Una de las mejores cosas que pasan cuando descubres algo que te emociona es ir corriendo a decírselo a los demás. Es como la historia que se cuenta de la noche que pasaron Luis Miguel Dominguín y Ava Gadner, que hasta que no se lo cuentas a tus amigos, no vale para nada. Quizás por eso he acabado trabajando en esto. Compartir los lugares donde soy feliz por si a alguien le sirven para tener una sensación que se le parezca.
Cuando me siento a una mesa por primera vez, si me gusta mucho lo que está pasando, enseguida pienso a quién de mi entorno quiero traer. A quiénes les voy a mandar un mensaje en cuanto acabe. Eso es precisamente lo que me pasó con Xaruga. No había salido el postre y ya necesitaba contárselo a alguien. Es un medidor infalible para determinar mi grado de entusiasmo ante cualquier bar o restaurante.
La cena del pasado julio con amigos lo reafirmó. Tartar de tomate, croqueta de gamba roja –imprescindible–, el Wellington de anguila –un prodigio este plato–, risotto de puntalette, y magret de pato. Acabamos con un postre a base de ricotta y pistacho. La cocina de Amparo Nácher es pura elegancia –se notan las reminiscencias parisinas de su pasado laboral–. Producto local y técnica depurada que convergen en platos que en algunos casos, son un diez, como el citado Wellington. La sala también acompaña.
Desde la semana tienen nueva carta. Más otoño y menos verano. Hay muchos platos nuevos que quiero probar, también permanecen algunos clásicos de los que repetiré. Ya tengo decidido a quién me llevo esta vez.
