Cine

'El castillo en el cielo': 40 años del germen de las grandes obras de Miyazaki

Vuelve a los cines una película de Studio Ghibli, dirigida por Hayao Miyazaki en 1986 y que condensa, visual y narrativamente, los grandes temas de su obra

  • Los grandes temas de Miyazaki laten en El castillo en el cielo.
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VALÈNCIA. Con Studio Ghibli convertido en un icono artístico global que trasciende la etiqueta de ‘otaku’, para devenir —entre otra muchas cosas— hasta un Premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades 2026, las películas del estudio nipón no cesan de volver a los cines. Ciertamente, es una oportunidad de oro para aquellos que no pudieron ver las obras de Ghibli en pantalla grande, bien porque no habían nacido, como es mi caso, bien por cualquier otra razón.

Celebrar el arte del dibujo animado por personas con corazón en la era de la IA generativa —que de hecho le arranca el alma hasta al propio ‘estilo de Ghibli’, como conté aquí—, se antoja un grado más satisfactorio aún que hace, no sé, cinco años. Y eso nos permite aplaudir los reestrenos del estudio creado por Isao Takahata, Hayao Miyazaki y Toshio Suzuki que, constantemente, están llegando a los cines españoles. El año pasado se reestrenaron Porco Rosso y Ponyo en el acantilado —película con la que vitalmente se emparenta la que nos ocupa—, y antes de ellas volvió a pasar por los cines españoles una remasterización de Mi vecino Totoro. Este mismo año han circulado copias por efemérides y restauraciones en 4k de El castillo ambulante, El viaje de Chihiro y La princesa Mononoke.

Sea como fuere, la que acaba de llegar de nuevo a los cines con la excusa de su 40 aniversario es El castillo en el cielo, un largometraje esencial en el establecimiento de Ghibli en la industria nipona, pero desgraciadamente considerado un título ‘menor’ debido a su antecesor y sucesoras. Se estrenó después de Nausicaä del valle del viento —previa a la fundación oficial del estudio, pero actualmente considerada obra del mismo—, un título muy célebre en Japón por ser adaptación de un manga del propio Miyazaki, y antes de la dupla que presentaría ante el mundo a los dos talentos más importantes de Ghibli La tumba de las luciérnagas y Mi vecino Totoro. Es el patito feo de la primera edad de Ghibli. Y, sin embargo, es una película esencial para comprender al estudio.

  • Pazu y Sheeta, los jóvenes protagonistas, conocen la naturaleza pacífica de un robot laputiano

Los grandes temas y canones estéticos

Trasladémonos a antes de 1986. En puridad, El castillo en el cielo es la primera película de Studio Ghibli. Y, a pesar de ser una factoría animada con decenas de trabajadores dibujando a mano, es un estudio de animación que aún está valorando sus opciones y alcances. Sus fortalezas, sus talentos y su lugar.

Es una empresa en pañales que hacía películas animadas en un mercado donde los largometrajes con una historia autoconclusiva no eran precisamente lo que triunfaban: triunfaban los OVA, adaptaciones de animes ya populares en la pequeña pantalla como Mobile Suit Gundam, Macross, Hiroshima o Lupin III. Y, sin embargo, El castillo en el cielo contiene potencialmente todas y cada una de las grandes temáticas que guiarán la obra de Hayao Miyazaki.

El antibelicismo militante que ha caracterizado su obra se nos muestra aquí de forma evidente: la protagonista es secuestrada, perseguida y maltratada por militares que quieren utilizar la tecnología de Laputa —así se llamaba el castillo flotante que buscan los protagonistas en el doblaje original, redoblado en un cuidadoso castellano actual como Lapuntu—, para fabricar armas con las que subyugar otras naciones y la propia.

El ecologismo, espíritu que da aliento a obras como Mi vecino Totoro o La princesa Mononoke, se revela aquí como la necesidad imperiosa de preservar la naturaleza libre de la intervención humana. Y la aparición sobrenatural en el mundo cotidiano es el motor de la trama: la dura vida de minero huérfano de Pazu se ve alterada con la llegada de una niña que flota y posee una piedra mágica.

  • Un fotograma de El castillo en el cielo que antecede a un meme de Internet

Pero no solo es discursiva la semilla que planta El castillo en el cielo. También es estilística. En su imaginario particular conviven Los viajes de Gulliver, de Jonathan Swift, origen literario de Laputa, con las máquinas voladoras y extraños zepelines de Albert Robida y los objetos mágicos que guían con una luz y años después volveríamos a ver en El castillo ambulante. Las bandas de piratas y buscavidas de Porco Rosso ya están en esta película, y las ancianas peleonas que después veremos en El viaje de Chihiro. Incluso la ambientación steampunk que vemos en todas ellas, tiene su germen en este título.

La larga sombra de El castillo en el cielo se proyecta hasta nuestros días también de otros muy diversos modos. Los robots laputianos son, en esencia, El gigante de hierro que popularizaría Brad Bird en 1999. La ambientación steampunk y la búsqueda de un reino ancestral perdido con una tecnología que unos cuantos militares quieren para sí es, de hecho, exactamente el armazón narrativo de Atlantis, película hoy de culto de Disney estrenada en 2001. Y no hablamos solo de cine: Laputa es sumamente similar al castillo flotante de Hyrule en el videojuego The Legend of Zelda: Tears of the Kingdom, por no mencionar la ambientación puramente ghiblesca del Breath of the Wild (que le debe mucho al estudio de Totoro).

  • La explosión de color y la simplificación de los rostros muestran una voluntad miyazakiana de entretener a la infancia

El volver la mirada al público infantil

Si tan importante es, ¿por qué se tiene por un título menor en la trayectoria del estudio? Mi teoría es que ocurre lo mismo que con Ponyo en el acantilado: son películas puramente infantiles no destinadas ni al público adulto ni al crítico ni al estudioso e historiador del cine. Es decir: a nadie que pueda hablar, escribir o reflexionar sobre su influencia o valor artístico.

De hecho, antes he escrito que El castillo en el cielo se hermana con Ponyo porque la voluntad de Miyazaki fue sumamente similar. En sus diarios, recogidos en el libro Starting Point 1979-1996, Hayao Miyazaki escribía dos años antes del estreno de El castillo en el cielo, que “si Nausicaä es una película enfocada a una audiencia más adulta, Pazu —el nombre del proyecto entonces en desarrollo—, debe ser una película principalmente enfocada hacia los niños y niñas de primaria. Si Nausicaä estaba diseñada para ser cool, verdadera y trascendente, entonces Pazu está destinada a ser esencialmente divertida e intensa, llena de acción al estilo clásico”.

Hay en El castillo en el cielo un ánimo de diversión intrascendente que es, ciertamente, similar al libro satírico de Swift y que Hollywood sabría captar muy bien en el género de aventuras. Pero precisamente por ello, esta película no pasaría a la historia como una de las joyas de Ghibli: por estar concebida para ser disfrutada más que para ser pensada.

Incluso en el pulso del dibujo late algo que veríamos después mucho más explícito en Ponyo en el acantilado: una voluntad férrea de simplificar el trazo para desdramatizarlo. En el mismo Starting Point 1979-1996, Miyazaki se queja de que el gekiga, vocablo japonés para hablar de la complejización de la imagen y el diseño de personajes en los cómics, había arrasado con el estilo clásico, más cartoon e infantil. Llega a decir que todos los manga de aquella época se construían desde una seriedad formal y plástica que los hacía más dramáticos. Todos excepto Doraemon, que consideraba un último bastión a reivindicar. Tal vez eso sea El castillo en el cielo: su propio Doraemon, una rara avis en un mundo más complejo y trascendente.

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