ESCAPADAS

ESCAPADAS HEDONISTAS

San Valentín para los que pasan de San Valentín (y se van de viaje)

¿Quién dijo que había que ponerse moñas el 14 de febrero?

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Si yo le propongo a mi marido una cena romántica por San Valentín, probablemente le dé algo. No por falta de amor, que nos queremos mucho, sino porque no somos de pétalos, corazoncitos, o brindis con música romanticona.

Y como él -también yo- hay mucha gente que el 14 de febrero lo vive como una fecha de esas que se inventaron para vender más. Tanto, que incluso se han inventado el San Solterín, por si hacía falta ponerle nombre a esa sensación de no querer participar bajo ningún concepto. Porque aunque no tengas pareja, también puedas celebrar. Ajá.

Frente a la obligación de celebrar y de celebrar bien, claro, con reserva anticipada, flores, bombones y cursilería incluida, cada vez hay más gente que opta por desaparecer unos días. ¿Un plan infalible? Viajar solo. Viajar a tu aire. Viajar en pareja, también, pero sin hacer de pareja ñoña. Elegir destinos donde San Valentín no condiciona nada y donde nadie te pregunta si estás celebrando algo especial. Y en estos tres sitios puedes hacerlo sin problema.

Barcelona y cenar solo en una de las barras más buenas de la ciudad

Barcelona es una ciudad extraordinariamente cómoda para viajar solo. No convierte la experiencia en un ejercicio de autoestima ni te obliga a justificar nada. Sentarte a comer sin compañía no es valiente, simplemente una opción más. Y eso, cuando viajas solo -o cuando simplemente te apetece estar contigo mismo-, es un alivio.

Me pasó hace unos meses en el Alexandra Barcelona, Curio Collection by Hilton. Llegué, dejé la maleta, me di una ducha rápida y bajé antes de ir a un concierto. Sin expectativas y sin pensar demasiado en qué hacía yo sola allí. La verdad es que me lo pasé pipa y el sitio daba mucho juego al viaje en solitario.

El hotel ya te pone en situación, porque es una delicia. Está en un edificio del Eixample con suelos hidráulicos originales, techos altos, molduras modernistas y esa mezcla tan barcelonesa que te hace enamorarte al instante. Aunque esto no vaya de amor.
 

Algo había que picar antes, ¿no? Tienes el restaurante Solomillo, con su apuesta clara por la carne bien hecha, el producto de primera y ese punto de brasserie urbana donde ponerse fino con un solomillo Wellington o eliges el tipo de carne (distintas razas bovinas según temporada, todas de primera calidad) y la cantidad en gramos, y te la preparan al punto que quieras. Pero si el momento “sentarme solo en una mesa” te da un poco de pereza -que a veces pasa, incluso cuando estás encantado de viajar solo-, la solución está a pocos metros: la barra.

La barra de Alexandra es un regalo. Cómoda, animada y con una carta que parece escrita para este reportaje. Tablas de queso “para mí”, “tú y yo” o “para todos”, por si alguien tenía dudas existenciales. Embutidos de Joselito, mortadela di Bologna IGP, foie micuit, focaccias XL, hamburguesas de Rubia Gallega, un fantástico brioche de steak tartar que hacen con las puntas de solomillo y hasta rigattoni con sofrito de la yaya y chorizo de vaca vieja. Puedes pedir poco, puedes pedir mucho... Comes bien, bebes mejor, miras alrededor y sigues a tu rollo. Aquí nadie te pregunta si esperas a alguien.
 

 

Londres, un poco de East London by yourself

Londres es una ciudad magnífica para huir de San Valentín. Y para ir siempre y muchas veces. Y East London, directamente, es territorio neutral. La ciudad sigue funcionando, como siempre.

Shoreditch, Spitalfields, Brick Lane… Esta zona tiene esa mezcla de vanguardia y una cierta alergia a lo convencional. En apenas unas calles tienes antiguos almacenes reconvertidos en galerías, mercados de lo más interesante, mucha street food, tiendas vintage... Es mi zona favorita, no lo voy a negar. Y es que se puede ir a Londres sin pasar a ver el Big Ben o Trafalgar Square.

Y ¿por qué nos vamos aquí en concreto? Para estrenar hotel, que eso siempre es maravilloso y más si tienes cama extra grande para ti solo. Para dormir, el recién abierto Sir Devonshire Square Hotel London encaja a la perfección con esta forma de viajar. Ha sido la primera aventura londinense de la boutique holandesa Sir Hotels y lo abrió en pleno corazón de la City, entre rascacielos, trajes y gente con prisa, pero escondido en un patio histórico que parece ajeno al caos.

El edificio, antiguos almacenes textiles de la East India Company del siglo XVII, ha sido reconvertido en hotel de diseño, mantiene los huesos industriales del edificio -techos altos, arcos, estructura original- y los reviste con una estética mid-century que vuelve loquitos a los amantes del diseño.
 


El lobby te recibe un invernadero acristalado lleno de plantas, muebles de diseño a medida y una galería rotatoria de arte emergente local que cambia cada seis meses e incluso hay una pequeña concept store, Sir Shop, donde se venden objetos de diseñadores locales e internacionales. Y las habitaciones, espaciosas y silenciosas, siguen la misma lógica.

Por la mañana, preparan un matcha delicioso y triunfan con los flat white y si quieres subirle el puntito a la cosa, pide el bun de huevo, queso y bacon. ¡Y todo para ti solo!

El plan perfecto empieza sin plan. Pasear sin rumbo y acabar comiéndote un kebab memorable en Eye Falafel, de esos que se comen de pie, a apenas un paso del hotel, con frío eso sí, pero de los que te acordarás sin necesidad de ponerle corazones.

Y si apetece una cena de verdad, el mítico St. John sigue siendo ese imprescindible al que volver siempre. Una institución que hizo de la cocina británica algo respetable de verdad. Ya sabes, ese tuétano que los hizo famosos, casquería bien tratada y platos que no hace falta compartir con nadie.
 


Ibiza fuera de temporada: cuando la isla se queda en silencio

Ibiza en febrero no tiene nada que ver con la Ibiza que todo el mundo imagina. Y esa es precisamente la gracia. Fuera de temporada, la isla baja el volumen, se vacía y se convierte en uno de los mejores destinos posibles para desaparecer unos días sin tener que irte demasiado lejos.

Y dirás, ¿qué se me ha perdido a mí en Ibiza en pleno febrero? Tranquilidad por un tubo, las calçotadas de Can Berri, los cerezos en flor de Santa Inés, el arroz de matanza, las ferias gastronómicas, los paseos por Dalt Vila... Podría seguir más, pero mejor que lo descubras.

Desde Valencia, además, se resuelve en apenas 25 minutos. Subes a un avión y bajas en otra velocidad. Más cosas buenas, el precio de los vuelos no duele, alquilar un coche es más que asumible y el clima acompaña lo justo como para caminar, sentarte al sol y comer bien. Muy bien.

Sí que es cierto que al bajar el volumen de visitantes, hay poca opción para alojarse, pero por suerte, hay muchos que siguen abiertos durante todo el año. Uno de mis favoritos es Hostal La Torre, en Sant Antoni. Un hotel pequeño, coqueto, colgado sobre el mar y famoso por sus atardeceres. Que también se ven en invierno. Y no se me ocurre mejor plan para celebrar el amor a uno mismo, que cóctel en mano divisando como el sol se esconde por el horizonte. Nunca son demasiados los atardeceres que hay que ver en la vida.


El resto del tiempo, la isla se disfruta casi en silencio. Ir a ver los flamencos a las Salinas, pasear por playas completamente vacías, comer en restaurantes donde la cocina no va acelerada por la temporada alta. Ibiza, así, sin ruido, se deja querer mucho más.

Y con estas letras no me tachéis de grinch de San Valentín -¿existe tal cosa?- No se trata de estar en contra de la fecha, sino simplemente de no sentir la obligación de hacer algo -especial- solo porque toca. A veces, el mejor plan del 14 de febrero es estar en otro sitio, comiendo bien, durmiendo mejor y sin tener que explicar nada a nadie. Y eso, curiosamente, cada vez apetece más.

 

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