el callejero

Cristina Bea, la voz del fútbol que no se quiere apagar

31/07/2022 - 

VALÈNCIA. Cristina Bea está un poco triste y un poco alegre. Hace unos días le comunicaron que no iba a volver a salir en Movistar+. Estaba en la calle. Y por eso está triste. Pero los despidos, a veces, sirven para abrir el contenedor de los agradecimientos. Mucha gente te dice que eras buena, que le gustaba tu trabajo, que no entiende tu marcha. Y eso te pone alegre. Luego está otro asunto, que exteriorizamos lo alegre y nos guardamos lo triste. Aunque con Cristina, vete tú a saber. Porque llega con una sonrisa, se va con una sonrisa y, entre medias, no para de reírse a carcajadas.

La cita es en Mestalla, donde sorprende la cantidad de gente que está en la cola para hacer un 'tour' por el viejo estadio. Turistas que desean conocer su historia, salir por el túnel de vestuarios y sentarse en el banquillo de Gattuso. A la izquierda del banquillo, un poco más hacia el córner, hay otro banco, mucho más austero, que es donde se sentaba habitualmente Cristina en los partidos del Valencia CF. Ella habla de los días con las gradas llenas de público y los jugadores corriendo por el césped, pero hoy no es uno de esos días, hoy es un estadio vacío, un campo desnudo sin rayas, porterías, ni banderines, donde, dice Cristina, se puede percibir la magia de los estadios vacíos. "Mira, mira, se me pone la piel de gallina", grita mientras muestra el antebrazo.

 No es tan fácil de encontrar esa magia. Más fácil es ver las veinticinco cámaras de seguridad, juntas, como en un enjambre, en cada esquina del graderío. O las botellas de hidrogel amarradas con bridas de plástico a las vallas de los vomitorios que se ven antiguas, como de otro tiempo. Como esos objetos, unas Stan Smith, qué sé yo, que un día están de moda y al año siguiente se ven desfasados.

Pero, más allá de alegrías y tristezas, a Cristina Bea se la ve serena. Y en este momento de incertidumbre, cuando uno se sorprende en mitad del océano y mira a su alrededor y no atisba un pedazo de tierra, se aferra a 2009, el año que dejó el deporte y se puso a llevar la comunicación de empresas muy serias, de ejecutivos de cuello blanco, de libros de cuentas y esas cosas que nada tienen que ver con un balón cogiendo un efecto precioso camino de la escuadra. Pero también del momento que, cuatro después, el destino la devolvió a los estadios. A los estadios llenos y a los estadios vacíos. "Tenía un amigo que había empezado a hacer las entrevistas de después de los partidos y se marchaba un mes a Colombia. Él me dijo que necesitaban a alguien que le sustituyera, que fuera autónomo y supiera de fútbol, y que había pensado en mí. Le dije que le cubría ese mes en Gol TV. A la semana, la que era jefa de producción me dijo que en Barcelona les había gustado mucho, que querían que siguiera yo. Me negué. Estaba muy agradecida de que Mediapro quisiera contar conmigo pero ese era el trabajo de mi amigo".

Cristina Bea es de esas personas que cree en el karma -lo llame así o no- y por eso entiende que, tras ese gesto de lealtad y compañerismo, viniera la oportunidad de su vida. Unas semanas después, su amigo regresaba de Colombia y, durante una escala en Texas, la llamó para decir que le habían readmitido en Ràdio 9 y que no podía renunciar porque corría el riesgo de perder el finiquito. Entonces la periodista sí aceptó la propuesta de Mediapro y continuó en la tele hasta este verano.

Familia futbolera

El fútbol no ha sido una casualidad en su vida. En su familia, una familia con raíces que se hunden en la España profunda, siempre han sido muy futboleros. De los de ir al campo y a los entrenamientos y al aeropuerto a ver llegar a las estrellas del equipo rival. Su padre era policía local y su madre, charcutera. Y el único de la saga que no se vuelve loco con el balón es su hermano pequeño.

En esa casa de Torrent se aprendió el primer nombre de un futbolista: Ricardo Arias. "Y, claro, cuando luego, de mayor, desvirtualizas a Arias y tienes un contacto más directo, recuerdas aquel 4 y aquella melena, y te impacta. Me ha pasado con algún jugador o entrenador, pero no se me nota porque siempre he querido marcar distancias y no me permito ser aficionada. De hecho, he perdido mucho el fanatismo, que yo era muy fan, de guardarme recortes de periódico, de seguirlo absolutamente todo... Mi parte aficionada acabó cuando empecé a hacer prácticas. No entiendo el periodismo de otra forma. Sentir el respeto de cualquier club, me congratula. No hay mayor halago que cuando me preguntan cuál es mi equipo".

Esta, y no es la única, es una de las muchas cosas locas del fútbol. Un periodista no puede decir cuál es su equipo. Porque el hincha no razona, solo es capaz de ver unos colores. El forofo es antes militante que aficionado. Tu equipo está mucho antes que tu deporte. "Tú puedes ser de un equipo y ser imparcial, pero la gente no te va a ver imparcial. Cambia radicalmente la concepción que los demás tienen de ti. Te cuelgan una etiqueta para siempre. En el fútbol y en la televisión hay que mirar mucho lo que se dice y lo que se hace".

Durante estos casi diez años en Mediapro, de apariciones en Movistar+, en Vamos, en GolTV o en beIN Sports, su trabajo ha pivotado fundamentalmente alrededor de tres estadios: Mestalla, La Cerámica y el Ciutat de València. En esos campos, con el paso del tiempo, aprendió la importancia de mantener cierta distancia con los protagonistas. Y en estos días en los que todo se remueve ha vuelto a su cabeza aquel primer partido para beIN Sports, un Valencia-Mónaco de previa de la Champions. Bea habla de "la temporada de Nuno", dando por hecho que todo el mundo sabe quién es Nuno (en realidad, Nuno Espírito Santo, un antiguo entrenador del Valencia CF). Aquella semana de agosto de 2014, le llamó su editor y le anunció que iba a hacer las entrevistas en Mestalla. La noticia fue tan impactante que la periodista perdió la voz, se quedó afónica. "¡Tuve que ir dos días seguidos a urgencias a que me pincharan Urbason porque no llegaba al partido! Pero llegué. No al cien por cien, pero eso solo lo noté yo".

La agonía de Lille

Más estresante aún fue su estreno en Europa, en Lille (Francia). El Valencia CF, que había eliminado al Mónaco, jugaba el primer partido de la fase de grupos en el Stade Gerland. La periodista viajaba con una compañera de producción que le anunció, después de comer, que se iba a ir antes al campo porque tenía una reunión con gente de la UEFA. Cristina Bea bajó más tarde de su habitación, casi cuatro antes del partido, y fue a recepción a pedir que le llamaran un taxi. En cuanto le dijeron que estaba de camino, salió a la puerta con una camisa y una americana colgadas de una percha. Pasaron diez minutos, quince, veinte... y el taxi no llegaba. Así que preguntó en recepción y le dijeron que había mucho tráfico pero que no iba a tardar.

Cristina miró hacia el fondo de la calle y vio, en efecto, que había una avenida llena de coches que no avanzaban, pero le habían dicho que el taxi iba de camino. Media hora, cuarenta minutos, cuarenta y cinco... La empleada de Mediapro miraba el reloj y hacía el cálculo mental de cuánto quedaba para el partido y, sobre todo, para las entrevistas que tenía que hacer antes. "Eso suele ser una hora y media antes y yo miraba el reloj y me caía una gota fría. La productora empezó a llamarme, así que volví a recepción a insistir y a decir que no tenía más margen. Pero ellos me dijeron que había un gran atasco, que no podían hacer nada. No sé el tiempo que estuve esperando, pero no fue menos de hora y media".

Llegó un momento en que Cristina Bea comprendió que no llegaba al campo. Su primer partido y no iba a aparecer. Un desastre. Pero entonces se la jugó. Avanzó por la calle y al llegar a la salida de un garaje, empezó a hacer autostop a los coches que iban saliendo. Los tres o cuatro primeros no le hicieron ni caso, pero al siguiente, una mujer de unos cincuenta años bajó la ventanilla y preguntó qué le pasaba a esa joven que veía tan apurada con una camisa y una chaqueta en la mano. Aquella mujer se apiadó de la periodista, le abrió la puerta y la llevó al estadio. No solo eso, como había un trafico espantoso, se subió al arcén y apretó el acelerador. Cuando Cristina vio las gradas al fondo, le dio las gracias, se bajó y empezó a correr con toda sus fuerzas.

Se salvó por los pelos. "Llegué hiperventilando y llevaban ya diez minutos esperándome para la entrevista con Nuno. Aunque primero me obligaron a relajarme porque se me iba a salir el corazón. Me tranquilicé, me cambié de ropa y me puse delante de Nuno rezando para que me rigiera la cabeza. Llegué de milagro gracias a aquella mujer que no olvidaré nunca en mi vida. Aunque creo que ella a mí tampoco...".

Un tumor en la pierna

Cristina Bea era una niña muy introvertida. Pero perdió la vergüenza. Se le fue en los mercados donde iba a ayudar a su madre. Su familia, la materna, venía de La Almarcha, un pueblo de Cuenca. Su madre es la pequeña de ocho hermanos y casi todos trabajaban en el mercado de Torrent. Antonia vendía fiambre y cuando llegó el euro le pidió a su hija que le echara un cable. "Estuve toda la carrera trabajando. Los jueves y los viernes, yo no iba a clase. Mi madre tenía entonces un trabajo itinerante: los jueves a Silla, los viernes a l'Alcúdia -donde acudían comprar la madre de Andrés Palop, el portero- y los sábados a Carlet. "Para mí fue una gran escuela para quitarme la timidez. Mi madre me tiraba para adelante. Yo había tenido que ir a la psicóloga de niña, en el colegio, porque todo me daba miedo: la separación con la profesora, la oscuridad, subir en ascensor... Pero a los trece años se me fueron todos los miedos. Me rompí una pierna porque me salió un tumor que se comía el fémur. Una cosa así te cambia la vida porque a partir de entonces pensé: ¿Miedos, para qué? Te preocupas por cosas que no pasan y lo que pasa llega sin que lo pienses. Ahí cambié un montón".

A eso se le unió una frase que su abuela paterna le repetía de manera recurrente: "Con educación, puedes hablar hasta con el rey". No la ha olvidado, y ella, que ha hablado con el rey y los príncipes del fútbol, ha descubierto que es verdad, que con educación puedes hablar con cualquiera.


Su abuela no solo está presente en el recuerdo. Cristina lleva en el dedo anular de la mano izquierda un anillo y una alianza. Ninguno de los dos es suyo. El anillo dorado lleva las letras EC, las iniciales de Enedina Cebrián, su abuela. La mujer le prometió que sería suyo cuando muriera. "Me pidió que no me lo quitara nunca porque a ella le había dado mucha suerte, que había tenido una vida muy bonita. Aquella mujer llegó a los 16 años de Tornos, un pueblo de Teruel, para ganarse la vida como sirvienta. Ella decía que había servido en las mejores casas de València y que los domingos, el día que libraba, se permitía la licencia de pintarse la uña del dedo meñique y que, al volver a casa, se la rascaba con un cuchillo. Con 83 años, su hijo, mi padre, se volvió a casar y entonces mi iaia se pintó las uñas de rojo por primera vez en su vida. Mi abuela me decía que a ella la quería todo el mundo, y estos días, con todas las muestras de agradecimiento que estoy recibiendo, me acuerdo mucho de ella porque yo también siento que me quiere todo el mundo".

Enedina murió con 90 años en una fecha muy concreta, un 23 de enero, el día del cumpleaños de su nieta y el día también que le anunciaron a Cristina Bea que al marido de su prima, con quien le unía una gran relación, le quedaban seis meses de vida -"y no se equivocaron"-.

A pesar de todo esto, no cree en supercherías. No tiene manías antes de salir ante la cámara ni de entrar en directo. Aunque hablando de su abuela, cae en la cuenta de que, quizá inconscientemente, está rindiendo homenaje a su iaia con los labios y las uñas de las manos pintados de rojo.

Sus referentes

Se nota que es una mujer con vínculos familiares muy fuertes. Cristina recuerda que, cuando estaba pendiente su renovación por Mediapro, su padre, Juan Ramón, la llamaba todos los días a preguntarle si ya sabía algo. Ella, paciente, le decía que aún no, que estuviera tranquilo. El día que supo que no iba a continuar, miró la hora y se acordó de su padre. Cristina decidió esperar un rato, qué mas da, y dejar al hombre comer tranquilo y echarse la siesta tan a gusto. Ahora no se sabe si la voz de esta valenciana volverá al fútbol, quizá para inspirar a otras mujeres y hombres, aún niñas y niños, para dedicarse a este oficio de contar los deportes. Como ella, en su día, se deleitaba escuchando a María Escario, a Paloma del Río, al dúo formado por Carlos Martínez y Michael Robinson, a Andrés Montes gritando "¡jugón!", y también a los del "partit oferit per Bancaixa", gente como Paco Lloret, Paco Nadal o Miguel Ángel Picornell.


La juventud sale a relucir cuando comenta que también le gusta la información general y que esta la tiene asociada a la voz de Matías Prats, a quien los más mayores todavía recuerdan como periodista deportivo. Ella no, como tampoco escuchaba a José María García ni a José Ramón de la Morena en las radios de la medianoche. Aunque se enteraba de todo igual gracias a que, al día siguiente, en el instituto, su amiga Almudena le tiraba al pupitre unas notitas contándole todo lo que había dicho De la Morena la noche anterior. Con ella, con su amiga Almu, se hizo el único tatuaje que lleva: el trígono, el símbolo del equilibrio, un triángulo que se tatuaron las dos un 11 del 12 del 13. "Fue un arrebato", apunta. Cristina Bea se siente fuera del debate sobre las mujeres y el fútbol por una cuestión estética. Ella cree que solo atañe a las chicas (y los chicos) despampanantes. "Yo soy grande, tengo mis kilos, y me siento al margen de esos estereotipos", comenta convencida. "Yo no soy nada partidaria de las paridades, que haya que poner a una mujer porque sí. Eso me molesta mucho. Me molestan los dos extremos: que te pongan porque eres mujer pero también que te cuestionen por ser mujer. Al final tiene que estar quien valga".

Una gran viajera

La valenciana también recuerda que en su ciudad, cuando ella empezó, ya había muchas mujeres haciendo periodismo deportivo: "Yo creo que aquí hemos sido muy afortunadas y, antes que yo, ya estaban Inma Lidón, Amparo Barbeta, Aroa Huercio, Águeda Bayarri... Manolo Maciá, que era el delegado del Valencia CF, hacía comidas y cenas con nosotras y nos llamaba sus sobrinas. Y también había fotógrafas como Amparo Simón o Marga Ferrer. Y cámaras de televisión. Éramos muchas".

El gran cambio, opina, ha sido la introducción de la mujer en los partidos de televisión. Ese ha sido un gran avance. "Afortunadamente los típicos comentarios de 'eres mujer y sabes un montón de fútbol' ya son muy poco frecuentes", celebra Cristina Bea, una profesional que dedica cuatro o cinco horas a preparar cada partido, a repasar los sancionados, los apercibidos, los lesionados, los precedentes, rachas, dinámicas... "Me gusta llegar bien preparada para que, cualquier cosa que pueda suceder, estar lista para explicarla".

Pero hace falta algo más que información, también sentido común y no dejarse arrastrar por la demencia del fútbol, que todo lo amplifica, que todo lo vicia, que todo lo polemiza. Y en muchos campos, al acabar el partido, se acerca alguien del club y le pregunta que cómo ha visto una jugada polémica. Ella, sin azorarse, les responde lo que piensa. Les guste o no. "No entiendo la violencia en el fútbol en ninguna de sus formas. No creo que sea algo inherente al deporte, precisamente al deporte. Otra cosa es que determinada industria magnifique las cosas y que todo se vuelva más beligerante. Yo veo el fútbol como once contra once y que gane el que más se lo merezca. Se nos escapa del raciocinio y de los buenos modales. Es muy triste. Eso no puede ni debe ser la esencia del fútbol. Yo entiendo que el fútbol también es que tu equipo pierda 0-3 y hayas disfrutado de un partidazo".

Aunque también hay momentos fuera del fútbol y, en cuanto el calendario lo permite, Cristina coge la maleta y sale volando lo más lejos que puede. Ahora acaba de llegar de pasar dieciocho días en Malasia y Singapur. Dice que cuando sea mayor ya tendrá tiempo de recorrer España. Algunas de las pulseras que le rodean la muñeca izquierda hablan de esos viajes: Guatemala, Roma, Formentera... Pero ahora mismo Cristina no quiere viajar, ahora quiere encontrar un nuevo empleo donde mostrar su profesionalidad. El tiempo, o el karma, dirá.

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