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Capitalismo y socialdemocracia

16/10/2016 - 

El capitalismo es un sistema de producción y distribución de bienes y servicios cuyo motor principal es la posibilidad de obtener un beneficio por todos aquellos que están dispuestos a emplear sus propios recursos, previamente acumulados, en la satisfacción de las necesidades de la población manifestadas bajo la forma de demanda solvente; es decir, con capacidad de pago. Si este proceso se culmina con éxito, puede decirse que todos quienes en él participan, acaban ganando en un sentido u otro.

Sin embargo, desde un punto de vista técnico, el capitalismo solo puede funcionar con un nivel suficiente de eficacia si existe un mercado capaz de conectar los deseos de unos y otros a través de los precios, los cuales en cierto modo marcan, con carácter voluntario, los términos del acuerdo. 

"en contra de lo que suele creerse, capitalismo y mercado no son términos equivalentes"

Pero en contra de lo que suele creerse, capitalismo y mercado no son términos equivalentes. En realidad el capitalismo puede funcionar perfectamente sin necesidad de que exista el mercado, o más precisamente, sin que existan las condiciones mínimas que garantizan la eficiencia de éste; en particular el acceso sin trabas a una completa información por quienes adquieren los productos, y también la libre competencia entre quienes pretenden suministrárselos. 

En realidad, el mercado puede acabar incluso siendo un desagradable obstáculo para aquellos capitalistas que desean obtener un beneficio sin necesidad de esfuerzo competitivo alguno, ni de demostrar a nadie que su producto o servicio es el mejor de entre todos los existentes. A aquellos les basta con obtener una posición de monopolio, participar en un cártel, obtener una concesión del Estado o conseguir cualquier otro privilegio con fuerza legal que excluya a la competencia de manera expeditiva.  Por no hablar de la corrupción, que es la manera más efectiva, al tiempo que lamentable, de circunvalar dicho mercado. Adam Smith, que pasa por ser el padre de la Economía, y además un liberal de los de verdad, ya avisaba en 1776 que cuando se reunían dos o más capitalistas siempre era para pactar precios o para establecer cuotas de reparto del pastel. Dicho de otro modo, al capitalismo, o al menos a una parte de él, nunca le gustó demasiado la competencia. Digan lo que digan sus apologetas.

Por otra parte, y aún suponiendo que exista un mercado técnicamente perfecto para garantizar la adecuada producción y distribución de bienes y servicios, jamás debiera exigírsele a éste que actúe como mecanismo redistribuidor de la riqueza y la renta entre los diversos agentes participantes en el mismo. No es su función. Y cuando esto ocurre; por ejemplo, cuando por razones políticas pretendidamente compasivas, se fijan precios máximos para ciertos bienes o servicios por debajo de los precios de mercado, la consecuencia siempre es la misma: desabastecimiento, colas y racionamiento. Ha ocurrido tantas veces en la Historia, que sorprende que aún haya quien todavía lo intente, presumiendo además de que lo que está aplicando es realmente una política progresista. 

Pues bien, todas estas contradicciones del capitalismo, y también todos esos mitos y leyendas tan extendidos sobre el papel que el mercado juega en la economía, fueron resueltos, todos a la vez, por la Socialdemocracia europea que surgió formalmente de manera bastante estructurada en el congreso de la SPD de Bad Godesberg de 1959.

En él se dictaminó, por ejemplo, que no tiene que existir necesariamente un conflicto irresoluble entre la economía capitalista y un mercado eficiente, siempre que el Estado asumiera atribuciones suficientes para garantizar que este último existiera. Las políticas de ordenación y regulación de los mercados por parte del sector público, en base a al interés general, pasaron a ser, de manera paradójica, la mejor garantía para que aquellos cumplieran rigurosamente la función técnica que les corresponde, evitando de este modo la natural proclividad del capitalismo a su destrucción.

Pero al mismo tiempo se propuso que el Estado asumiera sin complejos la función política que le es propia, poniendo en marcha mecanismos de redistribución de la renta y la riqueza, fuera del ámbito estricto del mercado. Y así nacieron los impuestos progresivos y directos sobre la renta, que servirían de base al gasto público necesario para garantizar el acceso de todos los ciudadanos a los servicios esenciales de sanidad y educación, a la protección social y a las pensiones. Salvaguardar la eficiencia en el funcionamiento de los mercados y avanzar en la igualdad de oportunidades a través de políticas presupuestarias, fueron pues los dos pilares centrales sobre los que se construyó el Estado del Bienestar. 

Naturalmente, hubo, y sigue habiendo, quienes desde la “izquierda” consideran que la socialdemocracia no es sino una forma de apuntalar y legitimar un sistema económico como el capitalista, que es “malo” en sí mismo, sin solucionar el fondo de la cuestión. Y están en su derecho. El problema es que todas las demás formas de gobernanza económica ensayadas en la Historia, prohibiendo la iniciativa privada o imponiendo “mercados planificados”, fracasaron, sin discusión. Razón por la cual la Socialdemocracia era entonces, y sigue siendo hoy, la respuesta sensata de la izquierda a esa deriva desigualitaria y autofágica a la que tan proclive es el capitalismo dejado a su “libre albedrío”. 

El verdadero peligro para la sociedad del bienestar en las economías avanzadas, no está, por mucho que se repita, en el capitalismo como tal; ni mucho menos en “los mercados”, así en general, sino en la debilidad de las respuestas políticas y en la ausencia de mecanismos de gobernanza global acordes con el signo de los tiempos. La perplejidad e inacción de los socialdemócratas europeos, y también de los no europeos, ante el imparable avance de un sistema globalizado, de fuerte sesgo financiero, desbocado y sin normas, que se habría apoderado, otra vez, del panorama económico mundial, explica una gran parte del terreno electoral perdido por esta opción política en los últimos años. 

No, no es la socialdemocracia la que está en crisis; son los partidos socialdemócratas los que hace tiempo que perdieron el rumbo, abrumados por la complejidad y extensión de los problemas económicos derivados del avance del capitalismo global, y también por su incapacidad para alumbrar liderazgos políticos consistentes y exentos de complejos “izquierdistas”. 

¿Mi consejo? ¡Todos al rincón de pensar!

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