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En busca del tiempo perdido en Studio 54

30/05/2021 - 

VALÈNCIA. Hemos llegado a un punto en el que una ardilla podría recorrer el Nueva York de los años setenta saltando de un documental a otro y sin necesidad de consumir ningún tipo de narcótico. Las plataformas de cine y televisión -con Filmin a la cabeza-, ofertan actualmente una serie de títulos relacionados con la época de excelencia cultural que dicha urbe experimentó unas décadas antes de que expirara el siglo XX. Fran LebowitzTruman Capote, el ilustrador de moda Antonio LópezDivineHalston (que antes de que llegara la serie ya tuvo documental en Netflix), ellos y muchos otros seres reales dignos de convertirse en personajes de ficción tienen un nexo común que es la discoteca Studio 54, local que por supuesto, también cuenta con un excelente documental firmado por Matt Tyrnauer. Capote dijo que le parecía una pena que Proust no tuviera la oportunidad de visitar un lugar como aquel. Pensaba que el autor de En busca del tiempo perdido, que se inspiró en sus vivencias como miembro de la alta sociedad francesa, habría encontrado un filón en aquella sucesión de noches interminables. Pero como Proust llevaba mucho tiempo muerto, fue Capote el que usó a aquella fauna urbana para inspirarse. Gran parte de los ricos y famosos que cualquier noche nutrieran la zona vip de Studio 54 bien podrían haber alimentado las páginas de Plegarias atendidas, la novela a la que dedicó años de trabajo. Jamás llegó a concluirla, pero igualmente escandalizó a algunos de aquellos patricios neoyorquinos, que se vieron claramente retratados en los capítulos que Capote fue desvelando en algunas revistas.


Escuchamos historias sobre algunos de los más famosos adeptos de aquella nueva Sodoma, y lo que en su día podía escandalizar por frívolo y clasista, hoy se asemeja más al capítulo final de un derrumbe económico y moral, una de esas épocas alrededor de la cual se gestan prodigiosos fenómenos artísticos y culturales. La certeza de que todo aquello pertenece a un pasado que ya no va a volver (no porque no lo necesitemos, sino porque ya no sabríamos cómo repetirlo, ni tampoco para qué), nos permite contemplar y recordar todo aquello entre la fascinación y el análisis, un enfoque que solamente la distancia proporciona. El escapismo de antaño como tema de estudio para escapar a la incertidumbre que impregna al presente. Esta acumulación de documentales sobre uno de los momentos dorados de mi ciudad favorita me lleva a recuperar los Diarios de Warhol. Es como una especie de acta de todo ese periodo, pero redactado desde la subjetividad del narrador, que, como observa Bernard-Henri Lévy en las notas de la contracubierta, articula “el gesto último de un artista que pensaba que no había nada detrás de su obra, ya que tampoco hay nada detrás del mundo y sus reflejos”. Todas aquellas personas que hayan quedado prendadas -no sin razón- por la serie Halston, deben saber que en el voluminoso libro -puntualmente publicado en España por Anagrama en 1990- vienen una buena cantidad de cotilleos acerca del modisto. Aunque Warhol y él se llevaban bien, ante todo se veían el uno al otro como rivales en un combate de egos y vanidad. Siendo ambos eso que habitualmente se suele denominar maricas malas (sabemos tan poco, en cambio, de las maricas buenas, que a menudo me pregunto si existe algún caso), siempre andaban metidos en algún tipo de competición que únicamente les atañía a ellos. En la entrada del 21 de diciembre de 1976 de los Diarios, Warhol escribe: “Me encontré con Víctor y fuimos a la tienda de Halston. Estaba casi vacía, pero, como todo es tan caro, con que vendan cualquier chuchería ya tienen para comer. Mientras estaba allí, llegó Jackie O. y se la llevaron rápidamente al tercer piso. Victor me dijo que no compra mucho, sólo cosas pequeñas”.

Victor no es otro que Victor Hugo, el estridente novio de Halston. Se llamaba así no porque pudiera recitar párrafos de Los miserables de memoria, sino porque huge en inglés significa grande y en dicho idioma, de huge a hugo apenas hay un sutil giro fonético; dicho esto, no hace falta desarrollar más. Su personaje en la serie de Ryan Murphy ha causado furor, y eso que ahí se cuenta lo justito acerca de quien fuera mitad artista, mitad chapero. Hugo trabajaba como escaparatista en Halston cuando Warhol sacó su libro Mi filosofía de A a B y de B a A, no se le ocurrió otra cosa que forrar el suelo del escaparate con ejemplares del libro. Según se lee en los Diarios, entre 1976 y 1978, Warhol y Víctor Hugo se veían casi a diario. Además de maquinar trastadas con las que fastidiar al diseñador, ambos estaban unidos por una causa. En aquella época Warhol estaba inmerso en la serie pictórica conocida como Torsos. Para llevar a cabo aquellas pinturas de partes del cuerpo, realizaba previamente sesiones fotográficas con su Polaroid. Víctor era el encargado de reclutar los modelos. Muchos eran chulos y escorts que, además de desnudarse practicaban sexo ante la cámara a cambio de 50 dólares. Bastantes de aquellas imágenes eran puramente pornográficas; en otras, el retrato era el objetivo primordial. En esa categoría se incluyen también célebres mujeres trans como la activista negra Marsha P. Johnson -Antony bautizó a su grupo the Johnsons en honor a ella-, Wilhelmina Ross o la modelo Potassa de Lafayette, que con ese nombre ya se merece un biopic.


Potassa de Lafayette, otra presencia habitual en Studio 54, estaba cercana al núcleo de celebridades que formaban Warhol, Halston, Liza Minelli y Bianca Jagger, la cual apenas aparece en la serie, seguramente por una cuestión de permisos. Potassa presumía de haber sido musa de Dalí y contaba la anécdota de que este había besado su pene para posteriormente exclamar, ¡magnífico! Studio 54 fue el planeta que congregaba a todo aquel que socialmente era alguien o quería llegar a serlo. Por allí se dejaban caer otros escritores, como Norman Mailer o la columnista Fran Lebowitz, actrices como Farrah Fawcett o fuerzas de la naturaleza como Grace Jones, cuyos inicios en el mundo del modelaje, cuando compartía piso en parís con Jessica Lange y Jerry Hall, estuvieron estrechamente unidos al ilustrador Antonio López. En el libro Studio 54 publicado por Rizzoli incluso aparece una foto de Bruce Springsteen dentro de la discoteca y vestido de traje. Capote insistía en que toda literatura era un chisme, un cotilleo. En busca del tiempo perdido era producto de esos chismes. Tolstoi y Austen edificaron grandes obras literarias a partir de la necesidad de contar chismes. Los Diarios de Warhol son el templo del chisme literario narrados sin ninguna ambición literaria. Antes de que existieran las redes sociales, el tiempo lo perdíamos, sobre todo, así.

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