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La ciudad y sus vicios

La Punta: viaje a la zona cero de la Valencia autodestructiva

Doce años más tarde, en un fragmento huertano que fue asolado para convertirlo en cemento, La Punta, lo que quedó, vuelve a hablar

12/09/2015 - 

VALENCIA. Desde La Punta se ve la Ciudad de las Artes y las Ciencias cercanamente lejos, el Ágora al frente, aunque dando la espalda; desde La Punta se ve y se toca Nazaret, sus profundas heridas, su mar amurallado; desde La Punta se ve con proximidad vecinal un skyline multicolor de grúas y contenedores portuarios.

La Punta es una fracción de Valencia con la mala suerte de estar ubicada donde no le convenía, una ración huertana repleta de alquerías (tampoco una Arcadia. "Si ya casi no se trabajaban los campos...", dice Antonio junto a un charco) fulminada letalmente. A La Punta la sentaron en la silla eléctrica pero el engranaje se trabó y el desenlace se volvió tortuoso.

A la tarta se la comieron a bocados. En diciembre de 1994 Autoridad Portuaria, Ayuntamiento (PP), Generalitat (PSOE) y la SEPES, entidad pública del Ministerio de Fomento (PSOE) se conforman en akelarre para trazar la actividad logística de la futura ZAL en La Punta. En diciembre de 1999 se aprueba el plan para reclasificar como suelo urbanizable 716.000 metros cuadrados de suelo de especial protección agrícola. El resto, lo conocido. Espasmos, "una guerra de baja intensidad", la imagen cotidiana de los policías antidisturbios corriendo entre caballones, vecinos desde los tejados lanzándoles coles.

Según la oficialidad convertir La Punta en un gran polígono industrial, en unapéndice portuario, llevaba al puerto de Valencia a una nueva e ilusionante realidad; un daño colateral impepinable para garantizar el progreso de la ciudad. En 2002 casas y alquerías son derribadas. Los huertos se asfaltan, la vida desaparece. En junio de 2015 el Tribunal Supremo confirma la nulidad del plan de la ZAL y la Autoridad Portuaria lo lamenta aduciendo que las parcelas estaban ya urbanizadas.

La ZAL, apendice del futuro, no es nada, un mar de asfalto y hierbajos

Han pasado trece años desde que La Punta dejara de serlo. "Por entonces a la ciudad le daba igual lo que pasara aquí, no sabía ni situarnos en el mapa, imagínate ahora", clama un vecino. Ahora este es un escenario incongruente. Pocas casas atienden a lógica. En La Punta el pasado parece estar incrustado a la fuerza, a presión. Y la ZAL, el apéndice del futuro, no es nada. Un mar de asfalto y hierbajos. Ni naves logísticas, ni actividad, ni tan siquiera un espejismo. En la web en la que se promociona la Zona de Actividad Logística la palabra ZAL se ve de manera borrosa, engaña a la vista. Un botón de la página indica que el portal de transparencia está en construcción.

Es tan incongruente La Punta que delante de una alquería que acabó resistiendo luce una casona reluciente, por estrenar, que debía acoger la alcaldía pedánea y donde no sucede nada. En un solar presidido por el cartelón de obras en el que se anuncia la ZAL, Antonio el fontanero deja pasar la tarde junto a su perro. "¿De qué ha servido todo esto? Ya me dirás... Pero qué vamos a hacer, somos como la perdiz, que donde nacemos morimos".

Por detrás varias calles de adosados, algunos están señalados con nombres como Ca Sura o Casa Gualda, recordando la antigua identidad de los moradores. En su gran mayoría están habitadas por quienes eran vecinos entre huertas, quienes formaban el pueblo. A los cinco años volvieron pagando el doble que lo que recibieron por la expropiación. "La Punta era mi hogar, nunca pensé que dejaría de existir. Cuando tiraron mi casa, hacía tan solo seis meses que había acabado de pagar una hipoteca que pedí para restaurar la casa. Me encantaba pasear cuando llovía, caminar con mi hija pequeña contándole historias, el olor que aún se percibía del mar, ver el agua como se reflejaba cuando se estaba regando... era mi paraíso", cuenta Carmen González.

La zona cero 

A las puertas de uno de los adosados, la imagen. Un anciano espera sentado a la fresca. En lugar de campos calles de urbanización. "Recuerdo como podías ver todavía hornos morunos, cómo se trabajaba la tierra con animales, y cómo no, estar a la fresca al anochecer huyendo de los mosquitos", relata una de las vecinas más corajudas, Mamen Soler.

Caminando más al fondo, la zona cero. Una carretera rampa que lleva a ningún sitio. La vegetación surge silvestre contra el asfalto queriendo avisar de que todo esto era huerta. "Cada día tenemos que pasar por la que era nuestra casa, y no hay nada, hierbajos, un solar. Sentimos tanta rabia", muestra otro Antonio, reubicado a 200 metros de donde originalmente vivía. "Nos cambiaron la vida, tengo que estar pagando una hipoteca porque me quitaron mi casa y me tuve que comprar otra que me ofrecían muy cerca de la mía pero pagando más del doble de lo que nos dieron. Y todo para nada...".

"Rafael Aznar nos dijo que por nuestra culpa, provocando tanto retraso en las obras, se habían causado muchas pérdidas" 

Antonio habla con un sosiego apabullante y recuerda su encuentro con Rafael Aznar, presidente de la Autoridad Portuaria. "Nos dijo que por nuestra culpa, provocando tanto retraso en las obras, se habían causado muchas pérdidas... y que lo pagaríamos teniendo una expropiación lo más dura posible". "Cuando me reuní con él me aseguró que no tiraría mi casa hasta que el jefe de obra lo necesitara. Firmé el papel y al día siguiente me dijeron que me tenía que ir. No quise estar el último día, me fui a trabajar. Mi mujer me llamó y me dijo: ya están las máquinas aquí".

En La Punta, entre las múltiples contradicciones, sorprende, como una ironía con colmillo, la profusión ilimitada de farolas y bancos en caminos y parques donde nadie pasa, donde nadie hay, como una obsesión por iluminar la más tenebrosa de las oscuridades. En una callejuela invisible cuento hasta treinta farolas. En otra están a decenas abiertas por el cráneo tras sufrir el hurto del cobre.

Hay aquí caminos que no llevan a ningún sitio y otros que son evitados. "Evito pasar por allí, me duele tanto que no quiero ver que lo que fue tan hermoso y rebosante de vida hoy es un erial" (Carmen González). "Ahora ya casi no miro cuando paso hacia mi casa pero a veces me hace llorar pensar en todo el tiempo que estamos fuera de nuestra casa sin ningún motivo, en vano; impotencia, indignación, rabia, soledad, tristeza, dolor, añoranza, ganas de que todo el mundo sepa cuánto de mal nacido hay sin ninguna ética ni respeto por las personas" (Mamen Soler).

Una bici solitaria se acerca a la verja detrás de la cual lucen centenares de contenedores multicolor. Cuando se les pregunta a los vecinos por los días en que se 'desmontó' el pueblo la mayoría de ellos prefiere no entrar en detalles. "He querido olvidar hasta la fecha", dice Antonio. "Fue duro ver caer mi casa pero más sobrecogedor fue ver, al otro lado del Valladar, ver cuando a Sal•lus se le voló el sombrero y al intentar cogerlo un animal de la UIP lo echó al suelo y le puso la nota al cuello, una paliza sin motivo, cruel, que ha quedado impune", cuenta Mamen.

"En el asalto final la policía irrumpió en las casas de los vecinos que quedaban. A la gente se le trató como delincuentes y sin honor. Años después la justicia dice que todo el procedimiento es nulo. Esos vecinos y vecinas merecen un reconocimiento y una reparación", muestra Josep Gavaldà, miembro de Per L'Horta, presente en los estertores de La Punta. Y añade: "Tenemos a la vista dos grandes proyectos que reúnen características parecidas: la plataforma de un 'AVE' en paralelo al existente en l'Horta Nord y el acceso norte al Puerto de Valencia. Dependiendo de si el Ayuntamiento y la Generalitat se opone o no sabremos si hemos entrado de verdad en la 'nueva política' o todo ha sido una broma".

La Punta está sola. "Aquí no han venido ni a hacer graffitis". Aunque en las paredes de una casona hay uno que reza: "si me quitas lo que tengo y te pillo te busco la ruina". La Punta ya no es La Punta, tampoco es otra cosa. Hay muchas farolas, unos cuantos adosados, solares llenos de cemento y una pregunta sobrevolando: ¿de qué sirvió todo?

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