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Ni verdad, ni reparación, ni justicia: la muerte de Inmaculada y las grietas de la Transición

Marta García Carbonell, Esther López Barceló y María Palau Galdón investigan en su nuevo libro el fallecimiento de una adolescente en un reformatorio

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VALÈNCIA. El 19 de septiembre de 1983, la democracia todavía no había alcanzado los muros del reformatorio de San Fernando de Henares. De lo contrario, este relato sería muy distinto. Ese día, Inmaculada Valderrama murió al precipitarse desde el tercer piso de este recinto vinculado al Patronato de Protección a la Mujer. Tenía catorce años y estaba bajo tutela del Estado. Pese a las incongruencias que presentaba el caso, se archivó rápidamente y su nombre quedó sepultado en la desmemoria colectiva.

Con Inmaculada. La muerte que precipitó el final del Patronato (Libros del KO), Marta García Carbonell, Esther López Barceló y María Palau Galdón rescatan esa historia del olvido. Y lo hacen al tiempo que desmontan algunos de los relatos más complacientes sobre la supuestamente modélica Transición española e impugnan cualquier intento de edulcorar el régimen franquista. A golpe de fragmentos de archivo y entrevistas a supervivientes, familiares y otras personas implicadas en la tragedia, las autoras se adentran en el funcionamiento del Patronato, una institución destinada a disciplinar y castigar a aquellas jóvenes que transgredían el ideal nacionalcatólico del “ángel del hogar”.

El volumen llega tras Indignas hijas de su patria, el trabajo realizado por Palau y García con prólogo de López Barceló (Alfons el Magnànim), en el que ya exploraban algunos de los abusos cometidos por esa entidad. Ahora, las investigadoras no solo reconstruyen las dudas y sospechas que rodean la muerte de Inmaculada, sino también la continuidad de estructuras represivas que sobrevivieron al franquismo mucho después de la muerte del dictador. Y lo hacen al tiempo que recuperan las vivencias de esas mujeres cuya existencia fue considerada desechable e irrelevante.

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-El germen de esta obra puede encontrarse en vuestro anterior libro, donde aparecía brevemente este caso. ¿Por qué decidisteis continuar tirando de ese hilo?
-María Palau Galdón:
Tanto para nosotras como para las decenas de investigadoras que hoy están estudiando el Patronato, Inmaculada fue durante muchos años una obsesión colectiva que nos permitía entender por qué el Patronato se cerró en 1985 y por qué, tras su muerte, el cierre llegó relativamente rápido, teniendo en cuenta lo mucho que el Estado había tardado en mirar hacia esos reformatorios. Dentro de esa obsesión compartida, nos conjuramos para intentar contar la muerte de Inmaculada, pero sobre todo su vida. No queríamos resignarnos a asumir que a esta niña solo le había pasado la muerte; le habían pasado muchas más cosas.

-El texto sigue una estructura detectivesca, en la que quien está leyendo os acompaña durante el proceso de investigación. No presentáis solo el resultado final, sino también las frustraciones, escollos y casualidades que van surgiendo…
-Marta García Carbonell:
Llegó un momento en el que estábamos tan obsesionadas con Inmaculada y con saber qué le había pasado, que sentimos que era importante que el lector se contagiara de esa emoción y de los pasos que dábamos. Además, era una manera de denunciar las dificultades que tenemos las investigadoras para descubrir qué le pasó a una niña que murió en 1983. Y ocurrieron cosas casi de película. No tenía sentido, por ejemplo, no contar que contratamos a una detective privada para encontrar a la familia. Todo eso aportaba emoción e intriga a la lectura.

-Esther López Barceló: No queremos que nos lean solo personas interesadas en feminismo, memoria democrática o derechos humanos. Nos gustaría llegar a quienes creen que estos temas no les interesan. Porque Inmaculada es un true crime. Tiene la vocación de contar un crimen real y su investigación.

-Y en ese camino os vais encontrando expedientes desaparecidos, documentos a los que es muy difícil acceder, carpetas vacías en archivos ministeriales, olvidos... El libro se convierte en cierta manera en una reivindicación sobre la importancia de conservar la memoria colectiva para que estas historias no se pierdan.
-E. L. B.:
De hecho, nos ha ayudado muchísimo el archivero Sergio Gálvez. Él habla del “modelo español de impunidad” y de cómo forma parte de ese modelo que no ocurra nada cuando desaparece documentación o cuando no se puede acceder a archivos que siguen en manos de órdenes religiosas. Hemos normalizado obstáculos que no deberían ser normales. Si existe una carpeta vacía en el archivo de un ministerio, alguien debería rendir cuentas. Debería existir una trazabilidad del documento: saber si desapareció intencionadamente, si se perdió, quién fue el último responsable…

-Inmaculada también recoge los testimonios de las supervivientes del Patronato. A menudo parece que fueron mujeres completamente ignoradas, como si su sufrimiento no hubiera importado. Sin embargo, lo que cuentan demuestra que aquella vivencia las marcó para siempre, que moldeó su forma de estar en el mundo.
-M. P. G.:
Frente a esos silencios documentales, que para nosotras no son accidentales, y frente a una documentación escrita en su mayoría por hombres, con un sesgo patriarcal, misógino y nacionalcatólico, teníamos la posibilidad de escuchar a las supervivientes. El Patronato estuvo activo hasta 1985. Nuestras madres, tías o abuelas podrían haber pasado por allí. Es absurdo hablar del Patronato sin escucharlas: sus testimonios eran fundamentales para entender cómo fue el internamiento de Inmaculada. 

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-Otra cuestión importante a lo largo de estas páginas es el silencio de las órdenes religiosas, algunas de las cuales incluso han sido acusadas de colaborar en el robo de bebés durante la dictadura. Muchas de ellas siguen vinculadas a proyectos sociales y no ha habido una verdadera rendición de cuentas.
-M. G. B.:
Intentamos contactar con las Cruzadas Evangélicas, la orden que gestionaba el centro. Escribimos muchísimos correos para que supieran que este libro se iba a hacer, con ellas o sin ellas, pero no quisieron participar.

-M. P. G.: Creo que las religiosas involucradas tienen la conciencia tranquila. Utilizando el lenguaje que usaban mientras el Patronato estuvo activo y que todavía persiste, estaban convencidas de que ayudaban a “pecadoras” a convertirse en buenas mujeres. No son conscientes, o no quieren serlo, de que en esos reformatorios ocurrieron violaciones de derechos humanos. En el caso de Inmaculada hubo un internamiento ilegal en 1983, sin resolución judicial, algo contrario a la Constitución. Aun así, figuras como Feliciana Sánchez, directora del centro en esa época, siguieron viviendo con impunidad e incluso ocuparon puestos de responsabilidad dentro de la orden.

-E. L. B.: La Iglesia católica no solo participó en abusos sexuales a menores, sino también en otras formas de violencia y maltrato. A estas niñas se las podía humillar, castigar, separar de sus hijos… Debemos entender estas prácticas como formas de tortura y de maltrato institucional. Sin embargo, nadie ha rendido cuentas oficialmente por el Patronato.

-El libro también aborda el aspecto económico de estas instituciones: internas trabajando gratis o entregando parte de su sueldo. Una explotación laboral que parece haber quedado invisibilizada.
-E. L. B.:
Gran parte de las fortunas de este país siguen vinculadas a quienes apoyaron el golpe de Estado y el franquismo. Franco creó toda una estructura para enriquecer a los afines y eso incluía la explotación del trabajo de presos y de las niñas del Patronato en espacios como los talleres textiles. Hubo empresarios y congregaciones religiosas que se beneficiaron del trabajo esclavo de menores consideradas “pecadoras”. Es incontable la riqueza que se generó a su costa.

-Resulta paradójico que se enmascare como “protección” un sistema de castigo, disciplina y de control a través del miedo.
-M. P. G.:
Me ayuda pensar esto desde el concepto de “utilidad”. Estas mujeres tenían que ser “reeducadas”, pero además su trabajo podía servir para enriquecer a empresarios y sostener el régimen. Estas chicas eran consideradas peligrosas porque podían “contaminar” a otras mujeres, pero al mismo tiempo eran necesarias para el proyecto franquista: las mujeres debían criar a los futuros españoles y transmitir los valores del régimen. Por eso su reeducación era tan importante. Y, en cierto modo, lo consiguieron: Franco murió en 1975, pero el Patronato y muchas de sus estructuras continuaron. Mucha gente dice: “¿Cómo es posible que nadie supiera qué era el Patronato?”. Sin embargo, toda una generación de mujeres creció escuchando amenazas como “si te portas mal acabarás con las monjas” o “te llevarán al reformatorio”. Era una amenaza transversal, presente en todos los estratos sociales. Y, en ocasiones, como le ocurrió a Inmaculada, esa amenaza se cumplía.

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-Un embarazo fuera del matrimonio, la homosexualidad, ir vestida de forma considerada inapropiada, mostrar “una conducta irregular”, “llegar muy tarde a casa”… recogéis todo tipo de cuestiones que podían servir como excusa para el encierro. Cualquier mínima desviación del ideal de feminidad franquista arrojaba sobre ti la sombra de ser “una mujer caída”, “una oveja descarriada”…
-E. L. B.:
Inmaculada reunía varios “elementos pecaminosos”: era de clase trabajadora, era mujer y era lesbiana. Probablemente esa última fue la verdadera razón de su internamiento. La única documentación existente es una hoja policial aparecida después de su muerte, cuando el juez pidió explicaciones sobre por qué estaba internada. En esa nota se decía que había sido detenida “en actitud manifiesta de ejercer la prostitución”. No damos ninguna validez a ese documento. Creemos que fue fabricado para justificar una situación muchísimo más grave: que una menor estaba retenida allí ilegalmente y murió en circunstancias extrañas.

-M. P. G.: Esos “pecados” marcaron el destino de Inmaculada. La pobreza de su familia, el intento de vivir con algo más de libertad a los catorce años y de vivir su sexualidad libremente acabaron condenándola al internamiento. Y su muerte fue una consecuencia posterior, completamente evitable. Hablamos de 1983: si esos centros se hubieran revisado y reformado según criterios democráticos y constitucionales, no habría muerto allí. Pero es importante recordar que hubo miles de niñas encerradas en el Patronato cuyos supuestos “pecados” ni siquiera estaban claros. Muchas veces bastaba con no encajar en el modelo de feminidad esperado. Y esa pobreza no condenó solo a Inmaculada, sino también a su familia, que vivió durante décadas sin saber que el caso había sido archivado ni en qué condiciones se había hecho. El padre, analfabeto, firmó documentos sin comprender lo que estaba autorizando y la madre ni siquiera llegó a declarar.

-Un aspecto estremecedor del libro es el papel de las familias. A veces son ellas quienes envían a sus hijas allí, pero otras ni siquiera saben realmente qué está ocurriendo…
-M. G. B.:
Muchas familias eran engañadas: les decían que sus hijas iban a un colegio y aceptaban pensando que estarían protegidas. Con Inmaculada, cuando su madre recibe la noticia de que está internada en un centro, siente alivio. Su hija se había ido a Madrid y no sabían ni dónde estaba ni cómo volvería. Frente a esa incertidumbre, pensar que estaba “cuidada” parecía tranquilizador. Pero una vez que las niñas entraban en esos recintos, pasaban a estar tuteladas por el Estado y por las órdenes religiosas. Aunque una familia quisiera sacar a su hija, si las monjas no querían, no podía hacerlo. Y también había miedo. Muchos pensaban que quizá aquello serviría para “reeducar” a sus hijas y devolverlas al camino que se esperaba de ellas.

-Resulta especialmente sangrante el caso de las chicas internadas tras sufrir abusos dentro de sus propias familias. Muchas habían huido de casa por ello.
-E. L. B.
: Fue revelador encontrar un informe realizado en 1981 por el psicólogo Tomás Ortiz sobre las menores internadas en Nuestra Señora del Pilar. El documento parte ya de una idea criminalizadora: considera la delincuencia el rasgo común de todas ellas. Pero cuando lees las encuestas descubres que la mayoría no había cometido ningún delito. Muchas escapaban de situaciones familiares terribles y nadie se preguntaba por qué se habían ido de casa. Ese informe refleja los prejuicios de la época y la opacidad que rodeaba el funcionamiento de estos centros. Todo acababa pasando por las Cruzadas Evangélicas. Lo más grave es que todavía parece impensable que el Estado obligue a estas órdenes religiosas a abrir sus archivos o colaborar en la reparación de las supervivientes.

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-Este texto presenta una enmienda a la idea de una Transición modélica. Frente a quienes declaran sentir nostalgia de los ochenta por considerarla una época de libertad absoluta, aquí vemos cómo se mantiene la continuidad con el franquismo.
-M. G. B.:
Cuando las Cruzadas Evangélicas abandonan el centro, la nueva directora, Rosa Berián, denuncia la negligencia institucional. El Consejo Superior de Protección de Menores ni siquiera sabía cuántas niñas había internadas, quiénes eran o por qué estaban allí. Ella definía esos centros como “máquinas del tiempo”: entrabas en los años 80 y de repente estabas en los 40. Y contaba casos durísimos. Se decía que eran niñas conflictivas o peligrosas, pero ¿cómo no iban a estar destrozadas? Nosotras hablamos siempre de la “pervivencia del Patronato”. Órdenes como Adoratrices u Oblatas siguen siendo hoy referentes en la atención a víctimas de trata o mujeres en situación de prostitución y eso ha contribuido a blanquear su trayectoria.

-M. P. G.: A la democracia también le daban igual esas niñas. Había muchísima prisa por construir muchas cosas durante la Transición, pero las mujeres encerradas en el Patronato no eran una prioridad política, mediática ni social. Ni siquiera lo fueron cuando el Patronato se disolvió en 1985, sin ruido. Desapareció como nombre, pero esas órdenes religiosas siguieron ocupando los mismos espacios y continúan trabajando con mujeres en situaciones vulnerables mientras reciben subvenciones por una labor que debería estar en manos de servicios públicos con personal formado.

-Con este volumen se responden algunos interrogantes, pero aparecen muchos más
-E. L. B.:
La pregunta que queríamos dejar es: ahora que sabemos que, en el caso de Inmaculada, hubo, como mínimo, una negligencia gravísima y quizá un crimen que nadie quiso investigar, ¿qué piensa hacer el Estado? Las investigadoras (nosotras y todas las que llevan años sacando a la luz el funcionamiento de esta maquinaria de control y adoctrinamiento sobre los cuerpos y las vidas femeninas) ya hemos hecho nuestro trabajo. Si consideramos intolerable lo que ocurrió en 1983, debería parecernos intolerable que en 2026 no se haya obligado a rendir cuentas a las órdenes religiosas implicadas. Socialmente, se ha dado un paso importante exigiendo respuestas a la Iglesia por los abusos sexuales. ¿Cuándo llegará una respuesta para las supervivientes del Patronato? No puede quedarse solo en reparaciones simbólicas. Con Inmaculada, archivar la causa como suicidio significó negar a la familia cualquier posibilidad de indemnización económica. Nunca hubo verdad, justicia ni auténtica reparación.

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