Libros y cómic

DIBUJOS Y LETRAS

Adaptaciones ilustradas: los valencianos que hacen que una imagen valga más que mil palabras

  • Paula Bonet, con los lienzos de El año que nevó en València
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VALÈNCIA. Cuando los niños pequeños empiezan a leer, lo hacen siempre desde los libros ilustrados, un soporte que les ayuda a comprender las capas más complejas de las historias gracias a las ilustraciones. Gracias a estos libros entienden que una vaca es grande y tiene manchas negras sobre un pelaje blanco, y que una pelota es redonda y puede botar. Con las ilustraciones y las palabras pueden imaginar un mundo nuevo sobre lo que ya conocen. El arte del libro ilustrado parece que se va perdiendo conforme los niños crecen, aunque hay artistas que lo mantienen y defienden en las publicaciones más adultas. Desde València hay tres artistas que ayudan a complementar los textos con sus ilustraciones, para darles una nueva vida.

Ellos son Pedro Oyarbide con su reinterpretación de El principito (Lunwerg) de Antoine de Saint-Exupéry, Paula Bonet haciendo realidad el sueño de Rafael Chirbes al ilustrar El año que nevó en València (Cuadernos de Mangana) y Celia Mallada perdida entre las historias de El chico perdido de Thomas Wolfe. El trazo de estos tres artistas valencianos ayuda a que el lector pueda aproximarse a historias que ya conoce desde una nueva vertiente artística que deja al descubierto el arte de estos relatos. Exprimiendo al completo la complejidad de estas historias, Oyarbide, Bonet y Mallada logran que los lectores se conviertan en niños pequeños que descubren un mundo nuevo a través de sus ilustraciones, que acompañan a textos que cobran una nueva vida en sus manos.

  • Ilustración de El chico perdido -

Oyarbide se atreve a adentrarse en el asteroide B-612 gracias a que la historia pasó a dominio público hace poco. Junto con Lunwerg se puso manos a la obra muy rápidamente para intentar abordar las situaciones que vive este pequeño príncipe llegado de otro planeta al que empezó a leer para este encargo: “Debo ser de las pocas personas que aún no había leído El principito, pero acercarme al encargo sin haberlo leído me ayudó a generar mi versión propia siguiendo mi propio estilo con mucho detalle e información -como hace con las portadas de la saga Blackwater- respetando la historia”, destaca el ilustrador valenciano. Atendiendo a su primera lectura y viajando entre los mundos oníricos de la historia, saca a flote un dibujo imperfecto e imaginativo que ayuda a conectar con el imaginario de Antoine de Saint-Exupéry.

“Quería dotar de personalidad a los personajes, reflexionar sobre su relato desde otro punto de vista y aportar una nueva lectura. Lo hago planteándome esta publicación como un desafío de adaptar una historia mundialmente conocida a mi estilo, aunque la editorial me da total libertad para hacer lo que yo quiera. Versionar historias tan conocidas puede ser un reto muy complicado y a la vez muy enriquecedor”, explica el artista, que tras su primera lectura confiesa que se enamoró perdidamente del personaje del zorro como uno de los que más emocionalidad tiene a lo largo de toda la historia.

  • Ilustración de El Principito -

Homenajeando al escritor Rafael Chirbes la ilustradora valenciana Bonet se propuso cumplir su sueño de ver pintado su relato El año que nevó en València, un cuento en el que un niño acude a la fiesta de uno de sus tíos, y en los gestos, florece toda la violencia y la miseria contenida en un invierno de 1956. Antes de morir, Chirbes, deseó que su relato quedara pintado, pudiendo ver sobre el papel los paisajes que revelaba en su relato en el que paseaba por València, un sueño que Bonet cumple entre pinturas únicas que ayudan a crear “un libro con imágenes” para capturar sus memorias que se guardan del tiempo en la colección Intervenciones de la editorial Anagrama. Para Bonet este encargo, que propuso ella misma, es un ejercicio en el que puede imaginar la otra luz de València más allá de la de Sorolla, esta vez imagina una ciudad “cubierta por un manto nevado”, algo que le supone un “increíble estímulo plástico” y le ayuda a revisar su relación con la ciudad y verla desde otro lugar a tres niveles: cromático, histórico y emocional.

Empezar a pintar El año que nevó en València fue para ella una pulsión que se fue respondiendo con las infinitas maneras de leer a Chirbes en todas sus facetas: “Era un gran pintor, un gran historiador y una persona con una enorme sensibilidad para la pintura. La obra ya se defiende por ella misma, por lo que la fusión de la novela con el paisaje logra que el lector pueda acercarse a Chribes de otra manera”. A su vez, Bonet trabaja con enormes lienzos para pintar la València que imagina el escritor, intentando huir de la pintura que ella misma conoce: “La experiencia de pintar estos paisajes y leer la novela por capas me pone en un lugar de riesgo e incómodo, es lo que le pido a mi trabajo realmente: no quedarme en un lugar de patrón y repetición con lo que funciona. Probar relatos y formatos nuevos”, destaca la artista, que se sumerge en la nieve del relato con decenas de tubos de pintura y pinceles.

  • Uno de los paisajes propuestos por Paula Bonet para El año que nevó en València -

Enfrentándose a otro gran reto, el de retratar a El chico perdido de Thomas Wolfe, la artista valenciana Celia Mallada trabaja en pintar lo que supone la pérdida y la ausencia vivida desde la infancia. Buscando la razón de ser de Wolfe para componer esta historia, se anima a ilustrar un relato que pretende atraer a nuevos públicos a través del arte. Lo hace con un libro que, a pesar de su crudeza, desvela nuevas capas de emocionalidad a travçes de la ilustración: “El libro ilustrado puede servir para atraer a nuevos públicos a través del arte y la imagen. Este encargo plantea el reto de reinterpretar una historia muy emocional al arte para dividirlo en cuatro partes y presentarlo al lector”.

Releyendo a Wolfe con nuevos ojos, Mallada encuentra en El chico perdido una forma de comprender las diferentes capas de la novela y a su vez dotarla de vida a cada nueva parte, desde una niña que va corriendo entre las páginas del libro hasta un niño que mira por la ventana con la mirada perdida: “Es otra nueva forma de leer e imaginar lo que quiere contar Wolfe, y sirve también para que el lector se aproxime de otra manera a su historia”, explica la artista, quien como Bonet y Oyarbide se enfrenta al reto de releer una obra e imaginarla desde el trazo, para volver a presentarla al mundo con una visión personalísima que puede servir para comprender el universo de los autores de una forma completamente diferente.

  • Ilustración de El chico perdido -

 

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