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Blancos y radiantes

En vaso largo o copa corta, el vermú es lo que importa

Hoy nos plantamos en barra de zinc de bar rechispoteante, que el vermut llega blanco y radiante. El espejo refleja en nívea luz y ya está aquí, que sí. El vino aderezado que vino con su aperitivo, claro, porque son o’clock

Por | 14/06/2019 | 5 min, 20 seg

Vermut, vermouth, wermut, alemana palabra de ajenjo viajante entre Italia, Francia y España. Y quién sabe si con Grecia como tierra natal. Aquella donde Hipócrates experimentaba con brebajes medicinales que pretenden recordar de lejos a la viciosilla bebida actual. Esa a la que bien entrado el siglo XVII, Antonio y Beneditto Carpano dieron forma con una base de moscatel, caramelo y mucho hierbajo. Y desde Milán hasta Marsella y Chambéry donde las casas Noilly, Comoz y Dolin se decidieron por la claridad de hacer un vermut, sí, pero albino y nada sibilino. A nuestro país llegó poco después, pero de nuevo con los tonos rojizos que se impusieron hasta hace algunos años, en los que cada vez son más las marcas que apuestan todo al blanco y sacan su versión b. Y nosotros tan a gusto.

Hablamos de vino de variedades blancas, como en el vermut rojo, pero sin añadidos que le den color. A eso le sumamos el azúcar oportuno, una mezcla de botánicos a medida y tal cual hasta el infinito. El resultado depende de cada fórmula con consecuencias para todos los gustos. Secos o dulces, suaves o potentes, sobrios o desenfrenados… Y así, con el freno bien quitado, comenzamos una carrera de fondo y sin fondo.

Con el primero y necesario, el Noilly Pratt Dry. Sequísimo y amargo, es el más habitual para dar ese toque único al clásico Dry Martini de amoroso espía. Y aunque es ideal combinado en combinados, está rerrico así, sin más. Sensual y aterciopelado, acaricia sin prisa con su laconismo y un platito de aceitunas de Campo Real.

Seguimos en Francia con el Quintinye Vermouth Royal Blanc y sus dieciocho especias. Cítrico y fresco, emociona en explosión de intensidad. Un espectáculo de naranjas amargas entre un campo de flores de lis y ramilletes de laurel. Largo casi eterno nos da vueltas en la cabeza y nos regala unas gildas de las buenas.

Saltito hasta Italia y nos encontramos con otro grande, Del Professore Bianco. Denso equilibrio de suave reposo y relajarse con calma. Larguiancho de curvas muy redondas, es elegante y dadivoso. Ideal con unos mejillones en escabeche y la compañía de una ligera brisa. 

Seguimos en el Piamonte para catar el Manchino Bianco. Otro que no hace concesiones al dulzor, manteniendo seriedad vinosa y con jengibre. Presiosos aromas a campos silvestres que van directos al corazón. Distinguido y sin miramientos nos dice que hay cosas que debemos probar y volvemos a los escabeches con uno de presa ibérica.

Antes de dejar el país transalpino, un imprescindible de siempre y para siempre, el Martini Bianco. Compañero de fiestas y muchas cosas, no deja de ser el vermut más popular. Entre bailes golosillos de los de muy pegados pone morritos y con mirada zalamera nos lleva a un privado donde nos espera un revoltijo de frutos secos.

Una vuelta a casa revuelta

Volvemos a casa, a España y empezando por Valdemordor, tierra natal del Bianco Zecchini. Entre esto y aquello encuentra su punto medio sabiendo cómo conquistar. De los de todos los públicos y sonrisa eterna, hace del deleite lo normal y aunque no es presumido, presume de lo lindo al lado de unos altramuces salaítos.

Vuelta por Cádiz con parada en Jerez y su Lustau Blanco. Que son ya muchos los que hacen vermut en estos lares y cada vez con más arte. Fino y moscatel con su aquello de tiza que muestra la albariza que lo adorna. Con cuerpito y su amargoso nos entra el hambre y devoramos. ¿El qué? Un queso rico y de cabra payoya.

En el levante más valenciano nos encontramos con el Vittore Blanco. Fórmulas ancestrales de alegres camomilas, perfumes variaditos y relente en su lugar.  Millones de aromas  con equilibrio y frescura en la boca. Acidez con sutileza y unas huevas de pez en salazón, chimpón.

Nos quitamos el sombrero para beber con tranquilidad el Chappó Blanc. Nacido en el  Maresme es dulce y cariñoso. Agrada con sutileza y sin necesidad de dar la nota, que se nota que es así, sencillo y entrañable con unas anchoas y pan con tomate.

Albariño, hondarribi zuri y verdejo, toma eso

Volamos a Galicia y nos topamos de sopetón con el Petroni Blanco, que mola un montón. Es de uva albariño y comenta cantidad de cosas en paseos entre romero, tomillo y algún que otro limonero. Sensata armonía con una latita de esas de zamburiñas en salsa de vieiras.  

En el País Vasco nos recibe acogedor el Txurrut Vintage Blanco. Coupage en la copa con las variedades hondarribi zuri, albariño y airén. Paisaje de amplio horizonte, mirada centrada y la perseverancia de los que tienen las cosas decididas de antemano. Como que lo que quiere es una banderilla de las de boquerón en vinagre.

El Vermouth 61 es verdejo mitad joven, mitad viejo. De barrilitos de madera y Rueda circular en toda regla. Ni para ti ni para mí y un poco para muchos. Sedosito y bien puesto es listo para hacernos un guiño con uno de nuestro preferidos, unas berenjenas de Almagro.

Desde tierras mañas aparece el Corona de Aragón Blanco como rey recién entronado. Liviano y con la velocidad de los jóvenes es gentil y un tanto gracioso. Tanto que revolotea revoltoso y nos invita a una travesura de las buenas, unas aceitunas rellenas, de anchoa, por supuesto.

Cerquita y como cierre se viene el  Valdovinos Blanco. Macabeo y chardonnay con tradiciones de trago fácil y frutoso. Dulzor medido y a medida con unos ajos blancos encurtidos que caen como pipas.

Y ya llegó, el final del principio cuando saltamos precipicios. Y el casi principio del verano con una copa en la mano. Siempre y por aquí.

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