VALÈNCIA. No creo que tenga más mérito que el de haber nacido en una fecha determinada, pero el black metal de la oleada de los años 90, fundamentalmente el noruego, lo escuché prácticamente según salió, con uno o dos años de retraso. Nunca olvidaré al chaval de Almería con el que me carteaba quien, tras ver mi lista tape trading, me dijo que me dejase de historias, que me iba a pasar algo que sí era realmente nuevo. Era el De Mysteriis Dom Sathanas de Mayhem.
Tardé unas semanas de escuchas repetidas en pillarle el punto, pero cuando lo hice fue una revelación. Era cierto, ese metal no se había hecho antes. Luego fueron cayendo los otros grupos y tuve unos años muy estimulantes. Habrá quien piense que es imposible, pero en los 90 había cierta crisis metalera. La sensación era que no había más opciones que Pantera, demasiado americano, o Blind Guardian, demasiado anclado en el pasado, toda vez el death metal aparentemente se había quedado estancado en 1992.
Yo salí de esa sensación de bloqueo con el metal underground de entonces, donde estaban todos los sonidos, del death sueco y otras variantes al doom, del gothic al grind, que luego se han convertido en dominantes durante décadas. Y el black metal ahí tuvo un papel central. Era una de las propuestas más radicales, con permiso del género grind/crust/noise, que también tenía las patas muy cortas. El tipo de riff que creó Snorre Ruch y que incorporó Mayhem fue una innovación que llevó el metal a una nueva dimensión.

- Immortal
La historia de ese tipo de riff es maravillosa. El guitarrista grabó una cinta en la habitación de su casa destinada a que los compañeros de su grupo se aprendieran las canciones, ya que vivían en otros pueblos. Por las limitaciones técnicas, le salió ese sonido, que le gustó a Euronymous, padre de Mayhem, e incorporó a su disco. La idea se extendió a decenas de grupos y, para mí, ya por 1998 el género había dado de sí prácticamente todo lo que podía dar.
Todavía siguen saliendo discos de black metal por cientos, quizá miles, y grupos de otros estilos, como el metal progresivo, incorporan partes black metal. Ya es un canon, una forma de hacer música definida, un cliché, y se replica, más como deporte o entretenimiento que por una verdadera pulsión creativa como entonces. Aunque admito que haya quien piense lo contrario y siga pillándose discos actuales, para mí todo quedó en los 90.
Y tal y como lo cuento, lo sentí. Para mí, básicamente, era un sonido. No solo el metal, también el rock lo disfruto como lo que es en términos estrictos, una interpretación, y cuando un grupo se sube a un escenario entiendo que lo que realiza es una actuación, en el sentido más concreto de la palabra. Es decir, la literalidad no es obligatoria. No veo la película La matanza de Texas porque yo sea un asesino ni porque quiera asesinar a nadie. Como espectador, pacto con la ficción para divertirme. Sé que no es real ni mis reacciones a lo que veo lo son. Es algo que viene ya de los antiguos griegos, pero bueno, en la cultura popular del capitalismo no siempre se entiende. El consumidor se aliena con el producto hasta el punto de creer que debe convertirse en él.

- Emperor
Mi impresión es que este fenómeno alienante, frecuente desde los propios Rolling Stones, conduce a actitudes en los aficionados que han dejado de ser adolescentes que son ciertamente ridículas. A veces no se compra música y entretenimiento, sino una personalidad y un lugar en un mundo encasillado y predefinido. No lo censuro, pero no va conmigo y menos a mis cuarenta y pico años.
Es como si te gustan los donuts y ya tienes que llevar plugs o dilatadores en las orejas imitando el agujero del bollo y, cuando sales el fin de semana, recubrirlas también de chocolate. Todo encaja, te gustan los donuts y vas de dónut por la vida. Me dirán que no se puede comparar un bollo industrial con un disco, aunque ambos sean bienes de consumo derivados de la producción en masa capitalista, pero vete tú a decirle al ingeniero químico que patentó el azúcar glaseado del dónut que no es un artista. Sinceramente, me lo parece y más que muchos músicos que llenan las páginas de las revistas especializadas. Y no me refiero a la estética, que dios la bendiga, sino a las creencias.

- Varg Vikernes (Burzum)
Las cuales, de alguna manera, son inseparables del black metal. Entre los primeros músicos noruegos y unos cuantos suecos se formó un grupo terrorista que quemaba iglesias y se cometieron asesinatos. El más notable, el del pope de toda la movida, Euronymous, comunista de línea Pol Pot, a manos de Varg Vikernes, del grupo Burzum, más bien nazi, que también sacó cuatro discos magníficos antes de que irse a prisión por ese crimen y solo le permitieran tocar un teclado.
De todo esto me enteré con nitidez en su día. Sabía de la quema de iglesias, que a Vikernes le encontraron dinamita en casa para volar más y de que el otro asesinato, el cometido por el batería de Emperor, fue a un homosexual. Cuando el de Dissection asesinó a otro gay, en 1997, no recuerdo haberme enterado. Entonces, todo era boca oreja. El caso es que esas historias formaban parte de la leyenda, pero no hacían que la música fuese mejor o más rompedora. Simplemente, indicaba que había gente que se tomaba la temática de esta música tan en serio como para salir de casa a quemar iglesias, llevándose algún bombero por delante, y encima la mitad eran nazis militantes, como los que corrían detrás de nosotros para darnos palizas durante esa década.
Y ahí quedó la cosa. Al menos para mí, porque con los años, y no digo ya con Internet, esta leyenda se fue difundiendo e interesando a todo aficionado a la cultura popular. Se convirtió en la puerta de entrada al black metal. Era parecido a la gente que se interesaba por la heroína en los años 70 por rollos musicales, solo que al revés, había quien leía estos sucesos violentos y se decía “tendré que escuchar estos discos”. Me imagino que por atracción morbosa.
Entonces, se dio la paradoja de que gente que no sabía citar más de tres grupos de black metal de los 90 me recomendaba que leyese el libro Señores del caos (Es Pop). En ese volumen, por lo visto, estaba la panacea, la leyenda, todo lo que había que saber. Esta Navidad, aprovechando los días de descanso, he decidido poner fin a mi ignorancia y me he leído el libro. Mi reacción ha sido curiosa: se me han quitado las ganas de volver a escuchar black metal en todo lo que me queda de vida.
La razón principal es porque el libro no es de música. No se analiza ni el más mínimo sonido, ni la continuidad ni mezcla de géneros que, desde los 80, lo fueron configurando. No se cita a absolutamente nadie hablando de músicas ni examinando las diferentes propuestas que presentaba cada grupo seminal, de los que dieron forma a lo que luego ha sido imitado y replicado hasta la saciedad en todo el globo terráqueo.

- Arcturus
Solo se habla de los sucesos y de la ideología que los motivó. Como fan de la música es muy decepcionante, porque toda la teorización filosófica sobre black metal, como ya expresé aquí, no me ha interesado nunca lo más mínimo. Encima, a veces es de una profundidad asombrosa lo expuesto. Vikernes explica el origen de su interés en la wehrmacht porque de pequeño su vecino solo le dejaba cogerse esos soldaditos cuando jugaban. Y yo, que también tuve mi fiebre obsesiva con la wehrmacht a los 20 años, me creía banal por tener esta su origen en las novelas de Sven Hassel, que devoraba en verano sin nada mejor que hacer.
Pero lo más duro es cuando el relato pasa a Alemania y cuenta cómo unos blackmetaleros asesinaron a un compañero de clase de forma repugnante. Sumado al nulo arrepentimiento de los que asesinaron homosexuales en parques, leer todo esto me ha producido una gran nausea. Existe una parte interesante, la de cómo estos músicos rechazaban gustar, en el sentido de ser populares, como le pasaba a los grupos de death a principios de los 90, y llevar estéticas estadounidenses cool. Esa faceta automarginada, que encaja con la postura estética de la propia música, puede ser incluso loable desde el punto de vista artístico, a mí me parece una forma de punk.
En cambio, la vertiente de ser tan sumamente acomplejado y cobarde que descargas todo el odio a ti mismo asesinando a una persona indefensa en un momento de máxima vulnerabilidad –cuando busca sexo con desconocidos en un parque- es de estar en el último nivel sub-cero de las ratas de cloaca. Seguir presumiendo de ello, banalizándolo años después, despreciable: una cobardía podrida frente a la vida, que encima hoy es muy vulgar, porque está empezando a ser mainstream con el auge de la ultraderecha y lo que Mauro Entrialgo ha denominado malismo.
Encima, músicos a los que respetaba y no pensaba que estaban tronaos, como Hellhammer, batería de los citados Mayhem, pero también autor de los dos primeros discos de Arcturus, para mí obras maestras, en estas páginas se revelan como racistas ramplones, alienados al cien por cien con la ultraderecha de su país. Dice, creyéndose sensato, que sus compañeros, en lugar de quemar iglesias, debían haberlo hecho con mezquitas, a ser posible cuando estuvieran llenas. Es una cita literal. Decía esta semana Jimina Sabadú que, más que separar la obra del artista, en la mayoría de ocasiones es imprescindible no enterarse de lo imbéciles que pueden llegar a ser. Yo solo añado: Amén.