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LA LIBRERÍA

El 'Exilio atlántico' y africano del mediterráneo Abelardo Muñoz

El escritor y periodista valenciano regresa al libro de la mano de Ediciones Canibaal con un cuaderno de campo escrito en esa tierra tan suya al otro lado del Estrecho que es el Tánger que fue

7/05/2018 - 

VALÈNCIA. En el norte del Sur uno empieza a desvanecerse tal como pone el pie fuera del barco o del avión que lo trajo. Hay que ir inventando un nombre para la llamada del continente. Mientras, podemos seguir inventando un misticismo práctico que nos haga creer que somos bienvenidos o incluso esperados, o podemos empezar a ponerle nombre a las cosas. El extremo septentrional de África alberga todavía muchas huellas antiguas de países con nombres que no se pronuncian bien en árabe o en bereber, y en verdad es que esas huellas nunca han desaparecido, solo han cambiado de forma. Algunas huellas van de dos en dos sobre la tierra, una excursión de cruceristas que es pastoreada de pueblo en pueblo; otras las define mucho mejor Abelardo Muñoz, maestro valenciano del arte de escribir con espíritu de vendaval terroso y de plaga de langostas cruzando ese pequeño salto de poco más de diez kilómetros que es la costura entre un mar y un océano. La mar océana, todo es lo mismo: “Por estos pagos la gente sonríe pícara al referir su edad. Nadie lo sabe con exactitud. No hay papeles. Puedes oír: «Bueno, es posible que tenga noventa, o cien, no estoy seguro». La descolonización debió de ser un lío tremendo”.

Se pueden escuchar varias explicaciones sobre las desapariciones históricas de Muñoz; es posible que muchas de ellas sean leyenda, o quizás no: se cuenta que un día, de buenas a primeras, plantó un buen trabajo y un buen futuro y tiró millas hacia abajo, ese abajo que cuando uno se abstrae un poco, en fin, que vivimos en una esfera que se desplaza por el espacio, que abajo no es un término muy riguroso, pero para entendernos, y para entender la pulsión de Muñoz, nos vale. Hacia abajo, por mucho que diga la autoayuda, casi siempre es para mejor. Pues eso, que Muñoz era de marcharse, de anotar en libretas, de componer libros de relatos e incluso una novela sobre un terrible violador santanderino desde un café repleto de arabescos, quién sabe. Pasa el tiempo y las historias se entremezclan y ya es complicado saber qué es cierto y qué no, y tampoco importa demasiado. Con lo poco que importa todo, ¿para que nos vamos a esforzar tanto en hacer prosaica la poesía? El caso es que Abelardo se exilió en varias ocasiones, y no es exagerado decir que de estos exilios siempre volvía con material literario de primera calidad. En su familia, de hecho, no falta la calidad literaria: por aquí hablamos hace un tiempo del libro póstumo de su hermano Oswaldo Muñoz, también exiliado, solo que en la metrópolis y no en la colonia: a Oswaldo lo sedujo París, a Abelardo, Tánger.

 Quizás tendrían que homenajear a Abelardo por allá, no sé. Lo que es cierto es que deberíamos celebrarlo mucho más por aquí. Hace cosa de dos años, por estas latitudes digitales nos alojamos durante una lectura en su Hotel continental (El petit editor, 2016), y si aquello era bueno, lo de ahora es magistral. Leyéndolo quiere uno creer que lo que recoge este Exilio atlántico, ese lirismo con conocimiento de causa, ese prescindir de los tópicos de turista fascinado que a él ninguna falta le hacen, tenía que estar apuntado en una libreta desde aquellos años noventa en que se movía por la costa marroquí con un Ford azul y en compañía de una mujer llamada Carmela. Porque tal profusión de detalles son producto, o consecuencia, mejor dicho -porque hablar de producción parece inadecuado y banal para referirse a esto-, o de una libreta repleta de anotaciones precisas, o de un sentimiento de gran calibre y de un montón de cicatrices. Pongamos un ejemplo: “Una familia de halcones canela anida cerca de la tumba de Jean Genet. Mientras cae, el sol tiñe de escarlata la arena que trama los terreros frente al Atlántico. El océano brama allá abajo contra los arrecifes. Sobre los manchurrones de césped crecen margaritas blancas y amarillas, cardos insolentes. Un desagüe fecal contamina la bahía del acantilado. Varios niños se empapan en ella. Un joven quiere darme conversación entre las tumbas profanadas, pero rehúso con una mueca de fastidio”.

Una batería así de imágenes en la primera página de un libro no es algo muy común, por desgracia. Una cadencia así de haiku en un escenario así, tampoco. Exilio atlántico no es realismo sucio. Exilio atlántico no es beatnik. Exilio atlántico es Abelardo Muñoz en estado puro y engrandecido. En estado de gracia, que se dice mucho en las críticas: el autor se encuentra en estado de gracia, no cabe duda, se suele decir. No, mejor dejar de lado las fórmulas para hablar de este libro en el que se pasea el recuerdo de Mohammed Chukri y de Enric Alfons, “pintor viajero”, cuya obra gráfica embellece más si cabe el libro que ha publicado con mucho gusto Ediciones Canibaal dando casi a la Fira del Llibre, momento predilecto de Muñoz para volver de sus exilios, pese a que una feria puede llegar a ser un trance irritante para alguien que gusta poco de lo institucional y mucho de lo de barrio, de lo callejero, de la terraza de casco antiguo. Eso sí: un escritor tiene que ser leído. Y de vez en cuando, también visto. La parte trasera de las casetas no es mal lugar para descansar entre firma y firma. Y las presentaciones reconcilian.

Salió este libro en marzo, y en este mismo libro se dice de marzo: “Marzo es un mes taimado. Te hace creer que llegó el calor a la tierra, pero es una ilusión. Abril se acerca, ventoso y frío. Los días se inician radiantes para tornarse luego un resol brumoso. Pero las gentes disfrutan de la pescadilla, las gambas, los boquerones y los lenguaditos que regala el mar. Desde el Balcón Atlántico, cada tarde ves regresar a la flotilla de pesqueros de madera de Larache. Este pescado tiene fama en todo el Rif occidental. No hay sardinas como las de Larache en la época, dicen”. ¿Y no será, se podría pensar, que su hogar es aquello, y el exilio es aquí? 

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