Hay dos tipos de valencianos: los que aman las Fallas y los que, en secreto o sin tanto secreto, cuentan los días para que acaben. Es como la tortilla con cebolla o sin cebolla. O te posicionas o te posicionas. Término medio, poco hay.
Lo cierto es que yo he estado en los dos bandos. De pequeña iba a la Ofrenda con mis moños reglamentarios y ese arsenal de horquillas que mi abuela me clavaba en el cuero cabelludo hasta que casi lloraba. Para presumir hay que sufrir, dicen. Y sí, me sigue emocionando una buena mascletà, el olor de la pólvora, ver las maravillas que hacen los artistas falleros y llorar cada vez que oigo cómo empiezan a entonar el “Per a ofrenar...”.
Pero y aquí viene la cosa que no te hace menos valenciano. No puedo con el olor constante a fritanga -y a otras cosas peores en los días grandes- que invade cada esquina. No puedo con los petardos sorpresa que, por lo menos a mí, me hacen saltar dos metros del suelo. No puedo con las verbenas eternas debajo de casa. Una se hace mayor. Y, aunque lo diga bajito, no llevo las Fallas en las venas.
Mi padre me lo dijo hace unos días: “Sea donde sea, el 13 me voy”. Y no es mala filosofía. Así que si eres de los que necesitan silencio, un poco de paisaje y cero estrés durante estos días de marzo, aquí van tres hoteles en España perfectos para desaparecer estratégicamente mientras Valencia arde. En sentido figurado y literal.
Palacio de Helguera - Cantabria
Si la estrategia es huir, que sea a conciencia. Y pocos lugares se me ocurren mejor que estos. ¿Primer destino? Palacio de Helguera, en pleno corazón de los Valles Pasiegos.
Cantabria tiene eso que siempre funciona como antídoto al petardo y el ruido. Aquí lo que hay es un verde infinito, montañas, playas de espectáculo... En mitad de ese paisaje aparece esta casona del siglo XVII, mandada construir por un miembro de la familia Ceballos vinculado al Virreinato del Perú. Historia tiene. Y carácter, también.

Hoy es un hotel boutique de solo once habitaciones. El lugar es una delicia levantada en piedra de cantera, vigas de madera noble, techos altos... Cada habitación está dedicada a un personaje histórico y tiene su propio estilo, pero todas comparten lo mismo, amplitud, silencio y vistas al campo.
El interiorismo, firmado por Malales Canut, es otro de los puntos fuertes. A cada paso te das con antigüedades buscadas en Francia, Bélgica o Marruecos, tapices, vajillas, cristalería del siglo XVIII… y lo mejor, es que muchas piezas están a la venta. Si te encaprichas de un candelabro chino o de una vajilla antigua, puedes llevártela a casa.
A todo ello se suma su zona de bienestar. Y esta no es como las demás. Tiene una piscina climatizada que se abre al paisaje y que tiene dos zonas, una interior con chimenea (mejórame el plan) y otra exterior mirando a los verdes prados.

Si no quieres, no tienes ni por qué salir. La parte gastronómica la pone Trastámara, su restaurante, dirigido por el chef peruano Renzo Orbegoso. La cocina dialoga entre Cantabria y Perú, precisamente el propio palacio nació ligado al virreinato y su chef procede de allá. Producto local -anchoas de Santoña, merluza de pincho, carnes de los valles- y algún que otro guiño peruano bien integrado.
Aunque el plan pueda ser no salir en toda la estancia, lo bueno es que está en una zona estratégica para conocer maravillas naturales como los Urros de Liencres y pueblos muy cuquis como Puente Viesgo o Santillana de Mar y aprovechar para llevarte a casa souvenirs gastro como anchoas, sobaos o chocolate, que es muy típico en el pueblo.
Castilla Termal Monasterio de Valbuena - Ribera del Duero
El segundo es uno de mis favoritos indiscutibles. Ya van dos veces en las que me he quedado allí y cada vez, salgo más prendada que la anterior. Razones no le faltan. Así que cambiamos pólvora por piedra medieval y vino, en una huida estratégica a la Ribera del Duero. Y concretamente, al Castilla Termal Monasterio de Valbuena.
Aunque los momentos álgidos para visitar esta zona son en temporada de vendimia o en primavera y verano, cuando las viñas están en todo su esplendor, tiene algo de bucólico hacerlo también en estas fechas. La vid todavía duerme, quizás ha empezado a brotar tímidamente, anunciando lo que viene.

Sin ponerme romanticona, la verdad es que dormir en un monasterio cisterciense del siglo XII no es algo que se haga todos los días. El hotel, cinco estrellas, conserva toda la estructura monumental, pero adaptada al uso contemporáneo. A mí el momento este de pasear por el claustro e imaginar las pasadas del lugar, siempre me estremece. En la parte alta, han dispuesto habitaciones amplias con vistas a toda la zona y la parte baja, alberga la sede permanente de la Fundación Las Edades del Hombre, uno de los proyectos culturales más relevantes de Castilla y León. Así que el viaje puede ser gastro, relax y cultural.
Si hay otra cosa que marca la diferencia aquí, además del edificio, es el agua. Y donde esté un buen spa, pero de los de verdad, que se quite lo demás. Este se alimenta de aguas mineromedicinales con propiedades terapéuticas y el circuito termal es de los que te obliga a bajar revoluciones sí o sí. ¿Mi favorita? La experiencia para dos en la Capilla de San Pedro que merece mención aparte. Un ritual privado de contrastes, con piscinas a distintas temperaturas, baño turco, sauna...

La parte del vino también pesa. Porque queridos hedonistas, no estamos en cualquier sitio, estamos en la cuna de la Ribera del Duero. Se dice que bajo el monasterio, en la Bodega de los Monjes, una cueva histórica, hoy convertida en espacio gastronómico del hotel, es donde empezaron a elaborarse y custodiarse vinos siglos atrás. Tomar allí una copa, con un pequeño picoteo, es imprescindible. Además, el hotel produce su propio vino, Converso, nacido de los viñedos que rodean el edificio.
Si nos ponemos en materia gastronómica, aquí se juega en otra liga. El restaurante Converso, con la dirección culinaria de Miguel Ángel de la Cruz, apuesta por producto de proximidad real -huerto propio, gallinero propio, proveedores locales- y una mirada contemporánea sobre la tradición castellana. Lechazo, piñones, hortalizas de temporada, platos muy afinados... Una auténtica maravilla.


Y si pensabas que eso era todo, hay otro momento que realmente justifica el viaje y ese es el desayuno, recién reconocido como el Mejor Desayuno de Hotel en Madrid Fusión 2025. Pocas veces un hotel convierte la primera comida del día en algo memorable. Aquí lo hacen. Huevos de gallinas propias -de raza Castellana Negra-, fritos con una puntilla perfecta, acompañados de morcilla de Burgos, pisto, setas trufadas o torreznos. Una tabla de quesos locales, panes variados, dulces caseros, zumos, cafés que van del clásico al cold brew…
Una auténtica fiesta que nada tiene que envidiar a los buñuelos que te comes volviendo a casa a las tantas en Fallas. Con todo esto no te costará decir, “me voy de aquí, hasta que se haya quemado todo”. Palabrita.