Formó parte de una velada íntima en la que el menú Efímero dialogaba con la música en directo de alumnos del Conservatorio Superior de Castellón, bajo la dirección de Pablo Marqués de la Orquesta Sinfónica de Castellón. Y como en toda buena composición, hubo una progresión.
La secuencia del mar comenzaba en la orilla: frescura, salinidad, ese perfume reconocible de espigón que abre el apetito y sitúa al comensal frente al Mediterráneo. Pero es en esta segunda fase donde el relato se sumerge. “Mar profundo” no es solo un nombre, es una transición.
En la superficie, una espuma de ortiguillas —etérea, casi fugaz— actúa como umbral. Debajo, el plato gana densidad y pulso: la carnosidad precisa de la sepia del Grao, la untuosidad dulce de la gamba, y ese fondo marino que lo envuelve todo y lo alarga. Hay en el conjunto una sensación de descenso, de buceo lento hacia capas más silenciosas y complejas.
No es casual que Castellón sea terreno fértil para este tipo de discurso. Sus muchos kilómetros de costa poco profunda favorecen la abundancia de cefalópodos, protagonistas habituales de su recetario. En cambio, la gamba exige otra lógica: los barcos deben alejarse, recorrer millas mar adentro para alcanzarla. Esa distancia —física y simbólica— también se percibe en el plato, donde conviven lo cercano y lo remoto, lo cotidiano y lo excepcional.
“Mar profundo” es, en definitiva, un ejercicio de paisaje: un mapa comestible donde cada elemento ocupa su lugar exacto. Y donde el plato, más que una elaboración, es Castellón.