X AVISO DE COOKIES: Este sitio web hace uso de cookies con la finalidad de recopilar datos estadísticos anónimos de uso de la web, así como la mejora del funcionamiento y personalización de la experiencia de navegación del usuario. Aceptar Más información

Historia de primavera

Crónica de un picnic en el Río

… y otros enclaves para comer al aire en València

Por | 06/04/2018 | 6 min, 34 seg

VALÈNCIA. Cada quien tiene sus manías para hacer más transitable la rutina, desde empezar el día con una taza de café humeante, a terminar las semanas con un bocado dulce. Entre las de servidora se cuentan ambas, y también almorzar tendida en el césped cuando el tiempo (el que miden los termómetros y el que cuenta el reloj) lo permite. Comida ligera, buen libro, y a vivir. El hedonismo que se construye alrededor de la comida también pasa por encontrar un momento íntimo, aunque este sea al aire libre, en el que descalzarse los zapatos y los problemas, y entregarse a cualquier alimento descomplicado que maride bien con la lectura. En los meses de frío, las uvas; con la llegada de la primavera, las fresas. A veces acompaño cualquiera de las frutas con un poco de queso (fuerte) o de chocolate (negro), que para mí son los dos estribos del placer, y así el día sonríe de par en par.

Por coyunturas que no vienen al caso, el receso suelo tomarlo en el viejo cauce del Río Turia, más o menos a la altura del Palau de la Música. Invierto tiempo en escoger el naranjo con mejor sombra, para luego tender la toalla justo al lado, donde alcanzan apenas unos rayos de sol. Me guardo de no escuchar a los niños, mucho menos a los mayores, y ponerme a buen recaudo de los ciclistas. Solo entonces me dispongo a sacar la bolsa, rara vez los cubiertos, una botella de agua y una servilleta de papel, como todo armamento. La vida es fácil. Me consta que hay personas que proceden al mismo ritual en otros puntos de estos jardines, e incluso en lugares remotos de València. Tras preguntar a familiares y a amigos, a propios y extraños, y por supuesto realizar una dilatada investigación de campo, con la metodología de la observación silenciosa, ahí van algunas ideas para comer al aire (tan libre como quieras) ahora que el buen tiempo por fin se nos viene encima.

De perdidos al Río

Es el jardín urbano más alargado de España, con una longitud de 7 kilómetros, y eso es algo de lo que no estamos presumiendo suficiente. Cuando a València se le secaron las entrañas, se le ensancharon los pulmones. La riada del 86 obligó a convertir el tramo más céntrico del río Túria en una zona ajardinada, donde ahora se puede practicar deporte, entregarse al ocio infantil o sencillamente tenderse en el césped con una cesta de comida apostada a los pies. Algunos de los tramos más recomendables para procrastinar, ya sea por las vistas, ya sea por la tranquilidad, son los extremos Norte y Sur. Tanto el reciente Parque de Cabecera como la Ciutat de les Arts i les Ciències disponen de lagos y son un dispendio de orden contemporáneo. En el primero, me gusta especialmente la Plataforma Mirador, situada en la ladera de una colina; en el segundo, todo lo lejos que puedas de las colas de turistas.

El tramo que yo frecuento, y al que hacía referencia en la entradilla, es obra de Ricardo Bofill (padre), que concibió un espacio abocado a la cuadratura, donde predominan los naranjos y las palmeras. Son peregrinos habituales los oficinistas con ensaladas en busca de la redención. Quien prefiera los pinos al azahar (como si hubiera que elegir entre el vino y el caviar), puede optar por el llamado Bosque Urbano, en este caso comprendido entre Nuevo Centro y la zona deportiva de Serranos. Por último, quedan los ruidosos dominios del Gulliver, en cuya entrada hay mesas para que las familias desenvuelvan el bocadillo antes de tirarse por el tobogán. Pero que no padezcan quienes no lleven la merienda en la mochila, porque hay paradas de auxilio que garantizan la supervivencia para el estómago: es el caso del bar de bocatas cercano a las pistas de atletismo, y hasta de un recóndito enclave de arepas al lado del campo de rugby, cuyos nombres no pienso revelar.

Parques, parques

Si no hay tiempo para un almuerzo lento, pero sí para una pit stop, el refugio son los parques. Los jardines del Parterre, en la plaza Alfonso el Magnánimo, presumen de un ficus centenario plantado en 1852; contaba Carlos Aimeur que estaba en la ciudad antes que el ferrocarril, e incluso que la estatua dedicada a Jaume I adyacente. Sombra no te va a faltar, y además te permite merodear por los restaurantes del centro en busca de comida take away en condiciones, pudiendo recalar en sitios tan recomendables como Domèstic. Sucede algo similar en los jardines del Real, más conocidos como Viveros, donde la jardinería constituye uno de los grandes atractivos (con mención especial para la rosaleda). Uno puede alardear de la tortilla de patatas de su propio tupper o rendirse a la pornografía de La Pérgola, clásico bar donde te ponen bocadillos para llevar, generosos en patatas, alcachofas, calabacín, ajetes, habas, sobrasada y morcilla. Como dice Pablo Ramón, el desayuno es como el sexo, y la misma falta de prejuicios se aplica a la comida sobre toalla.

Cerca del mar

Los hay afortunados. Aquellos que pueden escuchar el rumor de las olas, sentir el tacto de la arena, dejarse adormilar por un Sol que en ningún lugar se desnuda tanto como en la playa. El romance es con el mar, y el mar promete la paz. Cuando hagas una parada para comer junto a la orilla, empieza por asegurarte de no poner en riesgo la naturaleza, y termina por borrar cualquier rastro de que pasabas por allí (no seas guarro, no aquí). Dicho esto, las playas de València son la Malvarrosa y la Patacona, aunque ninguna puede compararse en belleza a El Saler. En pleno corazón del Parque Natural de l’Albufera, hallamos un bello desierto dorado donde apetece una horchata bien fría, rodeado de un paisaje boscoso con especies vegetales únicas, en el cual se diseminan las mesas habilitadas para merendar. Menos romántico, más práctico, cuando la recompensa es un plato de arroz y un vino.

La imagen nos remite, de manera inevitable, hasta la Albufera. La puesta de sol más despampanante de la Comunitat, que relega los sentidos a la indefensión, gracias a la quietud del agua y la riqueza del entorno. El lago donde se pescan las anguilas, a cuyos pies se cocinan, con el mejor tiento de toda la provincia para el all i pebre. Un lugar perfecto para buscar un espacio íntimo entre las cañas, libre de barro, que permita dejar morir las horas mientras el estómago se aviva. Y sí, hay otras albuferas fuera de València; desde el lago de Anna, próximo a Xàtiva, a el Bosquet de Moixent, presa de agua que baña una colina de pinos, para los días en los que decidimos ponernos en ruta. Cualquier pretexto es válido cuando se trata de salir a comer, en el sentido más literal de la expresión, dejándonos mecer por el aire. Que se pierda el sentido del tiempo, del espacio; de todo lo que exceda el rectángulo de la toalla, el racimo de fruta y el libro que vas a devorar.

Vale, y ahora... ¿qué comida resiste bien el picnic?

Fruta, ensaladas (algunas), bocadillos (sin queso), untables, cuscús (frío)... ¡Échale imaginación!

Comenta este artículo en
next