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cultura

El Corral de la Olivera: la semilla valenciana del teatro español

En su libro El arte dramático en València, el hispanista Henri Merimée situó al cap i casal como uno de los orígenes del arte dramático nacional, en competencia con Madrid y Sevilla

19/05/2019 - 

VALÈNCIA.-«El teatro es un espejo de la vida», razón por la cual gustaba a la sociedad valenciana, «que amaba contemplarse a sí misma». Son palabras del hispanista francés Henri Merimée (1878-1926), publicadas en su estudio El arte dramático en València desde sus orígenes hasta el siglo XVII (1913). Durante mucho tiempo, actores errantes recorrieron España. En el siglo XVI, los artistas eran esperados y apreciados pero mal pagados, de acuerdo con otra francesa, la exploradora Jane Dieulafoy en su obra Aragón y València (1901), quien escribió que al inicio las obras teatrales eran religiosas, pero como las «más ligeras» daban más dinero se aceptaron otros temas.

Fue en el primer teatro de València del siglo XVI, conocido como Corral de la Olivera, donde se formó la 'Academia de los Nocturnos', que acogió al joven dramaturgo Lope de Vega y que tuvo como maestro al escritor valenciano Guillem de Castro (1569-1631), bajo el seudónimo de Secreto. Junto a València, Madrid y Sevilla fueron los centros de la actividad dramática del país en su Siglo de Oro.

En el siglo XV València contó con juglares asalariados. Eran «funcionarios municipales», según el trabajo de Merimée, considerado como uno de los más completos sobre el arte dramático valenciano. En sus comienzos, el teatro en la ciudad tuvo un carácter religioso (siglo XV-XVI). Las procesiones fueron las primeras tentativas dramáticas de transportarlo fuera de los templos, a los ojos de la gente, en la calle. Más tarde, hubo un teatro laico (siglo XV-XVI) reservado en un inicio a las élites. El desaparecido Palacio Real de la ciudad fue el escenario de muchas obras, algunas en presencia de la virreina de València Germana de Foix y su esposo Fernando de Aragón, duque de Calabria. Fue un teatro que mezcló ballet y ópera y que en ocasiones se trasladó a sus jardines.  

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En esa época abundaban más los músicos que los actores. La virreina y el duque tenían a sus propios comediantes con el mismo salario que el de sus bufones. Así, el Palacio contaba con un organista, trompetistas, cantores... y los roles femeninos eran interpretados por hombres disfrazados. 

* Lea el artículo completo en el número de mayo de la revista Plaza

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