Bocana: el restaurante de playa donde el mar y la despensa de Castellón marcan la carta

Comer

Un chiringuito reinventado con servilletas de tela, cocina abierta y el 85% de producto local

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A pocos metros del agua, donde la arena suele justificar cualquier concesión gastronómica, Bocana ha decidido hacer justo lo contrario. Servilletas de tela, una cocina abierta donde los platos se terminan delante del comensal y una carta escrita cada mañana en una pizarra porque depende de lo que ha llegado de la lonja y de lo que ofrece la huerta de Castellón.

Bocana ocupa uno de esos chiringuitos de madera de la playa del Gurugú (Grao de Castellón) que cada primavera se levantan frente al mar y desaparecen con el final de la temporada. Pero quedarse en esa definición sería injusto. Porque aquí el continente recuerda a un chiringuito; el contenido, en cambio, habla el lenguaje de un restaurante de producto.
 

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Abrió en 2024 en la playa del Palmeral, una de las zonas más tranquilas del litoral castellonense y en esta temporada Bocana ha encontrado su sitio en la playa del Gurugú (Grau de Castellón) con una personalidad propia alejándose de muchos de los tópicos asociados a la restauración de playa. La propuesta cambia constantemente porque depende del mercado, de la temporada y de las capturas del día.

Quien haya comido alguna vez en Boga (Oropesa del Mar) reconocerá enseguida la mano de Adriana Urdanoz. No tanto por los platos como por la manera de construir la carta: la temporada manda sobre cualquier planificación y la pizarra se convierte en el verdadero menú del día. Este año, Adriana se ha incorporado a Bocana y ha trasladado hasta la playa la misma manera de entender la cocina que convirtió al restaurante que fundó en una referencia del producto de proximidad. Hoy, alrededor del 85 % de los proveedores de Bocana son de Castellón y la carta se construye con aquello que merece la pena cocinar en cada momento del año.

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La experiencia comienza mucho antes de la comida. Desde las diez de la mañana, Bocana sirve desayunos con una carta breve donde aparecen las tostadas del pan de Brod Obrador (Castellón), yogur con fruta y cereales, zumos naturales, café o un bol de açaí recién incorporado. A partir de las 13.30 horas, la cocina cambia de registro para dar paso al servicio de comidas, donde el protagonismo absoluto lo tiene el producto fresco y de temporada.

Es ahí donde Bocana habla de tú a tú con muchos restaurantes convencionales. La cocina abierta permite ver la partida de fríos, Adriana cortando el tomate de Berzas 5.0 y su emplatado final. El mar está a unos metros; la cocina, varios escalones por encima de lo que uno espera encontrar en un chiringuito. Nos gusta porque es habitual encontrar un pescado recién descargado en la lonja como las sardinas, las clótxinas con hierbaluisa, pescado salvaje como escorpa, mero, merluza de roca o la bacoreta que presentan en tartar.

Igual que el Mediterráneo nunca ofrece dos días idénticos, la pizarra tampoco. y esa es, precisamente, una de las razones por las que muchos clientes vuelven semana tras semana: nunca comen exactamente lo mismo. La magia de Adriana para crear recomendaciones del día, que ya te presentan al cantarte la pizarra-carta, se suman a los pescados frescos al peso y a las guarniciones que nos recuerdan tanto a su época en Boga Tasca.
 

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Cuando el sol empieza a caer, el restaurante vuelve a transformarse. Sobre las ocho y media de la tarde los tenedores dejan paso a los palillos y la cocina cambia completamente de personalidad. Antonio Pereira, socio de Bocana y uno de los responsables de Umami Benicàssim, toma el relevo para convertir el espacio en el único restaurante de cenas situado sobre la arena de la costa de Castellón donde el sushi ocupa el centro de la experiencia gastronómica.

La transición ocurre delante del cliente. La misma cocina abierta donde unas horas antes se terminaban platos de mercado pasa a convertirse en una barra donde se preparan niguiris, makis y cortes de pescado fresco que acaban con Aceite de Oliva Virgen Extra de Malaerba (Benlloc) y con la precisión propia de Umami. No es una segunda marca instalada dentro de un chiringuito, sino otro brazo del mismo restaurante. Hay algo casi invisible que une el desayuno con la cena. El salmón fresco que por la mañana acompaña las tostadas termina horas después convertido en niguiri. Cambia la técnica. No cambia el respeto por el producto.

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Esa capacidad de cambiar sin perder su identidad es, probablemente, uno de los mayores aciertos del proyecto. Para Rafa Culla, uno de los impulsores de Bocana, la explicación va mucho más allá de la cocina. “La hostelería forma parte del ocio. Cuando salimos a comer ya no buscamos únicamente alimentarnos; buscamos vivir experiencias. Comer bien es imprescindible, pero también importa el lugar, el ambiente y todo lo que sucede antes y después de la mesa”. Quizá por eso aquí resulta tan fácil perder la noción del tiempo.

Hay quien llega por la mañana para instalarse en una de sus camas balinesas, enlaza con el aperitivo, prolonga la sobremesa durante horas y regresa por la noche para cenar sushi frente al mar. Entre una cosa y otra aparecen los conciertos en directo —casi cuarenta programados durante el verano—, el tardeo y un ambiente que convierte el restaurante en un lugar donde el tiempo parece medirse de otra manera.

 

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Abren todos los días, de lunes a domingo, desde las 10 de la mañana hasta las 2 de la madrugada. Los desayunos se sirven hasta las 12.30 horas, las comidas entre las 13.30 y las 16.00, y a partir de las 20.30 comienza el servicio de cenas con la propuesta de sushi. Son horarios que reflejan bien la filosofía de Bocana: más que un restaurante al que ir a comer, es un espacio pensado para quedarse.

En una costa donde abundan los establecimientos con vistas privilegiadas, Bocana ha entendido que el Mediterráneo ya pone el paisaje. Lo verdaderamente difícil era conseguir que el plato estuviera a la misma altura. Y lo ha hecho desde una idea tan sencilla como poco habitual: demostrar que un restaurante sobre la arena también puede cocinar con criterio, respetar el producto local y hacer que el mar no sea solo el escenario, sino parte de la experiencia. Ha entendido que la mejor manera de cocinar frente al Mediterráneo sigue siendo cocinar el Mediterráneo.

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