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la nave de los locos / OPINIÓN

Defensa desapasionada (y cínica) del rey

Sin demasiadas ganas pero por obligación patriótica, hemos de salir de nuestro letargo estival para defender a Felipe VI, asediado por una parte del Gobierno. Preferiríamos no hacerlo pero… Si cae el rey, caerá España. Y nos echaremos al monte y acabaremos, como siempre, a garrotazos. Mejor no menearlo   

27/07/2020 - 

En el vestuario vacío de un conocido club olímpico de València medito sobre el ser de España. Es un club donde nos juntamos todas las derechas de la capital: la conservadora, la liberal, la democristiana (eterna traidora), la ultra y la low cost, a la que me honro en pertenecer. 

Hace años, cuando València aspiraba a ser la California de Europa, coincidí en los vestuarios con dirigentes conservadores como Ricardo Costa y Antonio Clemente. Con este último compartí piscina. Aquellos días de vino y rosas pasaron; Picassent se fue llenando de presos honorables y el poder cayó en manos de una banda de pandilleros que prometieron honradez, justicia social y felicidad y nos han traído, en cambio,   sectarismo, pobreza y más ignorancia a esta tierra. 

España estará mejor representada por una pareja de reyes modernos y guapos antes que por republicanos desaliñados que no saben comportarse en público

Secándome la espalda mojada después hacerme unos largos en la piscina, intentaba poner orden en mi cabeza de chorlito. Eso es lo que le llamó la bruja de la Pasionaria a Federico Sánchez (Jorge Semprún). Cabeza de chorlito. Con esta cabeza de chorlito pensaba yo en el ser de España, como un nieto no declarado de don Claudio Sánchez-Albornoz, pero, consciente de lo inútil del empeño, cambié la metafísica por la prosa ligera de los días y acabé buscando una explicación convincente al romance entre el torero Enrique Ponce y la joven Ana Soria. 

España y Ponce carecen de futuro

España y Ponce, unidos por los toros, se parecen mucho porque ninguno tiene futuro: España como nación y Ponce con su noviazgo veraniego con Anita. 

(A veces, mi cabeza de chorlito, seriamente perjudicada por los calores de estos últimos días de julio, establece extrañas y ocurrentes asociaciones de ideas que dan para escribir un artículo en Valencia Plaza).

¡Qué hermosa la fotografía en la que Ponce aprieta su pecho viril contra la espalda húmeda de la bellísima Ana, montados sobre un cocodrilo hinchable, jugando como dos tortolitos en la mar!

Cualquier maduro haría esta y otras peores tonterías por conquistar el corazón —y no sólo el corazón— de una niña bien de Almería. 

A cierta edad conviene desconfiar de las grandes palabras. España, la Democracia, la Religión, la Justicia, la Igualdad, todas estas paparruchadas con las que nos martillean nuestras cabezas de hojalata, deben acabar en el cajón de la mesita de noche, junto con las gomas y las pastillas para dormir. 

A cierta edad, en que el cinismo es una obligación moral después de lo visto y vivido en el mundo, sólo nos interesa, sólo nos perturba soñar con la Ana Soria de turno, aunque acusemos el dolor de vivir una quimera y como tal imposible de cumplir, salvo si eres un torero adinerado y has nacido en Chiva. 

Divago como un personaje de Marías

Iba a hablar de España, pero he comenzado a divagar como si fuese un personaje de Javier Marías. Los dos tenemos algo de onanistas verbales. Iba a hablar sobre España porque su todavía rey se enfrenta a una campaña de la izquierda por culpa de las correrías sentimentales y económicas de su padre sobrecogedor. No estaría de más que se respetase la presunción de inocencia de este señor, por muy despreciable que les parezca a quienes no hace mucho lo jaleaban (¡cómo no recordar ahora la hagiografía de Paul Preston, experto en equivocarse con los grandes personajes, incluido Franquito el Cuquito!).

El rey Felipe VI tiene enemigos donde más duele, dentro del Gobierno aterrador de palmeros que nos tocó en desgracia. Lo ningunean, lo desprecian, silencian su actividad pública, como parte de una sibilina estrategia para vaciar de contenido su magistratura e ir allanando el camino hacia una III República. 

El rey y su gélida consorte han viajado por España estas últimas semanas para recordar que existen y que todavía pueden ser útiles a los españoles en una época tan horrible como esta. Defienden su supervivencia cumpliendo con su deber. 

Sin que sirva de precedente, y con todas las cautelas imaginables, estoy del lado de este rey porque la alternativa —la República— llevaría a un enfrentamiento civil. Recuérdese cómo acabaron las dos anteriores: con el cantón de Cartagena y la carlistada del 18 de julio. 

El vestuario vacío donde el autor del artículo reflexionó sobre el ser de España.

Pastillas y análisis de la próstata

Si a España le queda una generación, es decir, quince años a lo sumo, quiero vivir bajo el reinado de Felipe VI. Ese tiempo coincidirá con los últimos años útiles de mi vida, y quiero pasarlos tranquilo. Después, todo se reducirá a pastillas y análisis de la próstata. 

España estará mejor representada por esta pareja de reyes modernos, guapos, educados, elegantes y plurilingües antes que por dirigentes republicanos desaliñados y pobretones que no saben comportarse en público. Consideraciones de prudencia política, pero también de respeto por la estética, justifican la continuidad de la monarquía, siquiera como un mal menor. 

Si España tiene que morir —que morirá—, que sea en los brazos de una dinastía extranjera, los Borbones, plena de vividores, mujeriegos e incultos pero con un formidable instinto de supervivencia. 

Sólo pido que me den esos quince años de propina para disfrutar de las pequeñas cosas, abdicar de los principios, si es que me queda alguno, y poner en orden mi corazón con Dios. 

Lo que suceda después de mí no me concierne. Sera tarea de otra generación arrumbar los escombros de este país. 

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