Libros y cómic

SILLÓN OREJERO

Cuando los nazis tuvieron fuerza para censurar películas estadounidenses en… Estados Unidos

Precuela, un libro de Rachel Maddow recuerda la poco conocida de la lucha antifascista en el Estados Unidos de los años 30, cuando los nazis eran “respetables”

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VALÈNCIA. Una noticia curiosa sobre el 23F fue la actuación del coronel de Infantería Ricardo García Garchitorena. Según publicaron el Diario 16 y El País, la noche del golpe de Estado acudió con un grupo de ultraderechistas al Gobierno Militar de Madrid con la intención de tomar el lugar. Cuando entró al despacho del general Rafael Allende Salazar, gobernador militar de Madrid, este se percató de sus planes y le colocó una pistola en el pecho. Con el golpista neutralizado, llamó a la policía militar, que redujo a los asaltantes. 

Esta es una de tantas historias del 23F que han pasado inadvertidas. La verdad es que es muy cinematográfica, me extraña que no haya reparado en ella Cercas para su libro y posterior serie. Pero el suceso es aún más curioso si rascamos en el pasado del coronel Garchitorena. Cuando era adolescente, en los años 30, militaba en la Falange y, junto a su primo, Manuel Álvarez Zalba (teniente general, destituido en 1984 por Narcís Serra) planeó un atentado contra Largo Caballero

No les salió bien de milagro. El 15 de marzo de 1936 (quince días después de la segunda vuelta de las elecciones que dieron la victoria al Frente Popular) Su idea era acercarse hasta su casa, que le llamaran por teléfono, que lo tenía junto a la ventana, y tirotearle desde la calle. Cuando lo hicieron, no estaba en su domicilio, por lo que el teléfono lo cogió su hija, que no fue alcanzada por ninguna de las balas. Fueron atrapados in situ, pero el tribunal solo les condenó a pocos meses. 

Este episodio de nuestra preguerra tampoco es muy conocido y, desde luego, nunca lo he visto insertado en las dinámicas violentas de “la primavera del Frente Popular”. Ni siquiera en Cifras Cruentas, de Eduardo González Calleja, se menciona. Es un dato interesante para el debate sobre si el golpe del 18 de julio estuvo propiciado o fortalecido por lo sucedido en esos meses. Yo no creo que esos enfrentamientos callejeros causaran el golpe, soy de la tesis de que las motivaciones son más profundas y prosaicas. Incluso, siendo lo más benévolo posible con esa teoría, creo que el motivo por el que muchos se sumaron al golpe a raíz de esos sucesos no fue como reacción a la violencia, sino porque eran unos criminales y unos tarugos si pensaban que subvertir el orden es coherente con acabar con la violencia política. 

Sin embargo, leyendo Precuela, de Rachel Maddow (Capitán Swing, 2026) me ha llamado la atención cómo en Estados Unidos, en la misma época, diferentes grupos fascistas, como Silver Legion, Christian Front o American White Guard, recurrieron al terrorismo con la finalidad de desestabilizar socialmente el país de manera que el caos sirviera como pretexto para imponer un gobierno fascista. No solo tenían detallados planes para llevar a cabo esta estrategia, desbaratada y descubierta por agentes encubiertos, participaron en peleas callejeras de forma constante, acosaban a los judíos por la calle y vandalizaban sus comercios. En 1940, llegaron a colocar bombas en fábricas de munición, en una de ellas murieron 48 trabajadores. 

Hablábamos hace pocos días de Fritz Kuhn, el líder del movimiento nazi estadounidense German American Bund, y de su famoso mitin en Nueva York. En esta obra aparece en varias ocasiones. La autora relata que iba presumiendo por ahí de su amistad con Adolf Hitler, y que supuestamente el führer le había rogado que no cesara en su lucha. La prueba de ello es que había una foto en la que salían ambos juntos y la leyenda “Unidos a Alemania, obligados con América”. 

También, que la organización llegó a tener campamentos de verano las ciudades más importantes de Estados Unidos. Estas instalaciones tenían campos de tiro y en Los Ángeles llegaron a hacer directamente maniobras militares. Entre los nazis estadounidenses, generalmente aparecían alemanes, por supuesto, pero también italianos y rusos. 

El FBI tardó mucho en intervenir, lo hizo empujado por la inteligencia militar. No obstante, desde el punto de vista cultural, que es nuestro negociado, lo más alucinante es el papel tan importante que tuvo una película. Al más puro estilo estadounidense, uno de los mayores problemas que tuvieron que afrontar los nazis yanquis fue Confessions of a nazi spy, protagonizada por Edward G. Robinson en 1939, sobre un agente del FBI que desmantela una red nazi en su país y basada en hechos reales. De hecho, el agente que pasó por esa experiencia participó en la gira promocional de la película, decía: "Los hechos que aparecen en esta película son algo que el pueblo estadounidense debería conocer; los espías nazis están entre nosotros, y la nación necesita reforzar sus esfuerzos de contraespionaje antes de que sea demasiado tarde; Solo hemos arañado la superficie". 

Kuhn denunció a Warner Bros y reclamó cinco millones por daños y perjuicios, y la película fue censurada. Le quitaron las alusiones a los judíos, no podía quedar patente que los nazis vendían el mensaje de que todo lo malo del mundo, como la guerra que había estallado, era culpa de ellos. Joseph Breen, director de la infausta Production Code Administration, era un antisemita que declaró que era “injusto” representar a Hitler como un “loco gritón y un represor sanguinario”. 

Ya en el rodaje, muchos actores dimitieron porque tuvieron miedo a represalias por las amenazas que recibieron. Algunos tuvieron que ir con guardaespaldas. A Robinson casi se lo cargan en un sabotaje en el que le cayó un aparato de casi treinta kilos del brazo que sostenía el micrófono. Al investigar el incidente, se descubrió que la estructura había sido serrada. En el estreno, la policía tuvo que colocar francotiradores para prevenir más ataques nazis. 

Hubo propietarios de salas de cine que recibieron cientos de cartas y llamadas telefónicas amenazantes por proyectarla. En algunos cines, los nazis plantaron piquetes para impedir que entraran los espectadores. En otros, directamente arrasaron todo el patio de butacas. 

Lo bonito es que muchos propietarios de salas no se achantaron. Algunos pusieron pases extra durante el día, abriendo el cine a las diez de la mañana. En uno de los casos, según la prensa local: “[el propietario] sentía que su cine no solo prestaría un servicio patriótico al exhibir una película de este tipo, sino también porque creía que haría a los estadounidenses más conscientes de la increíble amenaza de espionaje que existe en nuestra democracia”. 

Maddow señala que la película supuso una concienciación masiva. Llegó a millones de espectadores, tuvo más influencia que la prensa. Se considera la primera vez en la historia que una película de Hollywood tomaba una posición política tan clara sobre la actualidad. El impacto fue tal, pese a una censura que simpatizaba con la causa nazi, que el resto de estudios se lanzó a producir guiones similares. El resto es historia. 

Se trata de un episodio histórico muy interesante y del que merece la pena tomar nota, porque hoy, las redes sociales, donde están las grandes audiencias cada día, son un espacio tomado al asalto por el movimiento internacional que hay detrás de Trump y Putin, la amenaza neofascista y criminal que tenemos encima.  

  • Joseph Breen
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