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CovID-19

El futuro del virus que hace tambalearse al mundo

Aplanar la curva no ha sido el principio del fin, sino el fin del principio. Los expertos creen que la lucha contra el coronavirus se prolongará durante mucho tiempo y ni siquiera se puede descartar que no haya llegado para quedarse. Como se suele decir, las predicciones son claras: puede pasar cualquier cosa

16/04/2020 - 

VALÈNCIA. Con miles de muertos en el contador, la pandemia ocasionada por el virus llamado SARS-CoV-2 ha llegado para quedarse. Sus consecuencias, con toda probabilidad, se notarán incluso cuando termine la emergencia sanitaria que ha provocado. Durante muchos años marcará la economía, modificando además los valores de las sociedades modernas. ¿Cómo cambiará esto el modo de viajar en el mundo? ¿Qué puede esperar España como potencia turística del previsible cambio de escenario? ¿Llegará la tan ansiada vacuna y circulará el nuevo virus como uno más, dejando toda esta situación atrás como si de una pesadilla se tratase? Estos interrogantes y muchos otros aún no tienen respuesta, pero las posibilidades ofrecen mucha incertidumbre. 

Además, una vez solventado el aspecto sanitario, las cicatrices sociales generadas serán difíciles de ocultar en un país ya de por sí dividido en lo político y lo cultural. Y aunque parezca mentira todo comenzó —tal vez— porque alguien bebió una sopa de murciélago en noviembre de 2019. En este caso se demuestra, una vez más y casi de forma literal, que el aleteo de un pequeño animal a un lado del planeta puede desatar un huracán al otro, en este caso de tipo sanitario, económico y social. Muchos se preguntan, más allá de lo que está viviendo ahora el mundo entero, qué vendrá después. Y para poder responder a esa pregunta es necesario saber cómo se ha llegado hasta aquí.

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Hacia un futuro incierto

Una de las incógnitas a despejar en estos meses es qué pasará finalmente con el coronavirus. Para entender los posibles escenarios, Xavier López, del laboratorio de Virología del Área de Genómica y Salud del Fisabio, habla desde su experiencia enfrentándose a otros virus en el laboratorio. «Una de las opciones es que se convierta en un virus circulante más, como los del resfriado, que también son coronavirus. No obstante, hay que recordar que un primo suyo, el virus del SARS, desapareció al poco de llegar, aunque es cierto que su número de infectados era mucho menor». López se refiere, en este caso, a otro coronavirus que surgió en 2003 con una letalidad del 9,5% y cuya contención dio resultado hasta que finalmente desapareció tras 774 muertes, algo que ya queda muy lejano de las cifras del SARS-CoV-2, con decenas de miles de muertos en todo el mundo. En este caso, el origen del virus también resultó ser un murciélago. Xavier remarca que «con el número de infectados actual, sospechamos que el virus ha llegado para quedarse».

¿Qué incógnitas se abren si finalmente ocurre así? «No se sabe con exactitud si va a volver de cara al otoño o invierno, ni cómo podría volver. Si lo va a hacer con un comportamiento tan agresivo o si se quedará como un virus estacional. Además, falta saber qué ocurrirá cuando una gran parte de la población haya quedado expuesta». López recuerda que «se diferencia de lo que ocurrió en la pandemia de gripe A de 2009, ante la que hubo mucha alarma, pero al final el virus se parecía mucho a otros que habían circulado con anterioridad, por lo que los mayores ya tenían cierta inmunidad que atenuaba la enfermedad. Pero ahora se trata de un virus nuevo y esa inmunidad no existe».

¿Qué podemos saber de su capacidad de adaptarse y cambiar? «Hay que tener en cuenta que los coronavirus no tienen nada que ver con el virus de la gripe. Los virus de la gripe son los campeones porque circulan varios subtipos y tienen una tasa de mutación más alta que los coronavirus y, aunque es una incógnita si habrá inmunidad protectora, con los otros coronavirus a largo plazo no hay inmunidad. Cabe recordar que uno se puede resfriar dos veces en no mucho tiempo de diferencia. Aunque en unos pocos meses se conocerá qué tipo de inmunidad se genera frente a él».

Entonces, ¿cómo de preparada está la sociedad para lo que se avecina? «Afortunadamente, la aparición del SARS en 2003 y la pandemia de gripe A del 2009 fueron dos ejercicios para toda la comunidad científica que nos han ayudado para prepararnos frente a esta pandemia, porque eso reforzó mucho el sistema de vigilancia. Entre otras cosas, se cuenta con bases de datos a nivel mundial para hacer los seguimientos».

A ese nivel, la respuesta de la comunidad científica ha sido ejemplar. En apenas tres meses se han publicado más de 1.500 investigaciones, todas ellas compartidas con enorme rapidez entre cientos de países con el objetivo único de entender al nuevo enemigo al que se enfrentan. Los temas tratados van desde la estructura del virus, hasta posibles tratamientos, qué medidas de cuarentena son efectivas y, cómo no, los efectos psicológicos que puede tener en la sociedad. De hecho, si se compara cómo ha cambiado la respuesta desde el brote de SARS en 2003, la diferencia es abrumadora.

el virus se paseó tres meses sin disparar la menor señal de alarma de que algo grave estaba pasando

En ese caso, el virus se paseó tres meses sin disparar la menor señal de alarma de que algo grave estaba pasando. Después se intentó identificar al virus que causaba la nueva enfermedad durante dos meses y los estudios científicos vinieron principalmente de fuera de China, el país donde se originó el primer brote.

Por el contrario, cinco semanas después del primer caso conocido, el nuevo coronavirus ya había sido identificado como el causante de la enfermedad, aislado, secuenciado genéticamente y ya se había desarrollado una prueba de diagnóstico, lo que le dio a China —y al mundo entero— las herramientas necesarias para lanzar uno de los mayores esfuerzos de contención de una enfermedad que el mundo ha visto.

Pero, a pesar de todo ese esfuerzo, quedan muchas incógnitas, como saber si se podrá desarrollar una vacuna o un tratamiento y, ante todo, si tendrían efectividad a largo plazo. Ambas cuestiones dependerán de costosos procesos de investigación que aún están lejos de poder aportar una solución al problema. Lo que sí es cierto es que, ahora más que nunca, el destino sanitario, social y económico de las potencias económicas del planeta dependen de la ciencia y el sistema de salud pública. Dos instituciones maltratadas durante lustros por el abandono en España y sobre las que ahora recae la presión de encontrar soluciones.

Además, cientos de trabajadores son testigos de cómo su forma de vida y modelos de negocio se enfrentan a lo desconocido, en un país donde el 14,6% del PIB depende directamente del turismo, uno de los grandes motores económicos que ahora amenaza con quedarse estancado de forma indefinida, con fronteras cerradas y previsibles controles y cuarentenas forzosas. Pero en lo profundo de la noche muchos han encontrado un motivo de unión y esperanza. Y cuando esto acabe y se pague el elevado precio que costará, tal vez emerja una sociedad que haya aprendido el valor de las pequeñas cosas, como poder abrazar a las personas amadas, darles un beso o disfrutar del aire puro y el sol de un nuevo día.

El origen del virus

Mucho se ha especulado sobre el origen del SARS-CoV-2 y de la enfermedad que provoca, llamada Covid-19 y caracterizada por fiebre, tos y dificultad respiratoria, y que además puede derivar en neumonía, síndrome de dificultad respiratoria aguda y un choque séptico que puede provocar incluso la muerte de jóvenes sanos. Su origen se puede resumir en una palabra: zoonosis. Es cuando una enfermedad es transmitida a un humano a través de un animal, y ha ocurrido  —y seguirá ocurriendo— centenares de veces a lo largo de la historia.

De hecho, se considera que el 60% de los patógenos que infectan a humanos tiene su origen en animales. Ejemplos claros son la peste bubónica, el sida y la tuberculosis. Los mecanismos mediante los cuales esto puede ocurrir son altamente conocidos. Los virus son estructuras tan simples que, como explica Juli Peretó, codirector del Instituto de Biología Integrativa y de Sistemas del CSIC, «no existe un consenso claro sobre si están vivos, porque depende de la definición de vida que tengas». 

Así pues, el SARS-CoV-2 pertenece al grupo de los coronavirus; que precisamente está en esa palabra la clave para entender cómo ha podido saltar de animales a humanos. El nombre —al contrario de lo que muchas personas piensan— no viene de la corona real, sino de la solar. Esto se debe a que los coronavirus, vistos al microscopio electrónico, parecen un pequeño sol en miniatura, donde los rayos —es decir, la corona solar— estarían formados por pequeñas espigas que, en realidad, serían unas proteínas con una función muy específica: reconocer la superficie de las células que tienen que infectar.

Xavier López: «No se sabe si volverá tras el verano, ni cómo, ni si lo hará con un comportamiento tan agresivo o si se quedará en virus estacional»

Ahora bien, las células de un animal no son iguales que las de un ser humano. Pero a veces ocurre que un virus de un animal, por una mutación puntual, puede infectar las células de un humano. Los descendientes de ese virus tendrán la misma mutación y podrán seguir saltando de persona en persona hasta propagarse por todo el planeta. Pero si estamos hablando de que los virus cambian, ¿se puede hablar de que evolucionan a pesar de no saber si están vivos?

«Por supuesto que evolucionan —responde Peretó—. Además acumulan mutaciones muy rápido, lo cual incrementa mucho su diversidad. Esto tiene dos caras: muchos virus quedarán inservibles por el camino, pero entre ellos seguro que hay algunos que serán más eficaces a la hora de infectar a otras especies o reproducirse».

En el proceso de entender el origen del SARS-CoV-2 y cómo evoluciona, han tenido un papel muy importante los científicos que, como Fernando González, han dedicado sus esfuerzos a obtener secuencias de su ARN. En su caso, este catedrático de Genética de la Universitat de València, junto a la Fundación Fisabio, ha liderado las primeras secuenciaciones del genoma del virus hechas a pacientes en España. Pero  ¿de qué sirve dedicar esfuerzos para obtener su información genética? González responde que «puede ser útil para ver su relación con otros coronavirus o si hay mutaciones de escape vacunal, es decir, que les permita esquivar el efecto de una posible vacuna».

En cuanto a su origen, gracias a la genética se sabe que lo más probable es que diera su salto desde los murciélagos. De hecho, no es la primera vez que estos animales juegan una mala pasada a los humanos: el virus de la rabia es otro ejemplo. Y aunque no se sabe muy bien cómo, lo más probable es que un murciélago contagiara a un humano en la ciudad china de Wuhan en noviembre de 2019, iniciando así la pandemia.

González continúa explicando que «los estudios de genética del virus nos hablan de qué linajes se están esparciendo en el mundo y qué relaciones existen entre ellos y, eso permite saber dónde empezó a esparcirse o cuándo se ha producido el inicio del brote. Y aunque en este caso ya lo sabíamos por otros datos que no son genéticos, la genética nos permite confirmarlo».

Pandemia

Más allá de la cuestión científica, los datos en cuanto a fallecimientos son difíciles de valorar. Enrique —nombre ficticio por petición del entrevistado— es epidemiólogo y ha seguido la evolución del coronavirus desde el comienzo. Remarca que los datos finales «dependerán mucho de la estructura poblacional de cada país. Uno de los fallos a la hora de valorar el impacto que iba a tener en Europa ha sido que, por un falso sentimiento de superioridad de lo occidental, se pensaba que nuestro sistema sanitario estaría mejor preparado. Pero una de las cosas de las que se alertó fue que aquí las poblaciones están más envejecidas. Esto es importante porque el virus, hasta donde sabemos, tiene peores consecuencias en gente mayor. Aquí es importante el concepto de letalidad, que es la cantidad de muertos que produce la enfermedad en un lugar y un momento concreto, porque los datos de unos países no son aplicables a otros, ni siquiera se puede aplicar entre diferentes regiones del mismo país. Por ejemplo, en Cádiz solo un 1,7% de la población tiene más de 85 años, en Zamora ese dato es del 6,4%».

Pero ¿qué se puede saber de los números por ahora? Hay muchos sesgos que impiden medir actualmente la gravedad de la pandemia a la que se enfrenta el mundo, sobre todo porque no se tiene claro el total de infectados. En España esto es debido a que no se han hecho aún suficientes test para intentar confirmar o desmentir todos los posibles casos, y los que se detectan antes son los más graves. Así pues, el porcentaje de muertos frente al de casos que han concluido —ya sean por alta hospitalaria o por fallecimiento— era en marzo del 44%, pero ese dato está muy hinchado por la falta de cifras sobre infectados más leves. En Corea del Sur, donde se ha invertido mucho en diagnóstico, el dato de letalidad frente al total de casos cerrados es del 3%. Y aunque no se puede comparar de forma directa dos países tan distintos, es previsible que las cifras al final no sean tan dispares. 

Por otro lado, hay factores culturales que también afectan en los diferentes países. Enrique recuerda que «la capacidad tecnológica que tienen China o Corea del Sur está lejos del alcance incluso de muchos países europeos. China es la fábrica del mundo y ante una situación de emergencia puede aumentar la fabricación de productos sanitarios. Además, la capacidad que tienen de controlar a sus poblaciones en estos países también está lejos de nuestro alcance. Aquí hay demasiadas cuestiones políticas en juego que han retrasado mucho las medidas».

Juli Peretó: «Los coronavirus evolucionan y acumulan mutaciones muy rápido, lo cual incrementa mucho su diversidad»

Entonces, ¿era esto evitable? Enrique explica que «la palabra evitable es muy rotunda, pero desde luego que sí era más controlable. Los modelos eran claros y, sin entrar en nombres, algunos grupos dieron la voz de alarma de que los datos sugerían un alto número de infectados con capacidad de saturar el sistema sanitario. Se ha hablado mucho también sobre la capacidad de contagiar antes de mostrar síntomas, algo que ya se sospechaba desde enero, y eso afecta mucho al modelo epidemiológico que se usa. No es lo mismo que se genere inmunidad a largo plazo tras el contagio —algo que aún no se sabe—, que los portadores puedan transmitir la enfermedad si no muestran síntomas o si hay grupos de riesgo obvios», resume Enrique.

«En toda la gestión de la pandemia hay una cosa que nadie entiende, y es cómo sospechándose desde enero que se producían contagios antes de tener síntomas, sabiéndose a principios de marzo que el primer muerto por coronavirus se había producido el 13 de febrero sin conocimiento de las autoridades sanitarias y que todos los datos indicaban que había contagios dentro de la propia comunidad, Fernando Simón, el director de Alertas Sanitarias, insistiera en saltarse las recomendaciones de la Organización Mundial de la Salud». Enrique se refiere a que este organismo internacional ya recomendó el 7 de marzo evitar aglomeraciones para luchar contra el nuevo virus, e incluso antes, el 2 de marzo, el Centro Europeo para el Control y Prevención de Enfermedades ya hizo lo propio a través de un informe.

Enrique matiza que «no solo se trató de la manifestación feminista del 8 de marzo, que tuvo una fuerte connotación política para el actual gobierno y reunió a 120.000 personas en Madrid, sino también a otros cientos de eventos, como las mascletàs de València, los espectáculos deportivos en todo el país y diversos encuentros políticos. El caso de las Fallas fue particularmente vergonzoso, porque todos sabían que se tenían que aplazar, pero el gobierno local lo negaba. Lo mismo pasó en Andalucía con la Semana Santa.

Todas las comunidades autónomas, da igual el signo político, actuaron tarde y mal. El riesgo estaba ahí y se decidió no seguir lo indicado por las autoridades sanitarias por criterios políticos, no por motivos sanitarios. Desde la pandemia de la gripe española del 1918, sabemos que los eventos de masas tienen un impacto brutal en la mortalidad durante las epidemias, y que retrasar un solo día las medidas de distanciamiento social puede tener un gran impacto sobre la transmisión del patógeno. En España, definitivamente, no se han hecho las cosas a tiempo. Ahora las medidas se prolongarán más, la economía saldrá peor parada y habrá más muertos. Posiblemente la llegada del virus y las medidas de distanciamiento no eran evitables, pero alargar la situación y aumentar las víctimas sí lo era», sentencia el epidemiólogo.

Frenar la curva

Uno de los lemas que se han hecho famosos durante la pandemia ha sido el de frenar la curva. Esta frase viene a resumir por qué es auténticamente peligroso el SARS-CoV-2. Si analizamos los datos a nivel global la letalidad está más concentrada en grupos de más de 60 años de edad. Además, son más susceptibles las personas con presión arterial alta, diabetes y enfermedades cardíacas. A priori podría parecer que, con grupos de riesgo más o menos definidos, podría haberse optado por otra estrategia; por ejemplo, la de proteger a los grupos de riesgo y no a toda la población. Pero, el auténtico problema de esta pandemia es su potencial para colapsar hospitales. Un porcentaje bastante significativo de la población, incluso los que teóricamente tienen un riesgo bajo, requieren ingresos en la Unidad de Cuidados Intensivos. 

Ese potencial para dejar en estado crítico a un elevado porcentaje de la población al mismo tiempo significa que, frente a un escenario de colapso, podría aumentar muchísimo la letalidad en todos los grupos de edad. Daniel Orts está viviendo en primera fila la pandemia, ya que ejerce en València como médico residente en Medicina Preventiva. «Todos estamos poniendo de nuestra parte para que la atención sanitaria frente a la pandemia salga adelante. Se están aplazando todas las actividades hospitalarias que pueden esperar, como muchas cirugías programadas o consultas presenciales que no sean urgentes. Y también se prioriza el contacto telefónico antes que el presencial».

Fernando González: «Secuenciar el ARN permitirá detectar si hay mutaciones que les permita esquivar el efecto de una posible vacuna»

Además, el médico explica que «un sistema sanitario saturado no puede responder a la demanda de los pacientes y no tiene capacidad suficiente para tratar a cualquier persona enferma. Eso significa racionar la asistencia sanitaria y decidir quién es atendido y quién no, lo que supone un escenario crítico». Así el sistema sanitario se ve en una situación en la cual hay que decidir quién entra en la UCI y quién se queda fuera.

Eso ya es una realidad en España -los ancianos que enferman en las residencias no son ingresados-, como preveía Orts cuando se le entrevistó para este reportaje: «Es el caso de otros países y muchos centros que no dan abasto y deben priorizar los recursos entre los pacientes más graves. Es muy duro no poder atender a quien lo necesita, pero es la consecuencia natural de la falta de recursos». Por tanto, el aislamiento social sirve «para reducir al máximo la propagación del virus entre personas. Cuanta menos gente circule libremente por las calles, más difícil tiene el virus contagiar a los seres humanos. Actuamos de cortafuegos para parar la transmisión de la infección».

En Italia entraron en esa situación de saturación al tiempo que aquí se tomaban las primeras medidas, que enseguida se revelaron insuficientes. España, siguiéndole los pasos muy de cerca, ha habilitado hospitales de campaña y hoteles en una lucha feroz contra los números, que han sentenciado al sistema a ese escenario tan temido por los expertos.  

* Este artículo se publicó originalmente en el número 66 de la revista Plaza

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