València

EL CALLEJERO

Ghazaleh, la refugiada iraní que prefiere morir a vivir callada

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La vida transcurre tranquila en el parque del Oeste. Los perros ladran, un hombre pasea despacio apoyándose en un bastón, unos jóvenes atajan, apresurados, por el centro y un yonkie se toma una cerveza de lata sentado en un banco, dejando que pase tiempo con sus demonios adormecidos por el alcohol. Cada uno a lo suyo, ajenos todos a la mujer que llora desconsolada en otro banco mientras le devora la añoranza al ver a los niños de una escuela que se parecen tanto a los que ella educaba no hace tanto en Irán. El dolor habita entre lo cotidiano sin que seamos capaces de imaginar lo afortunados que somos.

Ghazaleh Khorraminiya tiene 42 años y el alma rota. Ghazaleh vive en València como refugiada política después de salir huyendo de su país, Irán, en 2019 porque su abogado le advirtió que si no se iba la iban a meter en la cárcel. En aquel momento no se lo pensó: cogió una mochila y tomó un vuelo de Teherán a Estambul. Allí gastó buena parte de sus ahorros, 15.000 euros, para conseguir un pasaporte falso, con nacionalidad brasileña, y un viaje lleno de carambolas, pasando de un país a otro, para llegar hasta Gran Bretaña. En una de esas escalas, después de viajar en barco de Barcelona a Ibiza, su penúltimo paso, acudió al aeropuerto para volar a Manchester y ahí fue descubierta su identidad falsa. Después de 44 días de viaje, fue detenida en la isla. Ghazaleh sufrió un ataque de ansiedad, la llevaron a un hospital y allí conoció a una enfermera que la ayudó y la acogió en su casa.

Tiempo después dejó Ibiza y, gracias a la ayuda de la Cruz Roja, recibió asilo político en València, donde vive actualmente. Eso es lo que pensaría cualquiera, que salvó su vida, evitó la cárcel e inicio una nueva vida en otro país. Pero ella no lo ve así. Ella se siente una especie de traidora por haber dejado la lucha y el activismo en su país a cambio de una vida que ella siente hueca. No es feliz en València y antes de irse soltará una frase que es como un puñetazo en la boca del estomago. “Preferiría morir en Irán que sobrevivir fuera de Irán”, suelta.

  • Foto: KIKE TABERNER

Su padre abandono a la familia cuando Ghazaleh tenía seis años. Su madre tuvo que aprender a valerse por sí misma y le enseñó eso mismo a su hija. Pero Ghazaleh creció atrapada en un país, en un régimen, que no es que le obligara a taparse de arriba abajo, a llevar el hiyab, es que directamente le prohibía pensar. Ella descubrió en la adolescencia que no tenía los mismos derechos que los hombres, que era tratada como un ser inferior. Esta joven iraní decidió cambiar su mundo de una manera más sutil, la educación. Ghazaleh se hizo maestra. Su radio de alcance iba más allá de los niños y convencía a los padres para educar a sus hijos en igualdad. En su día a día, ademas, decidió desobedecer las leyes y vestir como quería. Se quitó el velo y salió a la calle. Una de sus últimas decisiones fue sumarse a una corriente de protesta que incluía ondear un hiyab blanco con un palo. Esto llevó a muchas mujeres a la cárcel.

Trump, una solución incómoda

Un día grabó un vídeo en el que reclamaba el derecho a elegir cómo vestía. El mensaje se viralizó y Ghazaleh acabó siendo arrestada, interrogada y expulsada de la universidad. Luego vinieron otras campañas, como regalar flores a las chicas que iban sin hiyab. Fue entonces cuando su abogado le informó de que si no abandonaba rápidamente el país, iban a meterla en la cárcel. Ella pensó dónde podía ser más efectiva y entendió que eso siempre iba a ser fuera. "Hay miles de mujeres que están en cárceles de la República Islámica que están siendo torturadas, violadas y bajo la amenaza de ser ejecutadas, y nadie sabe nada sobre ellas”.

Ghazaleh cuenta que su nombre significa ‘la luz del sol’. Sonríe tímidamente al decirlo, pero entonces escucha la pregunta de cómo esta viviendo la guerra de Irán y rápidamente se le ensombrece el rostro. “¿Vivir? Es mejor que me pregunten cómo estoy muriendo cada día. Cada noticia, cada persona que están matando… es como estar muriendo todo el día.

  • Foto: KIKE TABERNER

La guerra es el horror, el horror decidido por Donald Trump para ampliar su imperio. Pero detrás del desastre, paradójicamente, puede estar el final de la República Islámica. “Para nosotros no es tan diferente Antes de la guerra estaban matando a la gente más que ahora en la guerra No sabemos cuántos miles de personas diariamente están muriendo por este régimen criminal Y así que ahora por lo menos tenemos un poquito de esperanza que va a cambiar este régimen Porque sí o sí tiene que cambiar. Eso no significa que esté diciendo ‘Sí a la guerra’. No. Pero nosotros estamos ya en guerra desde hace 47 años y esta por lo menos nos da un poco de esperanza, aunque otros países solo estén pensando en su propio beneficio. No estamos contentos. Solo lo estaremos cuando Irán sea un país libre”.

Su madre, con minifalda

Ghazaleh empieza a romperse. Esta mujer de 42 años cuenta que estar tan lejos y no poder hacer nada le crea un sentimiento de culpa que la corroe por dentro. De sus orejas cuelgan dos pendientes. Uno es la silueta de Irán. El otro, que parece un símbolo azteca, en realidad es el Ahura Mazda, un dios de la mitología persa que representa el bien frente al mal, personalizado en Ahriman. Ghazaleh cuenta que sus padres, también su madre, fueron universitarios. Él en la India y ella en Teherán, donde podía ir con minifalda. Ella no tuvo la misma suerte porque cambió el régimen y con ello, la vida de las mujeres de Irán. “Por eso nosotras vivíamos una vida de apariencia en la calle y otra bien distinta, de libertad, en casa. Mi madre nunca me obligó a hacer nada que no quisiera. Yo fui tres veces a la universidad. Al principio hice una carrera de moda y la última, psicología infantil. El problema es que no tengo los papeles y no puedo ejercer aquí”.

No le ha quedado otra salida que ganarse la vida como cocinera, un oficio que nunca le gustó pero que es el que paga las facturas en València. “Yo no podía coger un calamar, ni cortar la carne. Pero ahora…”. Su vida cambió demasiado rápida. Un día era una activista en Teherán y en mes y medio estaba en un país nuevo metida en una vivienda con otras mujeres refugiadas. Ahora, a salvo pero infeliz, añora sus años en Irán, cuando estaba enfocada en educar a las madres y también con niños pequeños. Habla de ellos y le vuelve a crujir el corazón. “Muchas me felicitan porque estoy aquí a salvo, pero nadie puede entender que yo no estoy bien. Y no es por España. Es que no estoy en mi mundo. Mi mundo es el mundo de los niños, del arte, del amor… Yo nunca había cortado carne antes, me daba pena. Hice un curso aquí que tenía que cortar anguilas y no pude. Si pudiera volver mañana a Irán, volvería. Y eso que no quería tener pareja porque entonces tenía que casarme y tener hijos, pero yo no quería tener unos hijos obligados a vivir con las leyes de la República Islámica”.

  • Foto: KIKE TABERNER

Ghazaleh habla también de la gente que ha dejado atrás. De muchos de ellos, como su madre, prefiere no hablar para no ponerlos en peligro y porque le hace daño recordar todo lo que ha perdido. Se ablanda, incluso, al mencionar a sus gatos. “Allí tenía cinco gatos y aquí dos. Pero allí eran gatos persas y aquí… gatos españoles. Se llamaban Tilo, Caramel…”. No puede seguir. Se la hace un nudo en la garganta. “Cuando cogí mi mochila y salí, lo perdí todo. Me perdí hasta a mí misma. Hace unos días me estaba mirando en el espejo y un compañero me preguntó qué estaba haciendo. Le dije que no conocía a esa chica (rompe a llorar). Yo no era así. Era amable, tranquila, con mucho amor. Ahora no hago nada. Yo tenía muchos proyectos con los niños. Míralos -dice, señalando a los alumnos de un colegio que están en el parque uniformados-, yo tendría que estar ahí, con ellos. Y no en una cocina donde cada día me hago una quemadura. Pero eso me duele menos que no poder estar con los niños”.

Un tatuaje con ‘gracias’

Esta mujer iraní enseña las quemaduras que tiene en las muñecas y entonces se descubre su único tatuaje, uno que se hizo en Ibiza en el que pone ‘Gracias’. Se lo hizo porque sus amigos en Ibiza le comentaban que no era necesario que estuviera todo el día dando las gracias. “Pero yo les expliqué que gracias en mi idioma, Sepas, significa muchas cosas. Ellos no entendían que con lo que te ha pasado, sin tener un piso ni ropa que ponerme, estuviera siempre dando las gracias. Pero estoy viva. Ahí tenía mucha energía y quería hacer cosas. Por eso se tatuaron Sepas y yo gracias”.

Ahora la frustra que solo puede ir a manifestaciones y poco más. Sabe que cualquier cosa que haga puede poner en peligro a su gente. Estoy empezando a buscar a gente de Irán aquí. Poco a poco. Ghazaleh se hace daño en cuanto para un minuto a pensar. Todo parece herirla. “Me da mucha vergüenza ser una refugiada. Pienso que fui débil y que debí quedarme y estar en la calle con mi gente. No me hubiera importado haber muerto en mi país por haber estado hablado de paz y de libertad. Eso hubiera valido más que la vida que tengo ahora. Lo digo en serio. Eso significaría que fue haciendo algo por mi país. Ahora no estoy haciendo nada”.

  • Foto: KIKE TABERNER

No soporta llevar una vida anodina a 4.500 kilómetros de Irán. La lucha daba un sentido a su vida que ahora ha perdido y eso hace que se sienta insignificante. “¿Para quién soy importante aquí? Allí era importante porque estaba educando a los niños y estaba intentando cambiar las cosas. Y ahora qué cambio haciendo bocadillos… Esto no es lo que quería. Yo no salí de mi país para hacer esto. Ahora no me siento fuerte viendo todo lo que está pasando. Yo no estoy viviendo, estoy sobreviviendo”.

Ghazaleh se seca las lágrimas y sigue. Ahora cuenta que la gente le pregunta qué hace en su día libre y que ella responde que no hace nada especial. No sale, no viaja, no hace nada. “Espero que cambie pronto este régimen. Ojalá el mundo entienda que el petróleo no vale más que la sangre de la gente. Podemos vivir sin petróleo, pero no sin la gente. ¿Dónde estaban las oenegés cuando estaban matando y violando a la gente en Irán?”.

Ghazaleh se ha roto y, mientras, la vida sigue a su alrededor como si nada. Los niños ríen, los perros ladran, los enamorados se besan mientras ella, esta valiente mujer iraní de 42 años, se parte en dos por no seguir luchando por los derechos de las mujeres en Irán. La advertencia de que hacerlo podría haberle costado la libertad o, incluso, la vida, no le impresiona y antes de despedirse deja otra frase demoledora mientras todo el mundo parece feliz en el Parque del Oeste bajo un sol imperial. “La vida no es tan dulce ni morir, tan amargo”.

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