ESCAPADAS

ESCAPADAS HEDONISTAS

Redescubriendo el norte de Tenerife

Entre la bruma del Puerto de la Cruz, el refugio de Agatha Christie y la nueva embajada gastronómica de Ricardo Sanz y Erlantz Gorostiza: así es la reconquista de la isla verde.

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Tenerife, podríamos decir, es una isla que es dos en una. Está la de siempre, la que todos imaginamos antes de subir al avión con solazo, chanclas -cholas, mejor dicho- en enero, hoteles gigantes y turistas color gamba. Y luego la otra isla. La que empieza en cuanto aterrizas en el aeropuerto de Tenerife Norte y descubres que, sorpresa, hay niebla.

Y no suele ser una niebla tímida o unas cuantas nubecitas. Hablo de esa nube espesa que hace que durante unos segundos parezca que el avión va a aterrizar directamente en Narnia. Y, de pronto, aparece la pista. Verde alrededor. Montañas, humedad y a veces, olor a tierra mojada que no pega nada con la idea que muchos tenemos de Canarias. De hecho, este año ha sido uno de los que más lluvia ha recogido el archipiélago en su historia.

El norte es un secreto a voces. Todos hemos oído hablar de él, claro, pero luego acabamos reservando en el sur, donde siempre hace bueno. Como si aquí hiciera malo. Lo que pasa es que aquí el clima es otro. Más fresco, más salvaje, más bonito. El Teide aparece y desaparece entre nubes como una diva caprichosa. Siempre está ahí, dicen, aunque a veces te tires días sin verlo. Las fachadas tienen ese punto decadente que sienta fenomenal, un mix entre tradicional y los esperpentos de los años 70 y 80 a pie de playa y por la noche, efectivamente, a veces apetece una chaqueta. Y qué gusto da ponérsela.
 

Puerto de la Cruz, o cómo volver a enamorarte del norte

La gran excusa para instalarse en el norte sigue siendo Puerto de la Cruz. Que fue, por cierto, donde empezó todo. Mucho antes de que Tenerife se llenara de resorts y pulseritas, los primeros turistas llegaban aquí buscando ese clima diferente y salvaje, las vistas al mar y una especie de exotismo elegante que todavía sigue flotando por sus calles.

Lo mejor es que, pese a los años y al turismo, no ha perdido del todo el alma. Sigue teniendo muelle pesquero, señores jugando al dominó, terrazas con camareros de los de toda la vida y esa Plaza del Charco donde uno se puede sentar media hora, pedir un café o un helado y acabar quedándose toda la tarde.

Confieso que esperaba encontrarme un sitio algo viejuno, y me topé con todo lo contrario. Puerto está más vivo, más auténtico y, sobre todo, más divertido. Solo hay que perderse por La Ranilla, el barrio de pescadores reconvertido en galería de arte al aire libre gracias a Puerto Street Art. Uno va doblando esquinas y encontrándose pinturas inesperadas, como si el barrio hubiese decidido ponerse un poco gamberro.

¿Más cosas? Basta con caminar un poco para llegar a San Telmo y ver cómo rompen las olas frente al paseo. Al fondo aparece el Lago Martiánez, ese complejo diseñado por César Manrique que sigue siendo una fantasía sesentera, entre piscinas, palmeras y hormigón blanco mirando al Atlántico.

 

Comer en el norte, muy seriamente

Otra cosa que uno no espera -o al menos yo no esperaba- es lo bien que se come aquí. Porque el norte de Tenerife no solo tiene paisaje y casas bonitas. También está viviendo un pequeño gran momento gastronómico. En el propio Puerto de la Cruz está el Taller de Seve Díaz, el único estrella Michelin de la zona, que trabaja con producto de la zona y de temporada y donde hay incluso un homenaje a los huevos de Lucio en clave canaria, con espuma de papa y huevo de granja almogrote.

Hay muchos más sitios que merecen la pena. Una de las comidas que más disfruté en el viaje fue en Muxacho, uno de esos sitios que consiguen hacer cocina canaria contemporánea sin pasarse de modernos. Otro hit es Cumai, situado ahora en el hotel AluaSoul Orotava Valley, es la historia de amor culinaria y personal de Curro Palomares y María Pérez. Lo que ellos llaman humildemente su “casa de comidas” es en realidad un faro de alta cocina donde el producto canario pasa por un prisma clásico con toques viajeros.

Allí el cochino negro se vuelve algo maravilloso en un paté en croûte con butifarra, magret y foie. O esas lentejas de Lanzarote, que elevan la legumbre a otra categoría acompañándolas con carabinero de La Santa y papada confitada. No te vayas sin probar el ajoblanco cordobés con atún rojo (un guiño a las raíces de Curro que funciona de cine con la miel de palma de la Gomera) o sus arroces, como el de pato y foie con salsa hoisin.

  • - Cumai 

La Orotava y el mausoleo del masón

A apenas diez minutos en coche está La Orotava, que parece otro mundo. Literal. Si Puerto de la Cruz tiene algo marinero y un poco caótico, La Orotava es todo balcones de madera, casas señoriales y calles empedradas en cuesta. Llévate buen calzado, avisado estás. Dan ganas de ir mirando hacia arriba todo el rato.

Aquí merece la pena pasear sin mucho plan, entrar en algún patio, asomarse a la Casa de los Balcones y terminar en los Jardines Victoria. Que, además de tener unas vistas estupendas, esconden una de esas historias que no muchos conocen y es que fueron construidos como mausoleo para el marqués de la Quinta Roja, que era masón y no pudo ser enterrado en cementerio católico.

Uno de los productos más queridos de las islas, el gofio, tiene aquí su razón de ser. Hay que acercarse al Molino de San Francisco (o el de la Casa de la Escribana). Allí puedes ver cómo muelen el grano con la fuerza del agua, como se ha hecho durante siglos. Y lo mejor es que te puedes llevar una bolsa de gofio recién molido o cualquiera de las especialidades que preparan con él.

Lo más fascinante es entender lo que significa. El gofio es al canario lo que el mate al argentino. Es su seña de identidad, su “alimento total”. Lo toman con leche por la mañana, en el potaje al mediodía, amasado con miel de postre… Es un cordón umbilical con su tierra.
 

El hotel que vuelve a la vida: La gran excusa para volver

El norte de Tenerife siempre ha tenido hoteles bonitos. Está el clásico Hotel Botánico, que sigue siendo una institución, o el nuevo Radisson Resort & Residences Tenerife, que acaba de darle una vuelta bastante apetecible a una zona de la costa.

Pero si necesitaba una razón definitiva para volver, el destino me la ha servido en bandeja de plata: la reapertura del Gran Hotel Taoro. Inaugurado por primera vez en 1890, fue el primer gran hotel de lujo de España. Por sus pasillos pasearon desde Alfonso XIII hasta el duque de Kent, pero mi historia favorita es la de Agatha Christie.

La dama del misterio llegó aquí en 1927 con el corazón -y la cabeza- en pedazos. Acababa de protagonizar su propio caso de desaparición (estuvo once días en paradero desconocido tras enterarse de que su marido le era infiel) y buscó refugio en el Puerto de la Cruz para curarse las heridas y terminar de escribir El misterio del tren azul. Dicen que el aire del norte y los jardines del Taoro fueron su mejor terapia.

  • - Gran Hotel Taoro

Tras años de silencio y una decadencia que dolía un poco, el hotel ha vuelto para reclamar su trono. La rehabilitación ha sido milimétrica, se ha respetado ese aire neoclásico de “gran dama”, pero lo han puesto insultantemente guapo. Es, sin duda, el nuevo place to be de la isla.

Lo mejor es que no se ha quedado en un hotel bonito, que lo es, porque menuda piscina con vistas al Teide -cuando se deja ver- tienen. Ha vuelto dispuesto a convertirse en uno de los grandes destinos gastronómicos de la isla. Aquí hay dos pesos pesados. Ricardo Sanz ha abierto OKA, su nuevo restaurante japonés con barra omakase.

Y por si eso fuera poco, Erlantz Gorostiza -la mano derecha de Martín Berasategui durante años- firma otros dos espacios dentro del hotel. Uno es LAVA, la apuesta más gastronómica, con una mesa del chef para solo ocho personas. El otro es Amalur, algo más relajado, pero igualmente apetecible, donde preparan un dúo de steak tartar de carne y de tomate maravilloso, unos torreznos crujientes con papa bonita revolcona y un solomillo Wellington a la canaria que merece mucho la pena.

Niebla, verde, leyendas de masones, el drama de Agatha Christie y alta cocina… Todo se ha puesto de acuerdo para que no vuelvas a pensar en el sur y te vayas directo al norte.

 

 

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