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el tintero / OPINIÓN

La tranquilidad silenciosa

Hoy justo cumplo 20 días de confinamiento con apenas tres salidas de abastecimiento en el mejor mercado del mundo, sí, el Central. El trabajo, las tareas domésticas y la cultura (con minúsculas) están ocupando mi tiempo y por supuesto la preocupación y la razonable indignación

1/04/2020 - 

Esta situación anómala y novedosa me inspira diferentes sentimientos y sensaciones, pero gracias a Dios el poder seguir trabajando desde casa y mi aprecio por la vida de hogar en su máxima expresión, me permiten estar viviendo durante esta primera veintena de confinamiento con relativa calma. Pero si tuviera que resumir las dos sensaciones que constantemente me asaltan, a veces en contradicción y otras en un saludable equilibrio serían: la tranquilidad y la preocupación. Todo ello a través del pensamiento y la reflexión personal y por supuesto del contacto constante con diferentes personas y con los medios de comunicación para conocer una realidad que difícilmente llegamos a asumir.  

En una reciente entrevista en prensa al filósofo Emilio Lledó respondía “he vivido la guerra y sabíamos lo que había que hacer, ¿pero esto, qué es esto, dónde está aquí la violencia, que es esta tranquilidad silenciosa que nos amenaza, ese peligro que no se oye, donde está ese virus inodoro, incoloro e insípido?”; efectivamente he tomado prestada su expresión para titular esta columna. Creo que la reflexión del filósofo resume el sentimiento de millones de españoles, estamos viviendo un tiempo absolutamente novedoso para la humanidad y por ello las reacciones y consecuencias son imprevisibles, así como la forma en la que reaccionaremos cuando todo pase (si pasa totalmente) y en este aspecto, Lledó muestra su preocupación, compartida por muchos seguro, “me preocupa que esto sirva para ocultar otras pandemias gravísimas, plagas como el deterioro de la educación, de la cultura y del conocimiento”, y remata la breve entrevista con una frase que a mi me trae automáticamente a la mente al presidente del gobierno: “Sobrecoge ver el poder que tienen sobre nosotros ciertas personas disparatadas, pues un imbécil con poder es algo terrible.”

Los populares aplausos de la ocho de la tarde empiezan a molestar, y no por un hecho sonoro que apenas dura un minuto, sino porque me suenan enlatados, en parte porque salen de personas que estamos encerradas en nuestros hogares, confinados. Pero no siento que sirvan de mucho, quizá los primeros días como reacción espontánea en la que sentíamos empatía con el vecino de enfrente, pero tras estos veinte días y con una realista previsión de meses por delante, no creo que los ciudadanos debamos manifestar apoyo aplaudiendo treinta segundos. Es más útil y lógico que sigamos cumpliendo con nuestras obligaciones, no sólo las de quedarse en casa y limpiarse las manos a todas horas, sino siendo críticos y exigiendo que nuestros irresponsables políticos, si no van a conformar un gobierno de los mejores para que aporten las soluciones más efectivas ante una crisis de tal magnitud, ante una guerra contra un enemigo invisible, que les critiquemos, les pidamos mesura en sus declaraciones y les denunciemos ante el uso de la mentira como herramienta política.

Este tiempo no debe hacernos olvidar que nos ha tocado vivir uno de los momentos más difíciles de la historia reciente, al menos del último siglo, con los peores gobernantes posibles al mando, y ello nos debe llevar a la esperanza de que un tiempo nuevo vendrá donde la armonía y la tranquilidad vuelva a reinar en nuestras vidas y ciudades. Algo muy positivo que podemos hacer durante estos días para nuestra mente es rezar, leer y escuchar música. Volví a coger una edición de bolsillo de Vida líquida del polaco Zygmunt Baumant y me encontré con este párrafo que sirve para finalizar con cierta dignidad este Tintero en tiempos de guerra.

“Quizá la descripción de la vida moderna líquida como una serie de nuevos comienzos sirva inadvertidamente para encubrir una especie de conspiración: al reproducir una ilusión compartida en común ayuda a ocultar su secreto más celosamente guardado (por vergonzoso, aunque sólo lo sea residualmente). Quizás un modo más adecuado de narrar esa vida sea contando una historia de finales sucesivos. Y quizás la gloria de la vida líquida vivida con éxito pudiera expresarse mejor a través de la discreción de las tumbas que jalonan su progreso que mediante la ostentación de las lápidas que conmemoran el contenido de dichas tumbas.”

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