo fue tranquilo hasta que empezó a salir con un policía. “Era cañero y venían aquí a putearme. Una vez llegaron a pegarme una paliza. Un día, después de que él tuviera un roce con unas gitanas, vino aquí un gitano y empezó a amenazarme. Yo le dije que no me señalara con el dedito y que el único hijo de puta era él que traficaba con armas y con drogas, que se fuera de allí”.

La historia acabó con Carmen en el suelo y varias mujeres soltándole patadas hasta que llegó la policía. Luego vinieron meses con órdenes de alejamiento y los agentes protegiendo la tienda. El tiempo pasó y ahora todo se ha ido normalizando. “Ahora soy amiga de todos los gitanos. Pero es que entonces eran los putos amos del barrio. Hacían lo que querían. Pero ahora tengo amistad con la mayoría, les ayudo y ellos me traen hasta guisos”. La dueña de la papelería se ganó a todo el vecindario y ahora entran en la tienda y le muestran su cariño y le dicen que la van a echar de menos.

Los escenarios de los libros

Encima de Carmen hay una tabla con mochilas de Kika Superbruja, Star Wars, Avengers, Minnie y muchas más. Detrás hay una mesa camilla con unos libros de Albert Espinosa, Rosa Montero y John Banville. Su pasión por la lectura la trasladó a la papelería y casi que acabó siendo el último sitio donde comprar una novela en el barrio. Un barrio que ha cambiado mucho. Cuando Carmen llegó tenía al lado una croissanteria, “una paraeta”, un despacho de panadería y la droguería de Maruja y Manolo. Enfrente está el colegio Pureza de María.

  • Foto: KIKE TABERNER

El negocio, sin dejar nunca de ser lo que es, una papelería, siempre ha estado en permanente evolución. Hace muchos años decidió introducir objetos económicos para regalos. Cuando había un cumpleaños, Carmen abría una lista y apuntaba qué se había llevado cada invitado para que nadie repitiera el obsequio. Ella los envolvía con tanto cariño que los clientes iban a la tienda y siempre le pedían a Carmen que envolviera el regalo como ella sabía.

Ahora que tiene tiempo, Carmen y su marido van a poder hacer una de sus aficiones favoritas: viajar a los escenarios de las novelas que leen. Primero quieren ir a la Ribeira Sacra por ‘Todo esto te daré”, de Dolores Redondo. Luego quieren ir a Álava por un libro de Mikel Santiago, un escritor con el que tiene contacto porque ya ha hecho sus rutas alguna vez. “Yo les escribo por Instagram y ya me conocen, soy la valencianita. Hacemos el viaje e intentamos localizarles. Siempre son muy amables”. Después vendrán la isla de Oms, en Galicia, y Granada, el escenario de ‘La Capitana’.

Ninguno de sus tres hijos ha querido seguir con la papelería. Los tres la han visto pasar su vida entera allí dentro. Esclava de la papelería. Ha llegado la hora de la despedida y a Carmen comienza a temblarle la voz otra vez. Le da pena dejar su negocio y encima se gira y ve ahí, de pie, sonriente, sana y feliz, a su madre. Aunque todos seguirán en Canyamelar y seguirán encontrándose felices y sonrientes, como si fueran salidos de una canción de Sabina, por la calle de la Alegría.

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