‘Tiempo de moscas’ en Nagorno Karabaj

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Armaenia Editorial publica este recorrido de una madre en busca de su hijo a través de la guerra de Nagorno Karabaj de dos mil veinte

  • El monumento Somos Nuestras Montañas, popularmente conocido como Tatik-Papik (Abuela y Abuelo).
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VALÈNCIA. Nos encontrábamos sumidos en la hecatombe de aquel virus de dos mil veinte cuando Azerbaiyán atacó e invadió el el territorio armenio de la República de Artsaj, también conocido como Nagorno Karabaj, iniciando una guerra que duraría cuarenta y cuatro días y que culminaría con toda la población desplazada de sus ciudades y pueblos y la ocupación azerí de esas tierras, de las cuales desde entonces borran todo rastro de su antiquísima historia: en esas imponentes montañas habían vivido generaciones y generaciones de armenios, y allí murieron también algunas de las más recientes defendiéndose con coraje de oleadas de mortíferos drones, ahora ya comunes pero entonces en fase de experimentación en el campo de batalla.

Por estas latitudes no nos preocupamos en exceso por la suerte de la nación del Cáucaso, con la que por otro lado nos unen importantes lazos culturales y a la que además el mundo le debe todavía el reconocimiento del genocidio de principios del siglo pasado perpetrado por el Imperio otomano, un crimen brutal y masivo que parece ser que inspiró al propio pintor austriaco, quien confiaba en la pasividad de los países a la hora de llevar a cabo su plan puesto que, según creía, nadie se acordaba ya del genocidio armenio. Lo cierto es que nunca ha gozado de mucha popularidad, a diferencia de otros crímenes. Armenia tiene la mala suerte de existir en un peligrosísimo vecindario entre potencias mucho más grandes y expansivas. 

A las heridas del genocidio se han sumado las de la pérdida de Artsaj, de nuevo, ante la burocrática mirada de la muy concerned Unión Europea y la distancia de los países asiáticos que podrían haber tenido algo que decir pero que no han querido tener problemas con el primo turco de los azeríes. Además, Armenia no dispone de recursos naturales con los que negociar, lo cual, por otra parte y visto lo visto en la actualidad, puede haber sido paradójicamente una bendición, de lo contrario quizás habría sufrido las atenciones de países muy interesados en ayudar en materia de asuntos internos, una muy conocida política que siempre se inicia con el objetivo de acabar con una “tiranía".

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Esas heridas todavía no han cicatrizado; podemos rastrear su cruda naturaleza en la literatura, como es el caso de esta novela de Nariné Kroyán que publica Armaenia Editorial con traducción de Nelli Minasyan: Tiempo de moscas nos transporta a Stepanakert, capital de Artsaj, donde el veintisiete de septiembre de dos mil veinte comenzaron a caer las bombas de Azerbaiyán. Los hombres marchan al frente decididos a defender su tierra una vez más, entre ellos Adán, el marido de Sona, quien queda sola en una casa asfixiantemente vacía y carente de significado mientras él trata de llegar a la unidad militar de su hijo Armand, hasta que ella misma decide ponerse también en camino con el mismo objetivo. La historia hará que la acompañemos en un recorrido en el que guerra y maternidad conviven si es que tal cosa es posible.

“Sona permaneció junto a la última mesa, destinada a los cadáveres, donde la muerte realizaba su ritual sangriento de turno, y comenzó a recoger la mesa que aún ni se había puesto del todo. Ya no tenían ganas de comer. De repente, en ese instante, una enorme mosca se posó sobre el aluminio brillante. Se arrastró sobre sus patas peludas y, justo en la esquina de la mesa donde estaba Sona, hundió su hocico en la sangre negra y comenzó a devorarla. Sona creyó reconocer a la mosca. Se inclinó hasta que sus ojos y la superficie de la mesa quedaron a la misma altura y, como la última vez, levantó la mano y esperó. Golpeando la esquina no mataría a la mosca. El borde elevado de la mesa impidió el golpe. Sin embargo, esta vez, la mosca solo dejaría una mancha húmeda.

La mosca dejó de comer y, trepando al borde de la mesa, miró a Sona a los ojos. Sona jamás había visto tanta negrura, y le tembló la mano. La mosca se giró, caminó lenta y triunfante por su pedestal, arrastrando los restos de sus entrañas, y se alejó volando lentamente. La razón le decía que la otra mosca debería haber muerto hacía mucho, que esta era completamente diferente, pero Sona sentía, simplemente sabía, que la mosca era la misma, insolente y arrogante, porque había visto su alma, si es que a semejante negrura se le podía llamar alma”. La muerte en toda su terrible verdad, en todo su prosaico horror: cuerpos tirados entre la hierba, ojos cubiertos de tierra, eficientes organismos necrófagos acelerando el proceso de descomposición, esmerándose en borrar el rastro de la vida extinta.

Este presente es sin duda tiempo de moscas y de terribles criaturas sedientas de dolor y destrucción. De aniquilación.  No sorprende tampoco que la creencia en la existencia del mal como entidad, de una fuerza maligna real, haya vuelto con fuerza: lo que había quedado desterrado en los dominios de la leyenda es ahora una amenaza identificable, reconocible, pero escurridiza y traicionera: en muchas ocasiones tratar de verla convierte a quien no se conoce en enemigo. Lo que vemos a diario es parecido a lo que siempre ha habido pero despojado de cualquier tipo de excusa u opacidad: la novedad es que ahora el mal se jacta de serlo, rinde culto a la muerte y alardea de sus atrocidades. Las moscas salen de su boca e infestan la tierra, contagiando su malevolencia y arruinando aquello que alcanza. Es sin duda tiempo de moscas y de sus diabólicos maestros. 

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