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exilio en fontana rosa

Blasco Ibáñez: un viaje de cuento a su villa de la costa azul

En 1923, tras la llegada al poder de Primo de Rivera, el escritor valenciano decidió exiliarse en Menton (Francia), en la finca Fontana Rosa, que se convertiría en un personaje más de sus novelas 

15/09/2019 - 

VALÈNCIA.-Hubo una vez, en un soleado lugar de la Costa Azul, un escritor valenciano llamado Vicente Blasco Ibáñez (1867-1928). Pese a haber sido uno de los mejores novelistas de su época, murió alejado de su tierra por culpa de aquellos que censuraban sus ideas. Así, su vida transcurrió entre sus libros, sus proyecciones de películas de cine mudo, incontables viajes, su colección de peces… sin percatarse del paso del tiempo en la colorida Fontana Rosa, nombre de su último refugio, donde le gustaba vislumbrar desde lo alto de la torre de su lujosa villa el Mediterráneo y que tristemente le separaba de su amada València. Hasta que un día dejó de subir los peldaños de sus estrechas escaleras. «Estoy sentado en un banco de mi jardín de Menton. Árboles, estanques, arbustos floridos, pájaros y peces, parecen esta mañana completamente distintos a los que veo diariamente. Algo sobrenatural anima cuanto me rodea, como si durante la noche se hubiesen trastornado los ritmos y los valores de la vida. El jardín me habla», confesó el escritor naturalista en su obra La vuelta al mundo de un novelista (1924). 

Fuera del recinto, sobre la gran puerta que da acceso al jardín, se observan los retratos de los escritores Cervantes, Balzac y Dickens. Bienvenidos al Jardín de los Novelistas, se lee en la entrada de la villa del siglo XIX, que perteneció con anterioridad a un artista alemán. Ubicada en Menton, al sur de Francia, próxima a la frontera italiana, Blasco la consagró a la literatura. Su querido Miguel de Cervantes acapara el florido espacio. Junto a un gran estanque repleto de nenúfares amarillos, rosas y violetas, de nuevo nos topamos con un busto de rostro serio del escritor madrileño. Justo detrás, en forma de media luna, unos cien azulejos fabricados en Manises representan escenas de Don Quijote, como si se tratase de un cómic al aire libre. Y sobre ellos, apuntando a Blasco, se descuelga amenazante una «gigantesca araña negra» que parece «abarcar todo el mundo entre sus patas». 

Casi cien años después de su muerte el jardín sigue manteniendo sus colores originales. Sin embargo, el edificio donde vivió en medio de tantas flores, entre 1921 y 1928, fue demolido por el paso del tiempo y el olvido. El jardín habla, decía Blasco, pero en realidad son sus personajes, que enraizados a su villa, camuflados entre las flores, recorren cada rincón como si les perteneciera. «Doña Manuela Pajares, viuda por dos veces, que con mucho esfuerzo ha levantado una tienda de tejidos, Las Tres Rosas, en la ciudad de València. La señora había dado orden para que la merienda estuviera lista, y Visanteta se afanaba, yendo de un lado a otro y enviando sus amigas al jardín para que la dejasen en libertad. La merienda se animaba», escribió en Arroz y tartana (1894). 

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Muy cerca de ellas estaba Roseta sentada en uno de los acicalados bancos del jardín, de hermosos azulejos que representan a valencianos bailando con sus trajes típicos. Parecía reflexionar sobre el nombre de un barco, «haciendo un mohín de disgusto a cada título, soltó el suyo. Debía llamarse Flor de Mayo. Le seducía el título tan bonito»; mientras que Blasco puso otro distinto a sus brillantes asientos, llamándolos «bancos de conversación». En uno de ellos, piensa un momento en la dulce Roseta.

* Lea el artículo completo en el número de 59 de la revista Plaza

El marinero frustrado

Apasionado del cine, la villa contó con una sala de proyección de películas todavía en pie. Allí, recibió a célebres invitados, algunos de la talla de la actriz Greta Garbo. Como si de un intruso se tratara, pero sin intención de ver un film, se pasea cerca de un estanque «Sánchez Morueta, con las mejillas enrojecidas por la digestión, mordiendo un magnífico cigarro, habló a Aresti de bajar al jardín. La tarde se había serenado y quería gozar de los últimos rayos de sol (El intruso, 1904)». 

Fontana Rosa está clasificada como monumento histórico en Francia. Ya se han restaurado numerosos elementos del jardín  pero hacen falta más fondos para que no se caiga a pedazos, y en Menton piden colaboración a las instituciones valencianas. Leonora no ha acudido y eso que ella «conocía todos los rincones del mundo. Nada de Niza ni de las otras ciudades de la Costa Azul, bonitas, coquetas, empolvadas y pintadas como una dama que sale del tocador (Entre naranjos, 1900)».

De niño, Blasco Ibáñez quería ser marinero. Por ello, no es de extrañar que frente a la entrada del jardín esté su aquarium. En ruinoso estado, en su fachada siguen nadando bellas cerámicas con peces, estrellas de mar, pulpos, sobre los que flotan enormes mariposas. En su interior coleccionaba todo tipo de animales marinos. En este lugar de fantasía que es Fontana Rosa, «la selva, dormida bajo el fulgor de las estrellas, parecía un jardín de leyenda. Maltrana pensó en Wagner y en su valeroso Sigfrido; en la rústica flautita del héroe que hacía hablar a los pájaros. Hasta creyó, por un instante, que de aquellas espesuras podría surgir un dragón, (La horda, 1905)». 

Más tarde, en el año 1890, huyó a París tras haber promovido otra manifestación, en este caso contra el político Cánovas del Castillo

En un lateral del jardín se halla su antigua biblioteca y despacho, que llegó a albergar más de diez mil obras. Menton ha podido recuperar unas tres mil, que conserva en la biblioteca municipal. No muy lejos, «durante un mes permaneció Renovales en plácida vagancia. Parecía olvidado de su arte: las cajas de colores, los caballetes, todo el bagaje artístico traído de Roma, estaba empaquetado y olvidado en un cobertizo del jardín (La maja desnuda, 1906)». 

Ensimismado por el olor a romero del jardín, Blasco rememora: «A mediados de 1895 tuve que huir de València, después de una manifestación contra la guerra colonial. Perseguido por la autoridad militar, viví escondido. Vagué tres meses por Italia, volví a España y un consejo de guerra me condenó a varios años de presidio. Finalmente, el pueblo de València me eligió diputado, librándome así de nuevas persecuciones gracias a la inmunidad parlamentaria. Mi campaña electoral consistió principalmente en discursos pronunciados al aire libre, ante muchedumbres enormes. Dirigía yo entonces en València el diario El Pueblo. Sólo entonces, fatigado de toda una noche de monótono trabajo periodístico, me era posible dedicarme a la labor creadora del novelista», contaba. Más tarde, en el año 1890, huyó a París tras haber promovido otra manifestación, en este caso contra el político Cánovas del Castillo. Su vehemencia política le hizo entrar en la cárcel más de treinta veces, de acuerdo con la Fundación Blasco Ibáñez.  

«Sácame de aquí —dijo Freya—. Guárdame contigo. En tu buque puedo vivir olvidada del mundo. Y si mi presencia te disgusta, llévame lejos de Francia, déjame en un país lejano (Mare Nostrum, 1918)».

«Todo lo que me rodea sigue hablándome con lenguas aéreas, vegetales o acuáticas. Cada uno dice algo diferente, pero sus voces se confunden y unifican en la misma dirección, como los diversos temas de una sinfonía —piensa Blasco—. Quédate, dice la orquesta murmurante del jardín—; vas a perder nuestras flores y nuestros frutos, los dulces atardeceres del otoño, la compañía serena y luminosa de los libros». En las últimas sombras de la noche, el jardín aparecía animado por una vida misteriosa. 

Blasco entendió el periodismo como una herramienta para impactar en la política, pero en 1914 se marchó a París después de una aventura colonizadora en Argentina, y se convirtió en corresponsal de guerra. Empezó a escribir artículos con un componente social y político, además de historicista. 

El escritor se sirvió de nuevo de Cervantes para describir a la España de su época: «El país de Don Quijote, gracias a la monarquía de los Borbones, se ha convertido en el de Sancho Panza, glotón, cobarde, servil, incapaz de ninguna idea que exista más allá de los bordes de su pesebre (Una nación secuestrada. El terror militarista en España, 1924)».

Republicano, anticlerical y rico

En el jardín también se encontraba Mademoiselle Norma, de su obra de 1927. «Por uno de esos extraños cambios de la conversación, se hablaba de las flores. Norma declaraba que le gustaban mucho, hasta el punto de tener por ellas una ardorosa pasión». Parecía como si sus personajes llevasen «una existencia atareada, corriendo en automóvil los sesenta kilómetros de carretera entre Cannes y Menton, para asistir a fiestas en las diversas ciudades, o arriesgar su dinero sobre las mesas verdes de los casinos situados a lo largo de la cornisa de la Costa Azul (A los pies de Venus: los Borgia, 1926)».

Con solo doce años, el valenciano empezó a escribir. Republicano y anticlerical, inventó los best sellers y Hollywood le catapultó a la fama. Llegó a vender más de dos millones de ejemplares del libro Los cuatro jinetes del apocalipsis (1916). Se hizo inmensamente rico. Justo acaba de aparecerse Julio, uno de los personajes de esa afamada obra, que «al lanzar una mirada en torno de él, creyó que la tarde había sufrido los efectos de un fenómeno celeste. El jardín seguía iluminado por el sol, pero el verde de los árboles, el amarillo del suelo, el azul del espacio... Todo le pareció oscuro y difuso, como si cayese una lluvia de ceniza».

Algunas de las adaptaciones fílmicas de sus obras le convirtieron en un icono. En 1926 llegó The Torrent, la adaptación de Monta Bell de Entre naranjos, una de sus novelas valencianas. Fue la película en la que debutó Greta Garbo en el mundo del cine. Pero Blasco parecía ocupado con otras actividades, sobre todo en presenciar «la salida del sol en uno de los lugares más hermosos de la Costa Azul, en mi sonriente jardín de Menton, frente a la planicie azul del Mediterráneo, rodeado de un ambiente favorable al trabajo y al ensueño». 

El escritor confiesa a sus fantasmas, que le escuchan atentos alrededor del jardín: «En 1918, casi al final de la guerra europea, caí repentinamente enfermo por exceso de trabajo. El frío de dos inviernos crudos, pasados casi sin calefacción, y el exceso de trabajo, acabaron con mi salud, y por consejo de los médicos me trasladé a la Costa Azul. Y tocando a Italia, el dulce Menton, otro lugar de enfermos distinguidos, donde debe terminar sus días todo tísico que se respeta».

Al regresar de su vuelta al mundo en 1924, huyendo de la dictadura de Primo de Rivera, se instaló en Fontana Rosa. Hasta que una madrugada de 1928, apenas unas horas antes de cumplir sesenta y un años, una neumonía agravó su estado de salud y murió en una habitación de su villa, acompañado de su mujer, Elena Ortúzar y sus hijos Sigfrido y Mario. Todavía realizaría Blasco un último viaje. Ya sin vida. Aquel que le llevó de Menton a València en 1933 cuando, proclamada la Segunda República Española, sus restos regresaron en un buque. El propio Blasco dejó escrito: «Quiero descansar en el más modesto cementerio valenciano, junto al mare nostrum, que llenó de ideal mi espíritu; quiero que mi cuerpo se confunda con esta tierra de València, que es el amor de todos mis amores».

«Pero las vidas vuelven siempre a sus cauces antiguos. En el jardín de la casa chillaban a coro los pájaros sobre las ramas florecientes, mecidas por la brisa que enviaba el vecino mar» (Los muertos mandan, 1909). Sus personajes no se han marchado, allí siguen anclados. Como la duquesa de Pontecorvo que «todas las tardes de cielo despejado, la vieja señora», acude desde la ribera del Mediterráneo «para contemplar la puesta de sol sentada en el jardín», sobre el mismo banco de Fontana Rosa donde gustaba descansar a su creador (Novelas de la Costa Azul, 1924). 

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