crítica de cine

‘Dolor y Gloria’: Almodóvar se ofrece el chino de la paz

Más allá de la revisión autobiográfica, el realizador despliega con sensibilidad y técnica todo un estudio sobre el deseo y el tiempo

26/03/2019 - 

VALÈNCIA. Una nueva película de Pedro Almodóvar es un evento tremendamente mediático en España, seguramente bastante más de lo que lo que al final va a recaudar en taquilla, y algunas cuestiones sobre su filmografía se repiten o evolucionan muy poco. Una película de Almodóvar también es como un partido de fútbol en España, y nunca habrá consenso sobre la idoneidad del camino que ha decidido tomar como realizador. Esto pasa porque es intrínsicamente popular y la crítica de cine tiene sus propios límites. Es difícil ver un film de Almodóvar sin un juicio o una expectativa ya creada; pero el realizador, a veces, es capaz de sorprender más allá de todo lo que se haya dicho. Dolor y gloria es una de estas ocasiones, tal vez la que con más fuerza resuena desde hace mucho tiempo en su carrera.

Del nuevo film de Almodóvar, se destaca convenientemente que se trata de una autoficción: es decir, una ficción basada en sus propias experiencias, donde la línea entre lo propio y lo ajeno tendrá que ser dibujada por la imaginación del espectador. El relato se construye a través de Salvador Mallo (Antonio Banderas), un popular director de cine, cuya carrera durante La Movida le supone una losa mayor de lo que sus dolores emocionales y físicos pueden soportar. Cansado y desmotivado, sus fantasmas son quiénes le hacen enfrentarse a la página en blanco, y decidir finalmente escribir sobre su pasado.

Sabiendo que algunas escenas del film están inspiradas en su vida real, es obvio que ver como el personaje de Mallo discute con un actor enérgicamente, o se engancha al caballo, o confiesa un recuerdo de su intimidad sexual, suscita automáticamente en el espectador preguntas sobre el propio realizador. La prensa ha centrado -lógicamente- sus entrevistas en hacer esas preguntas, porque son las primeras que uno se hace; pero Almodóvar es capaz, en Dolor y gloria, de sugerir mucho más que especulaciones, y ha armado un film tan potente visualmente (su lúcido sentido estético siempre se presupone, acertadamente) como emocional.

Utiliza para ello dos recursos narrativos con una maestría a la que el cine actual está muy poco acostumbrado. En primer lugar, el sentido del tiempo y la trama, que carece de una introducción-nudo-desenlace o de cualquier intención de estructura comprensible en favor de la historia. Un riesgo importante que el realizador toma personalmente y con el que consigue controlar al espectador para que este se deje llevar. Las tramas, ambientadas en tres épocas diferentes, saltan anárquicamente sin que ninguna pierda el interés ni desespere. Los conflictos se cierran y llevan a abrir nuevos, con personajes que se presentan y que suponen un nuevo capítulo en la vida de Salvador Mallo. El tiempo narrativo y el ritmo son cambiantes, pero tienen una lógica extrañamente armoniosa, porque en este repaso a una vida, el director no ha querido dejar prácticamente nada por contar: así, su encuentro con diferentes personas, hace reflexionar al protagonista sobre su relación con su carrera cinematográfica, con su madre, con sus excesos o con sus primeros y últimos amores.

En segundo lugar, estas capas crean una metaficción compleja en lo formal y sencilla en su reflejo en la pantalla. Pedro Almodóvar crea su alter ego en el personaje de Salvador Mallo, que a su vez cede su testimonio a Alberto Crespo (Asier Etxeandia), como también hará con la recreación que crea en el film que acaba rodando (el niño interpretado por Asier Flores). También cede en algunas escenas la voz del narrador a personajes como el de su madre, creando así un collage con el que es muy fácilmente empatizar: la vida de una persona acaba siendo una construcción, algo que evoluciona cuando se transmite, cuando los demás lo interpretan y lo deforman, porque tal vez eso signifique devolverle la autenticidad que perdió cuando uno mismo -el que lo vive- es el primero que deforma su biografía. Esta lección que enseña Almodóvar al espectador no la da magistralmente, sino que lo hace mirando de frente y cogido de la mano del espectador a través de todas esas capas narrativas.

Pero hablar únicamente de la autoficción como recurso en Dolor y gloria sería algo torpe. El film también desarrolla de manera tremendamente profunda una de las constantes del cine de Almodóvar: el deseo. La apuesta política del director siempre es en favor del dejarse llevar, que enfrenta a la actitud moralizante de la religión católica, contra la que tienen luchar sus protagonistas en diferentes títulos de su filmografía. Es esta ocasión lo hace a través de la droga y la atracción física, que son el vehículo que devuelve a Salvador Mallo a la escritura. Hablar de la lujuria y probarla es el motor que el protagonista va necesitando en sus diferentes etapas vitales, consintiendo las pérdidas y abrazando las vivencias. En contraposición, la relación materno-filial la plantea como una fuerza contra la que no puede luchar: el discurso político se derrumba ante la decepción de una madre, pero eso no prueba la debilidad de sus principios sino la fuerza que tiene en uno el amor familiar.

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