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el callejero

La espía de los pájaros

Foto: KIKE TABERNER

Yanina, una argentina que se vino a València cuando el corralito, realizó el control de las aves durante el confinamiento desde su azotea en medio de la Devesa de El Saler. Llegó a avistar 135 especies, más que cualquier otro ornitólogo de La Albufera

17/05/2020 - 

VALÈNCIA. La Albufera está exuberante. Comienza a llover con timidez y en unos minutos es casi obligado apartarse la mascarilla, liberar la nariz y aspirar con fuerza el aire que llega perfumado por la tierra húmeda y la siempreviva, una planta que dota a la Devesa de El Saler de un aroma muy particular. Una borrachera de olores que entran a chorro en los pulmones confinados del urbanita que camina excitado a través de la pinada. Yanina sonríe. Ella está habituada a esos placeres a los que se entregó cuando eligió vivir en La Devesa, en una de esas torres intrusas que se elevan cerca de la gola de Pujol.

Yanina Maggiotto es una porteña de 42 años que hace un par de décadas, cuando todo se volvió triste, angustioso y confuso en la Argentina del corralito, tomó la decisión más importante de su vida y se vino a València. Acababa de terminar la carrera de Turismo. "Había hecho el último examen en julio y el 4 de agosto de 2001 embarcaba en el avión", recuerda mientras avanza entre los pinos acarreando una cámara con un objetivo que es más grande que ella. Va camino del Estany del Pujol, el pequeño lago artificial que es un tesoro para las aves. Y Yanina adora los pájaros. "Siempre fui una loca de los bichos y las aves". Habla de la primera mitad de su vida, cuando pensaba que uno necesitaba un oficio más convencional, cuando dejó la gran capital para mudarse hacia el interior de la provincia de Buenos Aires, cuando se fue un año a Canadá y comprobó en sus carnes que el famoso chiste del argentino que se fue a este país -al principio está encantado con el paisaje, los ciervos, las primeras nevadas, pero luego acaba harto de tanta nieve y tanta naturaleza y tanto ciervo, añorando con fuerza su patria, el buen tiempo, los asados...- no era un chiste.

Hasta que la economía se desmoronó y casi la empujó, nieta de españoles, hasta España. Diez años antes, en el 91, sus padres visitaron España y de vuelta a Argentina le contaron a sus hijas que si había una ciudad a la que no volverían nunca, esa era València.

Hoy, treinta años después, los padres y sus dos hijas, cada uno por su cuenta, viven en València.

Y se ríen, claro. Y hacen bromas y dicen que habitan en la República Independiente de El Saler.

Pero todo tiene una explicación. "Cuando decidí venirme a España, busqué un lugar con dos requisitos: que no fuera una ciudad muy grande y que estuviera al lado del mar". Luego, encima, llegó y descubrió La Albufera, un paraíso para los ornitólogos, que, en realidad, casi nunca se llaman así y prefieren decir que son pajareros. El Parque Natural la deslumbró y allí, rodeada de naturaleza, de aves que van y vienen, entendió que ese era su lugar en la vida.

Aunque tampoco es que fuera una revelación. Hasta ese momento hubo un proceso. "Primero puse una agencia de viajes con un socio que acabó estafándome. Después entré en una empresa de teleco para trabajar como administrativa. Luego me quedé embarazada. Hasta que llegó un día en el que no aguanté más trabajar dentro de una oficina". Fue entonces cuando decidió estudiar para auxiliar de veterinario. "Me puse con aves exóticas y comencé a hacer voluntariados en el Centro de Recuperación de Fauna de El Saler".

Y ya en 2011, veinte años después de que sus padres viajaran a España y diez desde que se estableció en València, fundó una empresa, Visit Natura, enfocada al turismo de 'birdwatching', gente que viaja por el mundo para observar especies de aves diferentes a las de sus entornos. "Les recojo y les llevo a las esteparias, por Villena y Fontanars dels Alforins, al Marjal dels Moros (entre Puçol y Sagunt), Tuéjar y la zona de la Serranía para ver rapaces, y, por supuesto, a La Albufera", señala. Otras veces también visitan el Parque Natural del Hondo, en Elche, o las salinas de Santa Pola. "Y si es primavera y les apetece ver orquídeas, les llevo a Bocairent". Su principal clientela procede de los países escandinavos, del Reino Unido y de Bélgica y los Países Bajos.

Y cuando no está llevando a extranjeros a ver pájaros... se va ella sola a ver pájaros. Y en vacaciones, a ver más pájaros. En febrero fue a uno de los destinos ornitológicos por excelencia, la isla de Texel, en los Países Bajos. Su anterior escapada fue al Parque Natural Sierra de Andújar, en Jaén, para ver linces, águilas reales, rabilargos... Y antes de esa, a los Pirineos, "a ver a las especies de mayor altitud".

Foto: KIKE TABERNER

Ni siquiera el confinamiento pudo con su obsesión. Durante esos días de encierro, se dedicó a subir a la azotea de su torre. Allí plantaba el carísimo trípode de carbono de su carísimo catalejo de Swarovski -más de seis mil euros entre los dos- y se echaba horas contemplado las aves. Lo hizo Yanina y lo hizo el resto de pajareros de El Saler. "Hemos llevado las listas de observación desde casa. Aquí se ven bandos de aves constantemente". Y esta argentina curiosa, que había registrado 170 especies diferentes desde que llegó a la Albufera, que llegó a contabilizar 150 solo en un año, se convirtió esos días en la campeona de la cuarentena llegando a ver 135 especies, una cantidad muy elevada.

Un alivio para la Albufera

"El encierro se produjo en pleno paso prenupcial y muchas aves se estaban moviendo", recuerda desde esa misma azotea justo cuando pasa una pareja de gaviotas de Audouin, en peligro de extinción. Aquello es una atalaya con unas vistas imponentes: la Devesa, la Albufera y, al fondo, como un bosque de grúas, el puerto de Valencia, que se atisba en el horizonte. Hacia otro lado, la sierra de Corbera y el Cavall Bernat, hoy con una corona de nubarrones blancos. 

Desde allí arriba, con paciencia, con esos ojos educados a encontrar esos pequeños pajarillos, se regocijó con cada avistamiento. "Vi un picogordo, una cita histórica, el paíño, trenes de pardelas espectaculares, o una gaviota tridáctila, que es la primera vez que la veo en la Albufera. Y, por supuesto, en plena primavera, cópulas de lo que se te ocurra: charrancitos, cigüeñuelas, somormujos...  Y también delfines mulares". Porque está la Devesa pero también está el mar. Y esos días, en lugar de bañistas y gente haciendo equilibrios encima de una tabla, "había un manto de aves marinas".

Yanina aprovechó la oportunidad de volver a salir para redescubrir una Albufera que respiraba aliviada. No fue un cambio radical, obviamente, pero sí apreció pequeños detalles que le ilusionaron. "La naturaleza tuvo un respiro y se notó. Como no hay gente, los gatos asilvestrados se han ido a otra parte a buscar comida. Y la gente estuvo tiempo sin soltar a los perros que chafan los nidos y sus huevos. La presión humana ha desaparecido y eso se nota".

Pero eso se acabó. Yanina, la nieta del abuelo Antonio, quien le contagió el amor por las aves, sale en cuanto puede y se planta al borde del laguito artificial para ver si ya han nacido los pollitos del chorlitejo patinegro. Por detrás, como si eso de la fase 0 fuera en otro país, pasan los corredores sudorosos, los ciclistas con cara de intrépidos, pero también, y ellos sí a su hora, las ancianas que saludan al pasar, padres con niños acelerados y otras personas que ven poco más que los pinos. Ninguno, con catalejo o sin él, se detiene a ver si el somormujo ha empezado el baile del cortejo, uno de los más espectaculares que hay en España. O deleitarse con ese chorlitejo patinegro que parece una araña llena de patas porque debajo esconde a su cría. Todo eso lo muestra Yanina en la pantalla del móvil que engancha a la mirilla de su valioso catalejo. "Es el ATX95, que tiene unos aumentos brutales. Y la luminosidad de la óptica es de escalofrío". Y lo es cuando enfoca un ave y además de verla con detalle caes en la cuenta de que se ven también los pequeños insectos que corretean a su alrededor, a decenas de metros. "Sin este telescopio terrestre de Swarovski no hubiera visto el paíño, ni las pardelas cenicientas, una mediterránea...".

Cuando surge una duda, para contrastar ese matiz que diferencia una especie de otra, saca el móvil y abre la 'Collins Bird Guide', la guía más reconocida por los pajareros por la calidad de sus textos y sus ilustraciones. Aunque a veces, como cuando asoma entre los arbustos un conejo negro, no hagan falta catalejos ni guías para reconocer la fauna. Porque le apasionan las aves, pero también las libélulas y sueña con el día que pueda viajar a las islas de Indonesia donde pueda encontrar el dragón de Komodo. Que no solo de pájaros vive Yanina.

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