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el tintero / OPINIÓN

La margarita para la alcaldía

Foto: KIKE TABERNER

Estamos a unos meses de cumplir una nueva legislatura, y cómo ha cambiado la escena política valenciana. Hace cuatro años Rita Barberá mantenía su poderío como alcaldesa y pocos habríamos imaginado que apenas dos años después de su repentina muerte, el PP estuviera tan fuera de juego

17/10/2018 - 

Empieza a acercarse la hora de la verdad, tras un cuarto de siglo de hegemonía total y absoluta del Partido Popular en la ciudad de Valencia bajo el liderazgo indiscutible y arrollador de Rita Barberá (QEPD), incluso en sus horas más bajas se alzó con el triunfo en número de votos en las últimas elecciones municipales. Ya en los años donde los populares ganaban por goleada en todos los barrios de la ciudad, decían en el entorno de la alcaldesa, con cierta previsión, pero siempre confiando que tardara en llegar ese momento: “¿quién sustituirá a la alcaldesa en un futuro?”

Las sucesiones de grandes líderes nunca son fáciles, ni sencillas. Suelen acabar en un cambio de partido en el poder, suponen un importante trauma en las formaciones políticas porque un líder de verdad, especialmente los carismáticos –Rita lo era–, deja un gran vacío y pocos o ninguno se atreven a saltar al ruedo a llenar ese espacio, conscientes de las inevitables comparaciones y el frecuente alud de críticas que reciben.  Los ejemplos más claros se han vivido en la política nacional con Felipe González y José Mª Aznar, ambos marcaron una etapa en sus partidos y en la política española. Prueba clara es su todavía influencia en sus partidos y en el debate público, lo cual no hay que considerarlo como algo negativo.

El problema de los grandes líderes es que logran acaparar la atención mediática y eclipsan al resto de compañeros, y a veces hasta las propias siglas del partido. Especialmente en el ámbito local donde es fundamental la personalidad del candidato, si algo es cierto es que se vota a la persona más que al partido, sobre todo en los municipios más pequeños. En el caso de Valencia, es bastante razonable pensar que se votaba a Rita, pero no significa que todos sus votantes fueran del PP o mantuvieran fidelidad a las siglas con otro candidato.

Foto: EVA MÁÑEZ

La situación que, hace menos de un lustro, muy pocos habrían imaginado es la actual de los populares en su tradicional segundo bastión después de Madrid. Tras una legislatura con tres partidos gobernando la ciudad –Compromís, PSPV y València en Comú–, y pese a no haber grandes proyectos sobre la mesa y sí varias decisiones polémicas en áreas sensibles como la movilidad, la limpieza o las Fallas, la oposición ni está ni se le espera. Justamente en estos días conocemos la nueva ordenanza de movilidad, siempre con peculiares novedades pero la oposición tímidamente representada por el líder de Ciudadanos Fernando Giner, no está plantando la batalla que podría y debería para visualizar una propuesta alternativa los actuales gobernantes municipales. En los últimos días hay noticias sobre las dudas que algunos miembros del partido naranja podrían manifestar sobre su actual cabeza de cartel.

La cuestión es que a pocos meses de unas elecciones importantes, el partido (hasta ahora) más representativo del centro derecha, el PP, sigue sin encontrar ese hombre o mujer que pida los valencianos el voto. Es necesario destacar que en estos comicios se dirimirá si se produce una vuelta a cierto bipartidismo, es decir, recuperar algunas alcaldías perdidas por el centro derecha ante coaliciones multicolor, pese a haber obtenido en muchos municipios de la Comunidad Valenciana más votos el PP; o se consolida el multipartidismo y los llamados ‘gobiernos del cambio’, que es una forma de generar una imagen de renovación y modernidad de los nuevos alcaldes pese a que algunos además de una respetable edad, han hecho políticas ideológicas y por tanto más retrógradas que pragmáticas y adaptadas a la realidad económica y social del siglo XXI. Valga como ejemplo la obsesión por rotular las calles. 

Los populares han lanzado ya demasiados nombres y parece que ninguno quiere o puede asumir dicha responsabilidad. No hay que negar que las siglas también tienen un gran peso, y no sólo en los partidos tradicionales, los nuevos (ya viejos) también viven del tirón de sus siglas y sus líderes nacionales, pero si desde Génova no paran de retrasar la decisión, las cuitas internas irán in crescendo. Cierto es que la situación es muy complicada, que los clásicos están quemados y los nombres de la sociedad civil sean del entorno asistencial o jurídico no parecen dispuestos a hipotecar su carrera profesional, algo más que razonable en estos tiempos. La margarita del PP para deshojar parece eterna.

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