VALÈNCIA. Cosamala (Seix Barral) es un novela de ecos y murmullos, de melodías de otro tiempo y, a la vez, nuevas. Una composición en la que todas las voces suenan en su lugar gracias a la delicada y exigente batuta de Alana S. Portero. Después del éxito arrollador de La mala costumbre, la escritora viaja en su segunda novela al pueblo sevillano de Guillena con una obra que recupera la historia de las conocidas como ’17 rosas’, un grupo de mujeres torturadas y fusiladas por ser familiares de milicianos republicanos. Lo hace en un texto con ecos de Federico García Lorca o Rafael Chirbes, una novela gótica, sureña y antifascista que se alimenta de las leyendas orales y lo sobrenatural para probar la urgencia de los fantasmas del pasado.
- ¿Cuáles son esos ‘fantasmas’ a los que necesitabas dar respuesta con Cosamala?
- Los fantasmas que me han movido a escribir Cosamala son unos fantasmas comunes que tenemos como país. Hay algo que no está resuelto en su historia, a lo que no se mira de frente. Muy a menudo escuchamos que se escribe o se filma demasiado sobre la Guerra Civil y no es verdad. Se escribe mucho más sobre el Imperio romano y nadie se queja. Es algo que está sin resolver y por eso hace lo que hacen los fantasmas, que es volver y señalarnos el pasado.
Personalmente, además, la violencia contra las mujeres a lo largo de la historia es un tema que me apela y me obsesiona, sobre todo en tiempos de guerra. El cuerpo de las mujeres como herramienta de chantaje y de tortura hacia los hombres. Sobre estas violencias se empezó a hablar de una manera más global a partir de la guerra de Yugoslavia, en la que se cometieron atrocidades contra las mujeres, aunque es un tema que no se ha tratado lo suficiente.
Yo establezco una línea continua entre estas mujeres, las mujeres de la Guerra Civil, las mujeres en Yugoslavia y la caza de brujas, un feminicidio que se extendió tres siglos. Hay algo que no me deja descansar, que me obliga a escribir sobre ello.
“Se escribe mucho más del Imperio romano que de la Guerra Civil y nadie se queja”
- La novela está inspirada en el caso de las ’17 rosas’ de Guillena, que fueron torturadas y fusiladas en 1937. Hacerlo desde la ficción, ¿supone una presión añadida o es liberador?
- Me libera, pero porque se puede ficcionar sobre un hecho histórico sin traicionarlo. Sobre las '17 rosas' de Guillena ya se ha escrito con un trabajo historiográfico muy riguroso, cualquier acercamiento por mi parte en este sentido sería reiterativo y frívolo. Creo que la ficción nos ayuda a digerir los hechos históricos, a entender las cosas. Decía Proust sobre Flaubert que su obra cambiaba la lámpara del mundo de sitio, lo que nos permitía ver otros matices y formas. Esto es lo que hace la ficción y lo que he intentado hacer con Cosamala: cambiar la lámpara de sitio y ver qué sombras arrojan todavía la muerte de esas mujeres, los crímenes fascistas y la guerra civil española.
- La novela recupera la brutal represión de esas mujeres pero habla también de una forma de hacer comunidad.
- Me interesa mucho cómo las personas que lo han perdido todo o están a punto de perderlo se unen. Más si son mujeres. Cosamala surge de un detalle muy concreto; como casi todas las escrituras, en realidad. Cuando lees sobre los crímenes fascistas contra las mujeres en la Guerra Civil muchos testimonios cuentan que, cuando el pelotón está dando ya las voces previas al disparo, siempre se abrazan -incluso aquellas que no se conocían- y cómo los soldados tienen que ir a separarlas.
En ese último abrazo, que me parece instintivo, una pulsión absolutamente pura de amor y de intentar protegerse, hay una historia que contar. Me obsesiona ese gesto. Es la demostración más pura y absoluta de la sororidad. En ese abrazo, además, hay mujeres que toman el papel de cuidadoras y otras que necesitan la protección de alguien que tiene más entereza, de manera instintiva se reparten los roles. Quería comprenderlo. Todo el libro, en realidad, es el proceso de cómo esas mujeres llegan a establecer ese abrazo.

- En este sentido, me parece muy significativo ese momento en el que asesinan al marido de una de las protagonistas y casi nadie les ayuda a trasladar el cadáver, cómo se genera esa comunidad de mujeres al tiempo que, en otro plano, se fractura la sociedad.
- Esa es la palabra perfecta: fractura. En un evento histórico como una guerra civil esencialmente lo que se produce es una fractura. Me interesa mucho ese proceso de cómo, en este caso en un pueblo pequeño, hay personas que un año antes estaban bailando juntas y al siguiente están matándose o dándose la espalda. Matándose, en todo caso, por acción o por omisión. Conozco qué es la propaganda, cómo se inflaman las pasiones, algo que el fascismo hace muy bien, pero ese proceso me sigue pareciendo un misterio. Hay una sombra que va de pueblo en pueblo, un rumor de sangre y de violencia que asusta a las personas antes de llegar, que deja las sociedades completamente desnudas. Estaban, sobre todo, condicionados por el miedo.
- Uno de los personajes históricos que aparece en la novela es Queipo de Llano, que precisamente en uno de sus discursos decía: "Nuestros valientes legionarios han demostrado a los rojos cobardes lo que significa ser hombres de verdad. Y de paso también a sus mujeres [...] Ahora sabrán lo que son hombres de verdad y no milicianos maricones”. En Cosamala te acercas, a través de él y otros personajes, a esas dinámicas de la maldad, ¿cómo ha sido ese proceso?
- Esto Queipo de Llano lo sintetiza muy bien, sus discursos eran violencia destilada. Aunque todavía se discute si pronunció esta frase, dijo otras parecidas. Yo creo que el mal, sin blanquearlo, somos también nosotros y nosotras. El mal no es un ente que viene de fuera, posee a una sociedad y la destruye. El mal es humano como la capacidad de amar y eso convierte a Queipo de Llano en eso mismo, en un ser humano, aunque sea muy difícil humanizar a una persona como él, un tipo ambicioso y con una maldad muy pura. Yo quería mirarlo de cerca, preguntarme por qué. Es la única manera de contar el mal sin frivolizar, sin blanquearlo y de manera relativamente creíble, entender que tú puedes formar parte de este mal. No estás exento de, en un momento dado, comportarte como una bestia.
- Supongo que esto tiene que ver también con la idea de la responsabilidad individual.
- El mal no es un fin, es un proceso que se compone de males que a veces son muy pequeños, omisiones de las que todo el mundo es capaz. En algún momento de nuestras vidas, todos hemos omitido algo o hemos hecho una cosa que creíamos pequeña y que ha colaborado con un mal mayor. Yo quería tener esa foto completa que, efectivamente, termina en Queipo de Llano como representante de un mal casi absoluto, pero humano de todas formas.

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- Foto: Isabel Wagemann
- En el relato de un encuentro entre Ramón de Carranza y Queipo de Llano escribes: “Vencer significa asegurarse del tiempo necesario para educar a los derrotados y al país entero”. Me parece muy significativo en un país en el que, por ejemplo, Queipo de Llano no fue exhumado hasta 2022 o Carranza daba nombre al estadio del Cádiz C.F.
- Esta idea del tiempo para educar a la gente se me ocurrió leyendo algo que le pasó a Max Aub . Al volver a España a finales de los 60 pensaba que le recibiría una sociedad que estaba esperando la vuelta de su generación para levantarse, pero nadie se acordaba, la gente estaba bien. Aparentemente, claro. Una dictadura lo primero que crea es una casa, define unos contornos que, si has nacido en ella, son los tuyos. Es normal que sea tu normalidad. La única manera que tiene de perpetuarse es instalándose dentro del corazón y la mente de las personas. Con las armas, pero también con la educación y la propaganda.
El proyecto del Frente Popular era un desafío a lo que había sido España hasta entonces: hablaba de acabar con terratenientes, con el poder del ejército y luego con el poder de la Iglesia. Cuando se levantan en armas y dan el golpe de Estado se tienen que asegurar de que no vuelva a pasar porque hay un pueblo que ha llegado a rozar una vida más ancha, ha llegado a saber cómo huele algo de libertad.
"La dignidad en este país la ha mantenido las asociaciones de memoria histórica, las familias de personas represaliadas e historiadores"
- Años después del regreso de Max Aub tenemos el ejemplo de otro autor, Agustín Gómez Arcos, que vuelve a España sin que su obra genere interés.
- Justo. Es un buenísimo ejemplo. España ha fracasado miserablemente mirando a la Guerra Civil y a la dictadura y por eso habrá continuamente otra novela y otra película de la Guerra Civil. Yo soy bastante crítica con cómo surgió la Ley de Memoria Histórica, porque se hizo como un elemento de propaganda cuando Zapatero necesitaba ese empujón. El PSOE había tenido muchos años para hacerlo y no se hizo nunca; al revés, echó más tierra de la que había y eso hay que asumirlo.
Independientemente de que la ley haya tenido consecuencias muy positivas, la dignidad en este país la ha mantenido las asociaciones de memoria histórica, las familias de personas represaliadas y los historiadores y las historiadoras que han mirado esto de frente. Pero España, desde que muere el dictador, está en un galope hacia adelante absurdo que no le permite hacer las cosas bien. A los muertos hay que enterrarles, a la guerra hay que mirarla y poner luz y taquígrafo sobre lo que sucedió. Es indignante que las asociaciones de memoria histórica tengan que estar rascando financiación como quien pasa una lata del Domund por la calle. Es una desvergüenza absoluta.
Este país es infantil en su relación con la guerra civil española. Es de un infantilismo que me sonroja. Por un lado, la derecha piensa que el cuento de hadas de la dictadura franquista es creíble y se sostiene, lo cual es absurdo. Por otro, la izquierda está en un galope constante hacia adelante, con alguna excepción, pero caminando hacia el horizonte y dejando atrás un camino de huesos y de gente que necesita saber qué ha pasado con sus familias. Además, parece que cada vez que hay un trabajo cultural o una aproximación histórica un poco seria aparece un coro de grillos diciendo: ¡qué pesadez con la Guerra Civil!
Lorca simboliza y reúne en su persona y en su condición de autor un proyecto político y poético de país que quedó cercenado.
- ¿Por qué crees que esquivar la mirada es tan generalizado?
- Porque somos las herederas de nuestras abuelas, que tenían mucho miedo y no querían hablar. Y tenían motivos. Es normal tener un miedo infantil, pero cuando creces y maduras tienes que mirarlo de frente. No significa que una persona mayor no pueda tener miedo, pero no puedes seguir con el silencio de tu abuela. El de tu abuela es lógico, lo hacía para protegerse, pero no debería ser el tuyo. Al revés, si quieres hacer un poco de justicia tienes que preguntar por qué no pudo hablar. España es también un país muy perezoso para estas cosas, le cuesta enfrentarse a sus demonios. Nos pasa también con la colonización en Latinoamérica, por ejemplo. La justicia tiene que ser adulta, no puede basarse en reacciones pueriles.
- Una de las grandes cuentas pendientes, también desde lo simbólico, es Federico García Lorca, cuyo eco resuena en Cosamala. En este año, además, en el que se conmemora el 90 aniversariode su asesinato y vuelven a correr ríos de tinta sobre él, incluso hay quien quiere despojarle del elemento político.
- El elemento lorquiano en la novela era una deuda personal por lo muchísimo que me ha proporcionado como lectora y como escritora. Le debo mucha emoción, me enamoró para siempre y ya no me dejó salir. Yo quería reinterpretar a Lorca, quería ver si era capaz de hacer mía su música, su mundo simbólico. Quería, además, explorar al Lorca esotérico, del que se habla un poco menos. Cosamala es, entre otras muchas cosas, un acto de amor a Lorca.
En lo político, Lorca simboliza y reúne en su persona y en su condición de autor un proyecto político y poético de país que quedó cercenado. Lorca era la figura más sobresaliente de su generación, la más conocida y querida. Siendo un hombre de izquierdas y del pueblo, que simpatizaba con ese proyecto del Frente Popular, era un hombre que no le pedía el carné a nadie. En la Barraca había falangistas y seguían haciendo teatro por los pueblos. Matar a Lorca fue un gesto brutal de los golpistas y un aviso que decía: si somos capaces de matar a este, que es el más querido y el más famoso, imaginaos lo que vamos a hacer con el resto.
Todas estas excusas que se ponen con la muerte del Lorca, que le arrancan su importancia política y lo fían todo a lo personal, vuelven a ser un gesto infantil para que la derecha pueda disfrutar a Lorca sin traicionarse a sí misma. Lo que hay que entender es que la derecha puede disfrutar a Lorca sin traicionarse, simplemente mirando qué se hizo mal, mirando que sus antepasados políticos cometieron un crimen. Ya está, así de sencillo. Luego una puede disfrutar y se puede emocionar leyendo a Lorca siendo de izquierdas y de derechas. Eso no es ningún problema. Pero hay que mirar la historia como adultas.

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- Foto: Isabel Wagemann
- Con el personaje de La Tórtola parece que también cumples una deuda con la memoria del colectivo LGTBI en ese periodo histórico. En un momento de la novela dice: ”Todos los maricones somos el único maricón de España”.
- Precisamente el personaje de Tórtola sintetiza en sí misma ese proyecto de país lorquiano de alegría, arte, juego y libertad. Es un homenaje a estas figuras de género juguetón, esta mariquita andaluza que puede ser una mujer trans, una travesti o una figura de la feminidad alegre que convive en su sociedad de una manera muy particular y hermosa. También es un homenaje a un arte que quedó absolutamente destrozado después de la Guerra Civil. El cabaret español exportaba figuras a Weimar, era absolutamente único. Parte de la sociedad española la formaba personas como La Tórtola. Travestis, mujeres trans o maricas; gente disidente que veía que quizás en ese proyecto de España que venía tenían una oportunidad. Es un personaje que sueña con un país concreto y, de hecho, lo celebra.
- De La Tórtola también se dice en un momento de la novela: “Debajo del cachondeo tiene la idea de muerte siempre al alcance”.
- La España del Frente Popular también estaba lejos de ser perfecta. Una persona como Tórtola, si en la España de 2026 lo tendría complicado, en la de los años 30 no tendría una vida ni muchísimo menos fácil. Si para mí ha estado tan cerca, si yo he sentido esa pulsión de muerte en mis propias carnes tantas veces, cómo sería en los años 30. Tampoco hay que idealizar la situación. De nuevo, la mirada adulta a un proyecto que te parece ilusionante y que hubiera transformado el país no significa que no lo veas con toda su complejidad. Tórtola hubiera sido de las últimas en disfrutar de esa libertad.
- Las novelas de Rafael Chirbes o sus diarios también forman parte de esa ‘biblioteca’ detrás de Cosamala, ¿qué ha supuesto su influencia?
- Había leído todas sus novelas, pero sus diarios supusieron un terremoto personal. Creo que ha sido una de las lecturas más transformadoras de mi vida. Nunca como leyendo esos diarios entendí lo que la literatura te exige, lo que le debes a esta profesión y lo que te tienes que sacar de dentro. También hay una empatía personal que no puedo explicar, algo que me conectaba con ese hombre encerrado en su habitación, desesperado, al que le cuesta escribir; comido por la ansiedad y que solo encuentra calma en la lectura y en la escritura compulsiva. Leer sus diarios es hacer el mejor taller de literatura posible. Chirbes me ha hecho mejor escritora. Le debo todo, ha sido una presencia constante, otro de los fantasmas siempre presentes en Cosamala y que va a seguir presente en mi obra. De hecho, en lo siguiente que estoy escribiendo hay una influencia aún mayor de él.
“Nunca como leyendo los diarios de Chirbes entendí lo que la literatura te exige”
- Precisamente te quería preguntar por el propio proceso de escritura. Leyendo Cosamala da la sensación de cada palabra importa, que forma parte de un engranaje en el que cada pieza está elegida con muchísimo cuidado.
- Gracias por notarlo porque ha sido una pesadilla, la verdad [ríe] Le he dado todo lo que tenía. Cosamala es una propuesta a la que si no le hubiera dedicado un trabajo muy minucioso, se hubiera ido de madre. Estaba a un milímetro de resultar un pastiche, lo que me aterraba. Es una novela con elementos góticos, sobrenaturales, históricos, lorquianos... si no tienes muchísimo cuidado al hacerlo, puede ser un desastre absoluto. Estoy muy segura de no haber cometido un exceso y de que no es un desastre, de que es una novela única que no se parece a otra, aunque tenga mucho de otras.
La escritura ha sido muy minuciosa. De hecho, a mitad del proceso cayó más de la mitad de la novela porque entendí que el tono se me estaba escapando. Es una novela que tenía que tener un tono de leyenda oral, pero al mismo tiempo una lírica muy específica relacionada con el campo y un mundo simbólico lorquiano y gótico que me ha influenciado siempre, que suene a la música Lorca pero estando contaminado por mi propia música. Ha sido un trabajo muy lento.
- La mala costumbre se enmarca en esa España de los 80 y en Cosamala habla de la Guerra Civil, dos momentos muy distintos pero ambos de ruptura, ¿hay un hilo invisible que conecte ambos libros?
- En realidad, estas conexiones las voy entendiendo cuando me lo decís. Cosamala era mi forma de levantarme contra La mala costumbre, que creo que es la obligación que tenemos las personas que escribimos. Intentas separarte de tu propia obra todo lo que puedes, pero al final entiendo que todas las personas que escribimos tenemos temas y obsesiones que, como un fantasma, se aparecen, aunque no sea voluntario. Esta también habla de un grupo de mujeres que se cuidan, son nexos que están ahí. Al final una escribe para entender lo que le pasa, lo que siente y lo que odia.