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LA LIBRERÍA

‘El tercer mundo después del sol’, antología de ciencia ficción latinoamericana

Minotauro cuenta en su catálogo con este librazo imprescindible de verdad, una selección de realidad literaria aumentada compilada por Rodrigo Bastidas para expandir la mente

16/01/2023 - 

VALÈNCIA. Abres los ojos: es pronto por la mañana y frente a ti se despliega el mundo. El tuyo. Ves primero el techo o la pared, el aparato que emite sonidos estridentes para arrastrarte fuera del sueño o del insomnio, tu mano, tus brazos, la ropa de cama, la ropa sobre la silla, tus rodillas y tus pies, el camino hacia la cocina donde maúlla hambriento el gato y el que conduce al baño, a la ducha. Dejaste tu ropa junto a la pila para ahorrar unos minutos, y así, entre un recorte de tiempo y otro, poder desayunar leyendo las noticias que ha reunido para ti un feed de entre todas aquellas que han publicado dos docenas de medios que elegiste, procedentes de diferentes países y sensibilidades. Tras un año y medio leyéndolos, sin embargo, la parcela de actualidad te resulta demasiado pequeña. La ventana de la aplicación te produce claustrofobia: lo cierto es que las noticias que te ofrece son o bien banales, o bien sospechosamente parecidas. Necesitas una ventana más grande para que corra el viento de lo distinto. Un balcón. Tirar abajo la pared. Lo que ves del mundo ya no te parece suficiente, sino todo lo contrario. Es mucho lo que queda fuera del encuadre. Lo que queda dentro lo has visto tantas veces que comienza a resultarte extraño, irreal. Como cuando te miras fijamente en el espejo más de lo necesario y de pronto no te reconoces: la persona frente a ti es como tú, pero no es tú, hasta el punto de que llegas a creer  que en cualquier momento cortará los vínculos contigo y hará algo que evidenciará el desparejamiento, acaso un pequeño temblor del párpado o la ceja que tú no has experimentado para hacer añicos la existencia por completo.

El mundo que hemos encuadrado, o el mundo encuadrado en el que hemos crecido, es  tremendamente reducido. Esta reducción se da en todas partes porque en todas partes hay intereses nacionales o culturales y porque nadie puede asimilar el mundo entero, si bien ocurre que los discursos dominantes acaban empobreciendo el paisaje en su tendencia a borrar al resto. Por eso cierras el feed y buscas en timelines salvajes y caóticos que tratas de no frecuentar, pero que como a Ozymandias, en su aleatoriedad, te revelan lo oculto. Y aparece. Un libro. El tercer mundo después del sol, antología de ciencia ficción latinoamericana. Te aferra con un lazo magnético ancestral que emerge de la increíble ilustración de portada de Luis Carlos Barragán para atrapar tu yo astral, extraerlo de un tirón, y tragárselo. Compilados con gran acierto por el colombiano Rodrigo Bastidas, se suceden los relatos de Jorge Baradit (Chile), Luis Carlos Barragán (también portadista), Alberto Chimal (México), Gabriela Damián Miravete (México), Fábio Fernandes (Brasil), Maielis González (Cuba), Teresa P. Mira de Echeverría (Argentina), Laura Ponce (Argentina), Giovanna Rivero (Bolivia), Juan Manuel Robles (Perú), Solange Rodríguez Pappe (Ecuador), Ramiro Sanchiz (Uruguay), Susana Sussmann (Venezuela) y Elaine Vilar Madruga (Cuba). Una selección de enorme calidad que desde la primera página del primer relato hasta la última del último pone de manifiesto que desde luego se escribe ciencia ficción en Latinoamérica, y que la etiqueta ciencia ficción casa perfectamente con tradiciones diferentes a las anglosajonas —o eslavas, donde se desarrolló la mejor ciencia ficción desde muy temprano—. De hecho casa tan bien que, escribiendo esto en una casa europea, uno padece por no haber leído mucho más de lo escrito en Latinoamérica. El primer relato de la antología, La conquista mágica de América, de Baradit, pega diferente si se lee desde España. 

La historia es extraordinaria, no había otra mejor para arrancar. Empieza así: “Perdido en un sucio y oscuro zaguán entre los laberintos de la ciudad de Sevilla, hundido entre papeles y pergaminos reblandecidos por el asfixiante calor del verano, un cabalista llora abrazado a su pequeño escritorio de caoba. Interminables cálculos tan intrincados como la propia ciudad han desembocado finalmente en una solución que brilla ante sus ojos con la luz de todo un coro de ángeles: la fecha propicia para invadir América esplende ante sus ojos limpia y perfecta bajo complejas series numéricas borroneadas una y otra vez. Es el año 1227, hay un largo camino que recorrer y mucho que preparar. La existencia de este nuevo mundo había sido descubierta solo un par de siglos antes. La red de médiums que vigilaba el mundo conocido había intuido presencias de un nuevo tipo de conciencia colonizando áreas importantes del plano astral y dieron la alarma. Descubrieron que mecánicas desconocidas y poderosas levantaban estructuras ciclópeas entre los pliegues de la mente del planeta, como si otro continente emergiera con inusitado ímpetu”. Alucinante.

Otro ejemplo, también extraordinario, es Les pi’yemnautas, de Teresa P. Mira. Dos hermanos junto a un río contemplando el universo inabarcable. Descubren sus secretos a través de los ojos de una mujer que es para ellos como una madre, y que es su mentora y chamán, curandera para el pueblo, y una de las mejores astrónomas de Sudamérica. “Una catedrática en harapos que daba conferencias en siete idiomas por la red global y cantaba encantamientos para curar la melancolía en su lengua natal”. Los dos hermanos crecen y reciben una misión: acercarse todo lo posible al agujero negro supermasivo en el centro de la galaxia, allá donde una distancia mínima acarrea un tiempo máximo, y quizás una condena a la eternidad. La evolución de este cuento es brillante. Es difícil decidir de qué relatos de El tercer mundo después del sol hablar en una extensión limitada. Podríamos hablar de los catorce, de ideas tan hermosas como esta de Giovanna Rivero cuando dice: “En él, en sus oídos, en el arco ciego del paladar, en la hondura de sus axilas cada vez más descarnadas, el silencio encontraba su nido”, o ese recordatorio de Juan Manuel Robles, que evoca el poder de la fantasía para crear realidades: “¿Así pasa, no? La tecnología de hoy imita los sueños de ayer”. El mundo no es el universo, pero también es inabarcable: contiene interminables miradas diferentes. Existe todavía un margen inmenso para la exploración. Hay que ampliar la mirada propia, expandir la ventana, proyectarse en busca de nuevos futuros. Eso es, ciertamente, lo que hace falta. Y quién sabe mañana. 

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