VALÈNCIA. Quien busca, se dice, encuentra, sin embargo, a la realidad no le preocupan demasiado nuestras sentencias y hasta ahora se nos niega visualizar hasta el ochenta y cinco por ciento de la materia que conforma el universo. Sabemos que está ahí por sus efectos gravitatorios, una interacción extremadamente débil (un imán sirve para vencer toda la atracción de un planeta como la Tierra) identificable a escala galáctica, pero que sepamos, con nada más. No emite luz, no la refleja, es decir, nada de relacionarse con nuestro querido campo electromagnético, el que hasta ahora ha sido y es nuestro modo principal para observar nuestro alrededor cósmico. Por eso, porque no podemos verla, la hemos llamado materia oscura. Es uno de los grandes misterios de la ciencia, uno especialmente estimulante dado que si bien parece que estamos muy lejos todavía de poder responder a cuestiones como las esenciales sobre el origen de todo esto —que no son filosóficas, sino científicas—, sí intuimos que no debemos andar muy lejos de la detección de la materia oscura. Y sin embargo, nada. Ni rastro de ella más allá de su influencia.
Las máquinas con las que tratamos de hallar alguna pista son prodigios colosales en su tamaño y tecnología: artefactos puestos en funcionamiento por equipos de centenares y miles de mentes. Algunos se encuentran bajo tierra y otros en el espacio. Nada. De momento nada. Pese a ello, hay que seguir buscando, buscando y pensando en diferentes señales que pudiesen estar ocultas a simple vista, donde simple vista desde luego es de todo menos simple, pero al menos accesible con los métodos e instrumentos de los que ahora disponemos. Eso es precisamente lo que la catedrática de física de Harvard Lisa Randall y su equipo han estado haciendo y que ella misma ha contado en La materia oscura y los dinosaurios. La sorprendente interconectividad del universo, que publica Acantilado con traducción de Javier García Sanz, y que se suma a otros fantásticos libros de la científica en esta editorial como son el extraordinario Un viaje a las dimensiones extra del cosmos, o El descubrimiento del Higgs.

- La materia oscura y los dinosaurios. La sorprendente interconectividad del universo, de Lisa Randall -
La búsqueda de esas señales ha llevado a Randall a una idea sorprendente y que conecta la extinción de los dinosaurios con la materia oscura a través de un mecanismo que implicaría ciclos de 32 millones de años durante los que el paso del sistema solar a través de un disco de un tipo interactivo de materia oscura dispararía cometas de la nube de Oort contra la Tierra. “El estudio de la materia oscura difícilmente es el camino más obvio para abordar tales preocupaciones. La materia oscura y los dinosaurios es un libro sobre lo que nos rodea en el sentido más amplio—nuestro entorno cósmico y las notables intuiciones que los avances científicos ya nos han deparado—y sobre lo que futuros avances quizá lleguen a revelar. Sin embargo, pensar en la materia oscura me llevó a reflexionar sobre nuestra galaxia, lo que me enseñó más sobre el sistema solar, lo que me condujo a centrarme en los cometas, lo que me llevó a una mejor comprensión de la extinción de los dinosaurios, lo que me llevó a contemplar la fragilidad del equilibrio que permite que florezca la vida (entendiendo por ello la vida que existe hoy en la Tierra).
Si interferimos en ese equilibrio, podríamos sobrevivir, y el planeta ciertamente lo hará. Pero no está tan claro que las especies con las que convivimos y de las que nos servimos sobrevivan a cambios radicales”. Si hablamos de ciclos, no cabe duda de que el actual es muy diferente al del lejanísimo 2015 de la publicación original del libro. Entonces aún podíamos soñar con que nos preocuparían como sociedad las especies con las que convivimos, o siquiera una siguiente generación de la propia especie. No obstante, la reflexión de Randall es muy pertinente porque haciendo honor al subtítulo del libro muestra hasta qué punto está todo conectado. El problema es que hoy día tal conexión se enfrenta a la reacción de un estado mental colectivo que promueve la ruptura y la pertenencia a tribus. Por desgracia no sirve aquello que pensábamos (hace ya mucho) de que son unos pocos que hacen mucho ruido. Ahora el tribalismo es la norma, la tendencia que gana elecciones para tratar de suprimirlas después. La materia que buscamos es oscura, pero también lo es su contexto: la ciencia sea vista por muchos como una amenaza y como un gasto inútil. Manda la creencia. Son tiempos oscuros.
No sabemos cuándo hallaremos la primera y tan ansiada evidencia de la existencia de esa materia escurridiza que mantiene todo unido y que Randall y su equipo tratan de identificar en el disco de nuestra Vía Láctea, ni cuál será su exacta naturaleza, ni si será de hecho lo que suponíamos u otro fenómeno no matérico que ahora no atinamos a concebir. Sea como sea y sea lo que sea, también energía oscura expansiva del universo, física interna de los agujeros negros, gravedad cuántica de bucles, cuerdas, existencia de agujeros blancos o de gusano, de lo que sí podemos tener la certeza es de que el descubrimiento que cambiará con toda seguridad el futuro de la humanidad, por las implicaciones que seguro tendrá en tanto nuevo y vastísimo territorio del que extraer conocimiento, no se producirá en las esferas del matonismo anticientífico, ni en la ruina de los centros de investigación gobernados por fanáticos ni en las redes sociales envenenadas por el odio y la desinformación. Será el brillo de la ciencia y la razón el que con luz o sin luz ilumine tanta oscuridad.