VALÈNCIA. “Un cuadro hay que mirarlo con limpieza. Presentarte delante de él esperando recibir lo que él te dé, no lo que te han enseñado que debe decir”. Más que una advertencia, estas palabras de Antoni Tàpies (1923-2012) parecen la perfecta invitación para sumergirse en la sala de exposición, un consejo que deslizó durante una entrevista y que podría aparecer enmarcado en el inicio de cada visita al museo. Esta petición al visitante, este pacto, marca el tono de un encuentro que -incluso entre el gentío- siempre tiene algo de íntimo, un pacto que ahora sella con los visitantes de València.
Fundación Bancaja es la encargada de asegurar esos nuevos encuentros limpios entre la obra y el visitante, que se darán en el marco de la exposición Tàpies. Última década (2002-2012). El centro cultural abre sus puertas de par en par a la obra del catalán con un proyecto que pone el foco en un momento muy especial en su vida y obra, una mirada centrada en sus últimos años de producción a través de una veintena de obras de gran formato, varias de ellas inéditas, procedentes de la colección de la familia.

La sala de exposición, de luz contenida y cuyos muros han sido pintados de negro, se presenta ahora como un lugar que invita a ese tú a tú con el artista, un espacio desde el que, precisamente, se potencia este diálogo con la constante presencia de la voz de Tàpies a través de frases que aparecen plasmadas entre las piezas exhibidas. “El artista debe vivir intensamente su tiempo, pero también distanciarse de él para poder comprenderlo”, reza una de ellas.
Precisamente la relación con el tiempo es una de las claves para descifrar la exposición que presenta el centro cultural. Con el tiempo que le queda, por un lado, pues no se puede leer esta muestra sin tener en cuenta que es consciente de que está en el último tramo de su vida y, por tanto, de su carrera; pero también el tiempo con el que convive la obra, incluyendo aquel que no ha habitado pero que también interpela.
"No es un artista de los 60, es un artista del siglo XXI"
“Esta exposición es absolutamente contemporánea, habla del presente […] Tàpies no es un artista de los 60, es un artista del siglo XXI, de marzo de 2026”, reflexionó el comisario de la muestra, Fernando Castro, durante la presentación de la exposición, un parlamento en el que no dudó en vincular algunas de las piezas presentadas a ideas como la posverdad o las fake news. No en vano, su fecha de creación nos remite más al mundo moderno que a un pasado extraño.
Castro fue el encargado de inaugurar la exposición junto al presidente de la Fundación Bancaja, Rafael Alcón; el hijo de Antoni Tàpies, Toni Tàpies; y la directora de Vande, Dalia Padilla, una muestra nos lleva a “una época menos conocida” del artista, incidió Alcón, con un recorrido en el que “desde la intimidad y la melancolía de la vejez” se mantiene con fuerza el pulso creativo. “Son obras muy radicales, muy esenciales”, señaló por su parte el hijo del artista.

Esta mirada tardía recorre desde el año 2002 hasta su muerte en 2012 a los 88 años, una década marcada por una producción que se vuelve más libre, directa y depurada, un recorrido en el que estando presente su lenguaje, esa esencia que incluye lo inmaterial y lo material, mira a presente y a futuro. “Es un artista que nos obliga a mirar más allá”, señaló el comisario. Objetos cotidianos, maderas, telas o fragmentos de mobiliario se integran dentro de lo pictórico en una serie de piezas que nos acercan a su universo íntimo y político, a su manera de entender el mundo en todas sus facetas.
A lo largo de la exposición están presentes tres temas fundamentales en la obra de Tàpies: el cuerpo humano, presente en forma de huellas, extremidades, torsos, ojos o bocas; los símbolos con sus características cruces, letras o señales; y los objetos a través de fragmentos reales incrustados en la obra que conectan lo material con lo conceptual u objetos incorporados físicamente a través del assemblage, mezclando lo cotidiano, lo sagrado, lo íntimo y lo universal.
El recorrido, precisamente por sumergirse en la producción más tardía, nos presenta a ese Tàpies esencial, en el que queda negro sobre blanco el poso de años de producción y de crecimiento, de lecturas y conversaciones, una trayectoria vivida que se construye desde el pasado para interpelar lo urgente. También con guiños, eso sí, a un Tàpies joven, un espejo al que da forma en un autorretrato que pintó en 2011 y con el que, finalmente, no solo habla al visitante sino que lo mira a los ojos.
