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COMER EN BINGOS

Dos bingueras comen paella y beben vodka limón

Los bingos de esta España nuestra tienen cartones y cubatas, canapés y ruletas, tragaperras y tartares de salmón al 50% los martes no festivos a partir de las 22:45. Para disfrutar de estas y otras ofertas, es obligatorio participar en el juego

Por | 06/11/2020 | 7 min, 15 seg

Hay días en los que cojo el portátil, una libreta con el logo de un centro cultural —libretas y tote bags. Me las colecciono como si fueran cromos de Panini, o enero y sus entregas de Planeta DeAgostini— y el pasaporte. Le doy comida de verdad a mi gato  y pongo el móvil en avión para no contestar a los ¿dónde estas?.

Salgo de mi calle. Salgo de mi barrio. Salgo de mi distrito. Salgo de las zonas de confort donde sé que se come y bebe bien.
 
Y cruzo el cauce del río.

Y cruzo una avenida inmensa que empieza por la letra “p”. En València casi todas las avenidas grandes empiezan por “p”: Peris y Valero, Primado Reig, del Puerto, de la Plata, Profesor López Piñero, Pío XII, Pampanar… me adentro en lo desconocido, y sin embargo, todos los viandantes me parecen familiares. Será por culpa de la mascarilla, o por eso que decía Proust de que «estéticamente, el número de tipos humanos es tan restringido que contínuamente, allí donde estemos, podremos disfrutar del placer de ver personas ya conocidas». Disfruto, no, mejor dicho, me regocijo observando. Contemplo a vendedores de fruta que ordenan cajas de alcachofas mucho más baratas que las de mis dominios —si no fuera por el detalle económico, y porque están en un bajo destartalado en vez de en una autodenominada boutique de vegetales, serían los de la verdulería de mi chaflán—. Ando con el rumbo que marca un señor, que se apoya en un bastón color miel con nudos de olivo de plástico y una bolsa de tela de pan en la que pone PAN, para que no haya lugar a dudas. Sí, también se apoya en la bolsa de pan, esa bolsa es su razón de ser durante la mañana, su vida se aguanta sobre una barra de pan de agua.
Acabo en un horno de esos que tienen una imagen de la Mare de Déu dels Desamparats sobreimpresa en azulejo. También hay una vitrina, translúcida por las décadas, con los bordes en aluminio dorado. ¿Cuántas manos diminutas se habrán apoyado en ella para intentar dar con una caracola de chocolate?

El horno huele a ese parpadeo que acaba con las horas lectivas y te transporta a la merienda. Compro rosquilletas, pan que me mancha de harina, rosquillas de anís, coca de llanda. Compro lo que va después del «bonica, te voy a poner un par de estos que acabamos de sacar». Compro por comprar barrio, y que a las del horno no les compre una franquicia de masas hidrogenadas.

Lo que acaban de sacar son pastelillos de boniato y de calabaza, y me quiero comer uno. Con un café con leche. Aún no es hora ni de mistela ni de pacharán. Entro en una cafetería cualquiera —neón mugriento de marca de café, cola en la tragaperras, servilletas con la textura del 2020: despiadadas—. La cafetería está llena hasta lo permitido del público objetivo que come pastelillos de boniato y rectángulos de bayonesas con cabello de ángel: señoras jubiladas que caminan por la calle en escuadrón, a las que el tiempo no les adelanta y tú, con tus prisas, tú tampoco.
Mi pastelillo, mi café con leche con un edredón de lactalbúmina —la nata superficial de la leche que se forma al hervirla y luego se enfría y da asquito— y yo deberíamos contestar emails, pero estamos realizando una escucha activa de la tertulia de las dos señoras que tengo a metro y medio, con sus cortados flojitos con sacarina, de color indeciso. «Pónmelo flojito, hijo mío, que no puedo tomar café por los nervios, pero es que me gusta. Y una tiene que darse un gustazo de vez en cuando, ¿no?». Las dos doñas están quedando con una tercera para ir al bingo. Pagan. Pago. Las sigo.

Del Strip a la avenida del Cid

Francisco Soler es Director de Zona de Global Bingo Corporation, SA., una rama de Cirsa, el grupo fundado por Manuel Lao en 1978, cuando se legalizó el juego de azar en España. El periodista Carlos Aimeur ya conversó con él cuando el gobierno del Botànic ató en corto a la patronal del juego. «Si por algo se destacan los bingos es por los competitivos precios de su servicio de restauración. Y eso los propietarios lo saben y lo cuidan. Es un modelo que lleva décadas funcionando en todo el mundo», escribió Aimeur. Los bingos de València —y supongo que también de España, pero como no podemos salir de la Comunitat no lo he comprobado— se miran en Las Vegas, en lo que a promociones gastronómicas se refiere. Hay dos listas de precios: la de carta y la de las promociones especiales por participar activamente en el juego. Por petición de Soler, y por no meter cizaña en el teórico conflicto que tienen las salas con otras tipologías de negocios hosteleros, no haré ninguna referencia en euros. Lo mío es el costumbrismo, no la información económica.  

«En esta sala —Sala Valencia, de categoría superior, más de mil metros cuadrados— servimos una media diaria de cincuenta menús, antes eran más, pero con la situación hemos reducido a la mitad el aforo y además se nota que los usuarios, que es gente mayor, tienen miedo». En el inmaculado y deslumbrantemente blanco despacho de dirección, me presentan la carta de la sala, compuesta sobre todo por combinados —platos y vasos de tubo—, bocadillos, raciones y sándwiches. Le cuento a Soler la anécdota de John Montagu, IV conde de Sandwich, noble inglés que popularizó este formato de bocadillo, que le permitía comer sin abandonar la mesa de juego. Le encanta la historia, que justifica su «aquí  la gente lo que quiere es comer algo fácil, rápido, porque la comida no es lo principal. Se intentó dar marisco, nada muy especial, unas gambitas, unas cigalitas… pero era complicado de comer, manchaba… al final lo quitamos».

La oferta gastronómica varía según el nivel de la sala. En las de categoría superior los platos de merluza a la romana con ensalada valenciana, patatas y huevo frito comparten espacio en la mesa con cartones, callos a la madrileña, paella y fideuà. «Queremos dar calidad. Aunque no somos un restaurante, siempre calidad. Y para merendar, en verano horchata y ahora chocolatito con churritos».

Canapés y cartón

Mis señoras se han juntado con otra señora en la puerta del Bingo Hogar Extremeño. Nos identifican a todas. Pasamos por el termómetro y el gel hidroalcohólico. Ellas se sientan juntas, se agarran del antebrazo, cuchichean y estallan a reír. Yo me siento en una mesa en la que hay una viejita de ojos azules en los que me pierdo. En esos iris hallo naufragios y plataformas petrolíferas abandonadas. Bebe Cutty Sark con Coca-Cola Light. Echo un vistazo a la carta esperando especialidades extremeñas: Torta del Casar, ibéricos de la Dehesa, una copichuela de Ribera del Guadiana. Nada. Acabo pidiendo una cerveza y un “descapotable”, que no sé lo que es, pero suena bien. Resulta ser un sándwich mixto con huevo frito y la nueva denominación que voy a usar. Descapotable.

Las doñas cantan bingo y piden cava de la casa. En la carta pone «los cavas irán acompañados de bombón». Su mesa es una burbuja gigante. Un corcho pletórico que hace ¡pop! La mía no, en la mía no hay ni una línea recta. Salgo del bingo y se ha hecho de noche. Aún no se han encendido las farolas, y la avenida de Burjassot solo está iluminada por los neones de la sala. Encuentro mi móvil dentro de la tote bag gracias al neón más luminoso, en el que pone «ABIERTO 10 MAÑANA». Mañana es viernes, me pregunto si habrá algún plato especial en el menú.

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