Libros y cómic

REÍR EN EL MUSEO

Carlos Reyero rastrea las risas que el arte quiso esconder: "Sonreír es algo moderno"

En ‘Las risas del arte’, Reyero recorre la pintura occidental del Renacimiento al siglo XX para repensar la risa más allá de museo solemne y de los códigos morales de cada época

  • Jacob Jordaens, El rey bebe, 1640, Bruselas, Muse?es des Beaux-Arts de Belgique
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VALÈNCIA. “Uno se puede reír de todo, pero no con todo el mundo”, decía el humorista francés Pierre Desprogues. A lo que Carlos Reyero, catedrático en Historia del Arte, añadiría que “uno tampoco puede reírse en cualquier lugar ni en cualquier momento”. En su libro Las risas del Arte (Cátedra, 2026), reflexiona sobre cómo históricamente nos hemos resistido a reír ante una obra o dentro de un museo, porque la risa se asocia con la diversión, y la diversión no siempre parece tener cabida en un espacio solemne, muchas veces sagrado, ni ante obras que fueron concebidas para su digna contemplación.

En el capítulo Reírse con el arte, reírse del arte, Reyero recuerda cuando el pintor valenciano José Benlliure expuso en la Nacional de 1876 El descanso en la marcha, donde se ve a un grupo de militares risueños. Los críticos cómicos de aquel certamen -Salvador María Granés y José Mariano Vallejo- compusieron entonces unos versos que decían: “Aunque en el cuadro se ríen, no se reirán del cuadro; pues, si bien su último término parece descuidado, los soldados españoles son unos grandes soldados”. Lo que, en palabras de Reyero, dejaba una conclusión clara, “de los soldados españoles no se ríe nadie. Ni en pintura”.

Este es solo un ejemplo de cómo en el arte no siempre ha sido lícito reírse. Reyero también recuerda el caso de una pintora y un profesor de dibujo que, por haberse reído en un museo, fueron obligados a pasar una noche en comisaría. “Para divertirse ya había otros lugares”, se pensaba entonces. Ahora, por lo contrario, nos fascina lo cómico. “Quizá ninguna época ha estado tan obsesionada por reír como la nuestra. Tanto es así que la Inteligencia Artificial, al recrear personajes históricos, siempre lo hace como si estuvieran riendo. Ríen, pero no sabes de qué”, cuenta el crítico. 

Quizá es por esa razón que Reyero ha querido rastrear la presencia de la risa en el arte occidental. Para que nos podamos reir con más conciencia. O, como explica a Culturplaza el mismo autor, para comprobar que lo “estético también puede tener algo de divertido, de agradable”. A lo largo de casi doscientas páginas muestra cómo la risa ha estado presente muchas veces de manera inconsciente y otras de forma deliberada, incluso para perpetuar el poder y los estereotipos sociales. De quienes se reían años atrás era de los pueblerinos, los bufones o los enanos. No de los soldados. 

Un viaje que invita a pensar también sobre qué significa la risa hoy, por qué hay obras que, pese al paso del tiempo, siguen provocando una sonrisa y otras no. Y también cómo el museo ha configurado cánones de comportamiento que no siempre resultan fáciles de romper. 

Sobre todo esto, la risa como sospecha, como poder o como gesto liberador, conversa Carlos Reyero con Culturplaza. También, sobre el Museo de Bellas Artes de València, que dirigió brevemente, y sobre si en sus salas la risa está más presente de lo que parece.

  • Vicenzo Campi, Los comedores de ricotta, 1580, Lyon, Musée des Beaux-Arts

-¿La historia del arte ha tendido a mirar la risa con sospecha? ¿Qué le inquietaba más de ella?
-Hay bastantes razones, pero una fundamental es que la risa es algo muy efímero y circunstancial. Nos reímos de algo que sucede en un momento concreto, y eso se considera frívolo e intrascendente frente a un arte que aspira a la permanencia y que ha estado históricamente al servicio del poder. La risa desestabiliza. Por eso es algo que se ha ocultado y marginado. La comedia siempre ha sido considerada menos importante que el drama. Incluso en Hollywood se premian más los dramas que las comedias, porque se tiende a ver lo cómico como un arte menor.

-Planteas una paradoja muy potente: la risa es efímera, pero convive con la aspiración de eternidad de la obra de arte. ¿Es ahí donde nace esa incomodidad?
-En efecto. Existe esa idea de que cuando vemos una pintura o una escultura -las obras del gran arte- las asociamos a lo solemne, a lo serio, a los espacios religiosos o institucionales. Sin embargo, a veces la risa aparece de manera inesperada, incluso anacrónica. Y esa reacción también es una forma de acercarse a la obra de arte.

-Durante siglos lo cómico quedó relegado a lo bajo o lo corrupto. ¿Por qué la risa se ha asociado históricamente a lo vulgar o despreciable?
-
La risa se ha utilizado históricamente para despreciar a quien se ríe. En contextos religiosos, por ejemplo en el Escarnio de Cristo, quien ríe aparece como moralmente despreciable. También en la pintura burguesa o en representaciones de campesinos: el que se ríe no suele ser el modelo noble. Ha existido una tendencia histórica a pensar que quien se ríe lo hace de tonterías, de cosas vulgares. Hasta tiempos relativamente recientes, además, las personas no sonreían ante la cámara. Si observas retratos, tanto masculinos como femeninos, posan con seriedad. Sonreír es algo moderno. Hoy nos resulta empático que alguien nos sonría, nos acerca a esa persona, pero durante siglos no fue así.

  • José Benlliure, El descanso en la marcha, 1876, Museo del Prado

-El bufón aparece como una figura relevante, alguien que exagera y ridiculiza. ¿Ha necesitado históricamente el humor esa figura para existir en el arte?
-
Sí. El bufón es una figura que se utiliza para advertir de la risa, para indicar de alguna manera que se invita al espectador a reír. Tiene un carácter carnavalesco. Su función es divertir, y por eso aparece en muchas representaciones de carnaval. Es una figura que señala que la risa es posible.

-En el capítulo sobre la monstruosidad explicas que lo fantástico puede suscitar miedo, pero también risa. ¿Por qué lo grotesco es un territorio tan fértil para lo cómico?
-Hoy en día no nos reímos de la deformidad o de los defectos físicos de los demás; nos resulta políticamente incorrecto y nadie se atreve a burlarse de quienes se apartan del canon, pero en el pasado los códigos morales eran otros. En las cortes europeas, no solo en la española de Felipe IV, había figuras destinadas a hacer reír, a provocar la burla. Y eso eran enanos, cuerpos deformes, figuras grotescas… Hoy esas imágenes nos producen una sensación ambivalente; incluso nos avergüenza la risa que pudieron suscitar. Sin embargo, en algunos casos, como en Velázquez, esas figuras están pintadas con tal humanidad que nos provocan más compasión que risa.

-Señalas que la risa en el arte puede ser cruel, que puede reforzar estereotipos. ¿Hasta qué punto ha sido cómplice de prejuicios sociales?
-Lo ha sido mucho, pero los códigos morales varían. Lo que antaño era aceptable hoy puede resultar inaceptable. El feminismo, por ejemplo, ha puesto en cuestión muchos códigos que durante mucho tiempo no se consideraban socialmente rechazables. El humor contra las mujeres o contra las personas homosexuales era muy habitual; también ocurría en la literatura, el humor gráfico y en el arte. Hoy no nos reímos de eso, quien lo hace suele ser socialmente despreciable. 

Pero la risa, además de estar asociada a la diversión, también ha estado vinculada a una forma de poder. Muchas veces nos reímos para reafirmarnos, para despreciar aquello que no compartimos y para reforzar nuestras propias ideas.

  • Louis-L'eopold, Reunión de treinta y cinco cabezas de expresión, MUba Eugène-Leroy

-Cuando ya no compartimos los códigos culturales que activaban una risa, ¿esa risa desaparece o simplemente cambia de sentido?
-Claro, eso lo explico en el libro, en el epígrafe Risas pasadas no garantizan risas futuras. De muchas de esas figuras hoy ya no nos reímos, y conviene recordar que no lo hacemos. Pero también ocurre a la inversa: hay cosas que en su momento no estaban pensadas para provocar risa y que ahora nos resultan cómicas. Personajes casi en pijama, con gorros de dormir -que entonces eran una forma de huir de lo ostentoso- hoy pueden hacernos reír. El sentido cambia. Lo que antes provocaba risa deja de hacerlo, y lo que no la provocaba puede empezar a suscitarla.

-Hoy muchos museos se reivindican como espacios de experiencia, con conciertos, talleres o actividades familiares. ¿Es una forma contemporánea de recuperar esa dimensión festiva que el arte pudo tener en otros periodos?
-Yo creo que sí. Hoy tendemos a asociar la visita al museo con una forma de ocio y de entretenimiento, y el ocio está bastante vinculado a la risa y a la diversión. Todas esas estrategias buscan ver el museo desde otro punto de vista, introducir otras maneras de acercarse a la obra de arte, asociadas a la sonrisa o, al menos, a pasar un buen rato.

Nadie va al museo con la intención de pasarlo mal. Sin embargo, hay que pensar que muchas obras, sobre todo las de carácter religioso o vinculadas a lugares sagrados, estaban concebidas originalmente para suscitar sufrimiento o recogimiento. Eso ha cambiado. En el fondo, también contienen una dimensión risible.

-Después de leer tu libro, ¿crees que alguien se sentirá más legitimado para reír dentro de un museo?
-No lo sé. El museo tiene algo de espacio sagrado, donde hay que guardar una cierta compostura. No hablar en voz alta ni reír a carcajadas. Yo tampoco invito a gestos exagerados, porque el museo no está hecho para eso. Pero sí sugiero que la percepción estética puede tener también algo de divertido, de agradable. No se trata de ver las obras únicamente como algo distante, sino también como algo cercano.

-Durante un breve periodo dirigiste el Museo de Bellas Artes de València. ¿Recuerdas alguna obra donde la risa esté más presente de lo que parece?
-
Hay una obra atribuida a El Bosco, un tríptico en el que aparecen figuras grotescas, comparables a las que menciono como el caso del Escarnio de Cristo, en la que quienes se ríen de Cristo son seres grotescos. Cuando el espectador los contempla, puede llegar a reír por lo extravagante de esas figuras.

También pensaría en otras obras, por ejemplo del siglo XIX, de carácter costumbrista, que pueden tener ese sentido más gracioso. La mosca, de Cecilio Pla, con esa figura femenina que sonríe entre las cortinas, podría ser otro caso.

  • Cecilio Pla, La mosca, Museu de Belles Arts de València

-València tiene una tradición festiva muy potente: fallas, sátira, caricatura. ¿Crees que aquí la risa tiene una relación distinta con lo artístico?
-La risa tiene patria. Tiene espacio y tiempo. El sentido de lo risible o de la burla presenta particularidades valencianas, españolas o francesas; hay una idiosincrasia. Es un fenómeno antropológico y universal. Todos sonreímos y reímos, pero en circunstancias locales concretas. El arte valenciano es importante precisamente porque es universal. Muchos artistas nacieron en València y alcanzaron fama internacional. Para mí, sí existe una idiosincrasia valenciana, como puede existir una andaluza u holandesa, pero esas obras trascienden siempre el referente local.

-Después de este viaje, ¿te interesan más las obras que hacen de la risa algo explícito o aquellas donde aparece de forma más ambigua?
-
Bueno, me acaban interesando todas. No creo que pueda separar unas de otras. Cuando uno escribe un libro sobre un argumento concreto, no atiende solo a los valores estéticos, sino que desarrolla una línea de análisis. En este caso, he equiparado obras de primer orden con otras de segundo porque quería hablar de la risa. La risa es un ingrediente más, y soy consciente de ello. Pero si tuviera que elegir por interés plástico, probablemente me inclinaría por aquellas con mayor calidad estética, independientemente de la risa.

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