¿Quién diría que no a un fin de semana en Oporto? Nadie duda de que es una de las ciudades más magnéticas de nuestro país vecino. Y de toda Europa. Es a la vez una dama nostálgica con su puntito decadente a ritmo de fado y una capital donde siempre pasan cosas nuevas. Y aunque digan que tiene una maldición de que si viajas con tu pareja, acabaréis separados, vale la pena desafiar al destino. Spoiler: yo estuve con mi marido hace dos años y seguimos felizmente casados.
Ahora bien, cierto es que cada año que pasa, la Ribeira está un poco de aquella manera. Entre colas para entrar en la Librería Lello y la marea de turistas en el muelle, los que buscamos el Oporto de verdad hemos empezado a mirar hacia otros barrios. Se puede ser turista sin ser turista, ¿se me entiende? Que nadie dice que no queramos sacar la foto número tropecientos de la coqueta vista del icónico puente Don Luis I o dar un paseo en barco por el siempre fabuloso Douro. Pero también hay otras cositas. Empezando por una forma diferente de descubrirla.
La ciudad en 'slow motion' (y sin tuk-tuks)
Oporto no es para flojos. Todas las calles del centro son cuestas empinadas que desafían la fuerza de las piernas de cualquiera. Lleva zapato cómodo, esa es la primera. Pero si te apetece darte un garbeo por esta cucada, descubrí una experiencia que me gustó bastante y es muy recomendable. Diríamos que es una experiencia casi vintage. Olvidaos, por favor, de los tuk-tuks. Para recorrer Oporto con dignidad hedonista hay que hacerlo en un coche de época de Old Tour.
Esta empresa ha dicho, tour sí, pero con estilo. Tienen varios coches de época, uno de ellos es una réplica del del Ford Model T de 1920, el modelo que Henry Ford fabricó en serie para que los coches dejaran de ser juguetes de ricos y se convirtieran en el motor del mundo. Además de mini mokes, que nacieron como vehículo militar pero que Brigitte Bardot los convirtió en iconos en los 60 en Saint Tropez. Sea como sea, el recorrido atraviesa las calles empedradas sintiendo el traqueteo elegante mientras dejas atrás el famoso puente D. Maria Pia, esa joya de hierro diseñada por Gustave Eiffel y llegas a Cais de Gaia, uno de los mejores puntos para fotografiar la ciudad. Terminan en Serra do Pilar, con vistas panorámicas de la ciudad y en algunos tours, con una cata de vinos en las bodegas Cálem.

Gaia, el universo WOW y el desembarco de Nacho Manzano en la ciudad
Por supuesto, hay que cruzar a la otra orilla. Vila Nova de Gaia ya no es solo donde están las bodegas. Desde hace algunos años, también es el reino de WOW (World of Wine). Lo reconozco: iba con miedo de encontrarme algo demasiado temático, pero el museo del vino es fantástico. Es una inmersión visual y cultural que te explica las diferentes áreas vinícolas de Portugal como nadie y viene bien a modo recordatorio de todo eso que creemos saber sobre el vino.

Después del recorrido, lo suyo es quedarse a comer en alguno de sus restaurantes (tienen opciones para todos los gustos) mientras contemplas la silueta de Oporto desde el otro lado. Ya sabes que desde este lado, gozan de la mejor panorámica.
La gran noticia de este 2026 es el Tivoli Kopke Porto Gaia Hotel. Elevado sobre las bodegas centenarias de Kopke (la bodega más antigua del mundo, de 1638). Si el hotel ya es un reclamo, ojo, porque la cocina aquí la firma nuestro Nacho Manzano (3 estrellas Michelin y alma de Casa Marcial). En el restaurante 1638, funcionan con menú degustación, y para algo más relajado, su Boa Vista Terrace ofrece un bacalao confitado de locos con las mejores vistas al río. Si vais entre abril y octubre, el Sky Bar Kopke es el sitio para tomar un trago al aire libre y con vistazas.


El "Efecto Vasco" y el festín de Avillez
Ya lo dijimos, Oporto no se entiende hoy sin sus nombres propios. Vasco Coelho Santos sigue siendo el chef que parte el bacalao (y nunca mejor dicho). Aunque su estrella Michelin en Euskalduna Studio es el hito, os recomiendo no perder de vista su universo expandido. Pasar por Ogi para llevarse una hogaza de masa madre o un pain au chocolat es de obligado cumplimiento.
Y hablando de reyes, la visita al Cantinho do Avillez es innegociable. José Avillez tiene esa mano mágica para la cocina de confort sofisticada. Sus camarones Bulhão Pato son, para mí, el plato definitivo, esa salsa de ajo y cilantro en la que mojar pan sin cesar... ¡Qué cosa más rica! Y el pato al curry, meloso y picantito... es otro plato que me apasiona y que resume bien esa apertura de Portugal al mundo.
15 pisos de silencio y hormigón de autor
Mi cuartel general esta vez ha sido algo diferente. He decidido alejarme del ruido del casco histórico para instalarme en el Crowne Plaza Porto, en el conocido como Distrito de las Artes. A veces nos empeñamos en el hotelito boutique de la Ribeira y nos olvidamos de lo que significa el confort de verdad y de lo que se agradece el silencio en una ciudad que siempre está hasta los topes.
Está en plena Avenida da Boavista y elegirlo, es salirse del circuito típico del azulejo, para entrar en el Oporto más cosmopolita. Estás a un paso de la Casa da Música, esa joya disruptiva y brutalista de Rem Koolhaas que parece un diamante tallado en hormigón, y a un paseo de la Fundação de Serralves. Otro de los lugares donde conviene perderse por los jardines o entre su extensa colección de arte contemporáneo.
Hablamos de un hotel que se ha renovado con una inteligencia visual envidiable bajo el concepto de Blended Travel. Si antes estaba más enfocado al turismo MICE, ahora han dado un giro para posicionarse también como destino para parejas y familias. Son 15 pisos de muchas habitaciones (más de 200) pero nunca tienes sensación de hotel gigantesco. La limpieza de cara le ha venido de perlas y ahora las habitaciones son pura sofisticación de tonos cálidos con unas camas y almohadas (hola, algodón portugués) en la que se descansa de vicio.

Otro de los puntos que me conquistó fue el restaurante. Tenemos que quitarnos esa idea de que restaurante de hotel = a sitio aburrido. En hotelería se están poniendo las pilas para que de verdad te apetezca quedarte aquí. Y no solo para el cliente alojado, sino que te llamará la atención la cantidad de portuenses que también lo eligen.
El plan perfecto es tomar un porto tonic en el bar (lo preparan muy pero que muy bueno) y cenar en soMos Restaurant & Lounge. El nombre del espacia, que soMos significa "Nosotros somos" en portugués, presume de la filosofía de la partilha, es decir, del placer de compartir. Me encantó la ensalada de burrata, donde el tomate cherry aparece en diferentes confecciones y texturas con vinagre balsámico, y especialmente el carpaccio de pulpo, que sirven con una emulsión de pimiento asado y el toque crujiente de un crumble de pan de maíz.

Pero si hay un rey en esta casa es el pulpo a la brasa, su plato icónico que llega a la mesa perfectamente cocinado, acompañado de batata dulce asada y puerro crujiente. También hay bacalao, claro. Ofrecen diferentes, desde el que preparan en lascas con costra de pan de maíz y puré de garbanzos hasta el clásico estilo lagareiro, que asan con sus patatas a murro y grelos salteados. Oporto está viviendo una segunda juventud y yo que tú no me la perdería...