Todas las ciudades forjan su carácter de manera involuntaria y entre la amalgama de atributos que le impone el que no sabe rara vez se documenta lo real. La actitud nunca se ensaya. Como no se ensaya la verdad. Muchas veces surge de la nada como un algo no previsto. Otras es la personalidad de un individuo quien le imprime autoridad y perpetúa a la ciudad en el dominio de lo épico. Ni Calvino, ni Kieslowski, ni Rohmer, ni la saga de James Bond o El soldadito de Godard representan l’esprit de los Alpes o la Alta Saboya como lo hace el más insigne de todos los ginebrinos: Jean-Jacques Rousseau.
Jean-Jacques nació en Ginebra y se educó hasta ser adolescente en la ciudad. Su legado imbuye todavía el deambular despreocupado y la elegancia natural del ginebrino apreciable en salas sobrias, serenas y cubiertas de madera como F.P. Journe le restaurant, donde Dominique Gauthier orquesta una cocina impecable de influencia francesa cuyo origen y resultado es la excelencia. Una técnica sublime y la destreza del artista en la ejecución revisitada de un recetario tradicional que sólo funciona en manos de los grandes.

- - F.P. Journe le restaurant
El ginebrino no rehúsa lo moderno, pero tiende a considerar la tradición como elemento indispensable. El rigor calvinista (primera religión que profesó Jean-Jacques) no sólo otorga una querencia innata al desempeño decoroso de un oficio, sino que concede un innegable afán de superación. La fondue, el rösti, las salchichas y las recetas clásicas de caza alcanzan muestras de perfección en Les Armures (otra sala envuelta en boiserie tal y como se presenta siempre un templo gastronómico en Suiza), al igual que las especialidades clásicas y carnívoras en el animado e imprescindible Bistrot du boeuf rouge.

- - Bistrot du boeuf rouge
En el ejercicio errante de vagar, Jean-Jacques llegó a Annecy y conoció a Madame de Warens, y así ha quedado acreditado en la plaza donde se produjo aquel primer encuentro o epifanía que otorgó al joven Rousseau estabilidad para pensar, para crear y así empezar a convertirse en lo que pronto fue el Jean-Jacques que conocemos. La ciudad de Alta Saboya se presta al paseo, al pensamiento y a una dulce vida entre caminos que conducen siempre al agua y a las montañas. Compatible con esta necesidad de andar se ofrecen numerosos puestos callejeros donde sirven excelentes bocadillos (sí, en Francia también saben hacerlos) de especialidades saboyardas o la posibilidad de degustar bocados reconfortantes de cocina regional en lugares que son casa como Chez Mamie Lise.

- - Puesto callejero en Annecy
Rousseau incidió a través de la palabra en la bondad intrínseca del hombre y en esa loa a aquel estado primigenio, Jean Jacques reivindicó su amor por la naturaleza, descubrió el lirismo en lo campestre y transitó sin rumbo por los Alpes. Aquellos paisajes antes considerados agrestes, hostiles y oscuros en su estado salvaje e indomable tornaron idílicos en su cosmogonía. Rousseau apreció, gozó y ensalzó al Mont Blanc y a la naturaleza que le rodeaba, preconizando el movimiento artístico y filosófico que estaba por llegar. "Hay un libro abierto siempre para todos: la naturaleza". Rousseau -como protorromántico de pro- fue pionero al declarar su admiración hacia el macizo del Mont Blanc, algo que no dudaría en suscribir ahora ningún viajero sobre todo si disfruta de las vistas en Hameau Albert 1er, de una copa en su piano bar o de la cocina alpina con raíz francesa dirigida por Damien Leveau. La excelencia tiene un nombre cuando aroma, gusto y sensaciones no son una opción sino una parte necesaria del conjunto.

- - Albert 1er
Un trayecto por la ruta de Rousseau no debiera ignorar jamás el dossier dulce ni, por supuesto, una obligada reverencia al chocolate como axioma. En Ginebra se revela necesaria la visita a Sprüngli, como en Annecy lo es tomar un macaron en Les délices de Manon o en Chamonix acudir a ese rincón goloso atemporal, Chalet 4810.
Rousseau estaría muy orgulloso si supiera que actualmente Ginebra es conocida por su Convención y los relojes, pero el regocijo de Jean-Jacques sería eterno si hubiera leído a Borges señalar en Atlas que "entre todas las ciudades del planeta (...) Ginebra me parece la más propicia a la felicidad". Y quién soy yo para contradecir a un genio -otro- de nombre compuesto.