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Cuando le preguntaron a Muñoz Molina si había montado en helicóptero

En la presentación de un libro, alguien le preguntó a Antonio Muñoz Molina si había montado en helicóptero. El escritor, desconcertado por el interés, respondió que no. Aún hoy no he podido descifrar a qué santo vino esa pregunta. Lo único que sé es que, por entonces, ya estaba dispuesto a escuchar y a leer todo aquello que viniera de esas manos

3/06/2019 - 

Una amiga me recomendó “Plenilunio” cuando estudiaba la carrera. Debíamos de tener dieciocho o diecinueve años, porque poco tiempo después comenzamos a perdernos la pista, y ese libro, ese primer chispazo, se lo debo a ella. Plenilunio. Mi resistencia fue grande, pues en aquella época, me obstinaba en leer todo aquello que parecía obligatorio para ser profesor de literatura. Todo lo inexcusable. Todo lo sagrado. Mio Cid. Arcipreste de Hita. La Celestina. Gonzalo de Berceo. Pardo Bazán. Unamuno. Nombres y más nombres repetidos en las historias de la literatura española. Nombres contundentes, lecturas áridas que consumían mis días y que me provocaban un remordimiento infantil cada vez que me quedaba dormido a las seis de la tarde, a las siete, a las ocho…

La mayoría de programas de la universidad eran panorámicos y prometían encerrar en esas lecturas toda una época, un movimiento, un país y un siglo entero. Tenían una vocación absolutista y redonda, cerrada y perfecta. Como si el agua se pudiera contener entre las manos. Como si pudiéramos levantar acta de lo que es literatura y fuéramos capaces de entender la grandeza de Cervantes al decir, una y otra vez, que el Quijote fue escrito en 1605, la primera parte, y en 1615, la segunda.

Recuerdo que los martes desayunábamos con el siglo de oro, y pasábamos la mañana con Cadalso, Villarroel, o cosas peores. Avanzábamos a pasos agigantados por nuestra historia y, en cambio, nos asaltaba la sospecha de que aquellos textos, paradójicamente, no hablaban de nosotros. Letra muerta. Patrimonio olvidado. Como esas estatuas de almirantes del siglo XIII o XVII o XVIII que llenan las plazas de España y que ya nadie recordaría a no ser por el nombre que le da a una calle o a una falla. Roger de Lauria. Luis Cadarso. Cervera y Topete.

“Plenilunio” tuvo que esperar las bondades de un verano, una vez la vorágine de libros venerables hubo cesado. Entre tanta fatiga, tomar entre mis manos un contemporáneo como Antonio Muñoz Molina o Roberto Bolaño, el autor de moda entre los blogueros de los años 2000, equivalía a perder el tiempo. Por eso, fue un verano cuando abrí por primera vez las páginas de aquel libro y descubrí a un autor extraordinario y una manera de escribir, solemne, reposada, melancólica, íntima como un cuento nocturno, que me cautivó hasta el punto de pretender imitarlo en cuentos y relatos que deben de permanecer intactos en la memoria de algún ordenador viejo.

Fue revelador. No solo de la historia del pescadero al que le olían las manos a vísceras y entrañas por mucho que se las lavara, y que, quién sabe si por exigencias del naturalismo determinista, violó a una niña y a otra y a otra, hasta perder la cuenta, y hasta que alguien, una noche de luna llena, fue capaz de detener su instinto depredador y desenmascararlo. Aún ahora me estremece esa historia y el impacto que me causó su lectura.

Pero no solo fue la historia. Fue el gesto de leer fuera de carta y de sorprenderme de un estilo y de una historia que cometía un pecado imperdonable: entrar en la mente de otra persona, ponerse en la piel del criminal, desbrozar sus pensamientos, examinar la monstruosidad, convertirnos nosotros mismos en monstruos y en asesinos.

Recuerdo la primera escena de “Beatus Ille” y a ese personaje misterioso escapando de noche de una cama, de una habitación y de una vida: “Ha cerrado muy despacio la puerta y ha salido con el sigilo de quien a medianoche deja a un enfermo que acaba de dormirse. He escuchado sus pasos lentos por el pasillo, temiendo o deseando que regresara en el último instante para dejar la maleta al pie de la cama y sentarse en ella con un gesto de rendición o fatiga, como si ya volviera del viaje que nunca hasta esta noche ha podido emprender. Al cerrarse la puerta la habitación ha quedado en sombras, y ahora sólo me alumbra el hilo de luz que viene del corredor y se desliza afiladamente hasta los pies de la cama”.

Y luego “Beltenebros”, “El invierno en Lisboa”, “Ardor guerrero”, “El viento de la luna”, “El jinete polaco”. No soy capaz de reconstruir el orden en que los devoré y, por caprichos de la memoria, retengo únicamente detalles, escenas o nombres como Ramiro Retratista, el pánico de los presos políticos en la DGS franquista, guardias civiles sobreviviendo en Vitoria, Bilbao o San Sebastián, la arbitrariedad del servicio militar o la llegada de Neil Amstrong a la luna.

Hubo otro libro, menor dentro de su colección, que resultó ser una guía vital en un momento determinado. Fue a los diecinueve años y acababa de salir de casa por primera vez para pasar un año estudiando en un suburbio parisino: Saint-Denis. Llevé conmigo “Ventanas de Manhattan” y esa extrañeza del viajero que llega a la gran ciudad y no entiende nada y no tiene amigos y siente el miedo, la soledad y el desamparo parecía estar hablando de mí. De mí. De mí. De mí... La vida solitaria. El pensamiento constante mientras uno camina. Los diálogos que no se materializan. Esa tentación de volver a los padres.

Esas ventanas de Manhattan eran la crónica de los días en que Muñoz Molina se habían instalado en Nueva York y se enfrentaba a la tarea de sobrevivir a la ciudad, crear un espacio humano habitable, unas rutina que superara esa angustia de lo nuevo y de lo extraño. Leí una y otra vez aquellos capítulos en que familias de españoles se juntaban a cenar y los hijos, nacidos ya en Estados Unidos, soñaban con instalarse algún día en el pueblo de los veranos en el que habían nacido sus padres. O aquellos en que los aviones chocaban contra las torres gemelas y desde Central Park se observaba el apocalipsis. O esa escena de aula en la que puertorriqueños, mexicanos o salvadoreños recitaban en voz alta el pasaje del morisco Ricote y se sentían en armonía con el lamento del destierro. Y Cervantes volvía a hablar de nosotros.

En la presentación de ese mismo libro, alguien le preguntó si había montado en helicóptero. El escritor, desconcertado por el interés, respondió que no. Aún hoy no he podido descifrar a qué santo vino esa pregunta. Lo único que sé es que, por entonces, ya estaba dispuesto a escuchar y a leer todo aquello que viniera de esas manos.

Pero no existe el amor sin sufrimiento, y por esa misma razón se me cayeron de las manos dos libros fundamentales para entender las coordenadas desde las que escribe: La noche de los tiempos y Todo lo que era sólido, que abandoné cabreadísimo por su cortedad de miras y por su falsa autocrítica generacional. Eso juzgué de manera irrevocable, de nuevo en otro país, de nuevo comenzando por enésima vez, también caminando de manera obsesiva de un lado al otro de la ciudad, rumiando pensamientos, diálogos, discusiones. No. Nada.

Desde entonces he mantenido una distancia prudencial para protegerlo de sí mismo y de sus palabras. De opiniones que no comparto o que me parecen imperfectas. Y así han pasado los años y he vuelto a cambiar de ciudad, de vida, de amor, de aires. Y hace pocas semanas vi su nuevo título resplandeciente sobre fondo blanco: Tus pasos en la escalera. Leí la sinopsis: una espera, una ciudad extranjera, un amor, la soledad... y me vi a mí mismo leyendo historias similares con el corazón blandito en uno y otro lugar,  almacenándolas como un patrimonio personal, como el testigo de un sentimiento que me ha acompañado desde aquella época ingenua en la que leía a los clásicos esperando que hablaran de nosotros.

Ahora tengo ese nuevo libro esperando. No he abierto una sola página ni he leído una sola palabra. Pero sé que cuando lo haga, estaré viajando a esa historia que Muñoz Molina sitúa en Lisboa, pero también estaré volviendo a la habitación estrecha de un suburbio de París o a un despacho en Bolonia forrado de madera o a una Valencia que me parecía pequeña, vulgar y asfixiante. Lugares que amo. Lugares que soy yo. Y sabré que la historia, sea cual sea, con esa cadencia triste y esa quietud melancólica, será una historia que habla de mí y que habla de nosotros. Como tantas otras veces. Como tantas otras veces menos felices, pero igual de extraordinarias. Y será como volver. 

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