Libros y cómic

TRAS EL DEBUT LITERARIO

“¿Y después del primer libro, qué?” De cómo publicar por segunda vez y no morir en el intento

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VALÈNCIA. Doscientos borradores. Ideas desechadas. Párrafos reescritos. Seiscientos mails a editoriales. Rechazo sobre rechazo. Y, finalmente, el anhelado ‘sí’. Una editorial apuesta por ese manuscrito. Tu libro empieza a existir en el mundo real. Con su encuadernación, sus páginas numeradas, sus erratas (los duendes de la imprenta son implacables). Tu libro va poblando estanterías. Pasan los meses. Ese título al que tanto tiempo le has dedicado deja de ser una novedad. ¿Y ahora qué? Los debuts literarios son vividos como uno de los grandes acontecimientos en la vida de cualquier juntaletras. Un punto de inflexión. El inicio de una carrera. ¿Y después, qué? Poco a poco, el runrún de un segundo libro va ganando terreno entre tus costillas. Quizá haya una idea nueva abriéndose camino. Quizá decidas recuperar un destello de inspiración que tenías guardado en algún cajón. Quizá te enfrentes a un bloqueo creativo. Despojada de la etiqueta de novata absoluta, pero tampoco convertida en figura consolidada, te lanzas de nuevo a convertir tus palabras en un artefacto publicado.

  • Marta Meneu -

No te puedes bañar dos veces en el mismo río ni puedes vivir dos veces el mismo proceso creativo. En este segundo empeño quizá no cuentes con el impulso de ese primer salto, pero almacenas algo más de experiencia en tu zurrón. Las manos (Valparaíso, 2021) fue el primer poemario de Sara Olivas, quien redobló la apuesta con La perra de esta casa (Valparaíso, 2025). “Escribo de manera bastante caótica (movida por obsesiones, intuiciones, por una necesidad) y durante mucho tiempo no sé si lo que tengo entre manos acabará convirtiéndose en un producto literario”, explica. Con Las manos, todo le pilló “por sorpresa. Escribía poemas en libretas o en notas del móvil sin pensar que pudiera interesar a la industria editorial. De hecho, cuando me preguntaron si tenía algo para enviar, contesté: ‘no lo sé’”. En cambio, con La perra de esta casa ya sabía “que los poemas dialogaban entre sí, que compartían un eje. Empecé a trabajarlo pensando en un libro incluso antes de que se publicara el primero”.

Marta Meneu se estrenó en la novela con El senyal (Bromera, 2019). En 2025 volvió a la literatura con D’acer i de cristall (Bromera). Entre una pieza y otra, las diferencias no fueron simplemente literarias, sino vitales: “Empecé El senyal siendo adolescente, tenía pocas obligaciones y una rutina marcada por las clases. La moví por concursos y finalmente se quedó guardada hasta que, teniendo relación con el mundo editorial por la creación de contenido, en Bromera me preguntaron si tenía algo escrito. Les envié el borrador y empezamos un proceso de edición intenso. Me orientaron mucho sobre qué sobraba, qué tenía sentido…”. La segunda novela nació de un encargo. Tras la DANA, Bromera le propuso escribir sobre el tema: “Si no me lo hubieran planteado, probablemente no se me habría ocurrido hacer una novela sobre algo tan reciente. Me dieron total libertad creativa, pero había una fecha de entrega. Eso hizo que el proceso fuera muy distinto: me impuse un calendario más estricto y trabajé con más disciplina”, apunta.

  • Nacho López Murria -

De un título a otro también cambió su relación con la industria editorial: “Con El senyal me sentí bastante desamparada en aspectos como el enfoque para promocionar el libro. No tenía herramientas para negociar esas cuestiones. En esta segunda experiencia, con más recorrido profesional y trabajando en el ámbito cultural, me moví con más claridad sobre el sector y sobre lo que implicaba publicar”. Olivas reconoce que su relación con el panorama literario siempre ha sido “un poco de amor-odio. Fui afortunada porque no tuve que enfrentarme a una cadena infinita de rechazos ni a meses de correos sin respuesta. Aún así, me sorprende la velocidad con la que funciona todo. Por suerte, mi editorial respeta mis tiempos”. Y un aprendizaje de esa primera incursión: “Quizá no di a Las manos toda la vida pública que podía haber tenido. No lo moví tanto como podría: no hice tantas presentaciones, no estuve en tantas ferias... Con este me he propuesto estar más presente y acompañarlo mejor”.

Tras París era una rave (Maclein y Parker, 2022), Nacho López Murria regresó a la mesa de novedades con La enfermedad de los viajes en el tiempo (Libros Walden, 2025), un proyecto que empezó hace años y había aparcado: “Saber que a una editorial le interesaba la novela, pese a estar a medias, fue muy motivador”. No extraña que, de entre todo lo vivido con esta novela, subraye el papel de sus editores de Walden: “Me ayudaron a resolver asuntos de la trama y, sobre todo, a no sentirme solo durante el proceso. Ahora los considero amigos”. Ballenas invisibles (Barlin, 2024) fue el primer ensayo de Paula Díaz Altozano. “Lo abordé como si fuera una novela de aprendizaje, un juego o ejercicio de experimentación donde resumí géneros que me gustan: ensayo, poesía, novela…”. El lamento de la selva (Barlin, 2025) es un libro “más fragmentario, lleno de entusiasmo por seguir adentrándome en el ensayo literario. Refleja un viaje desde Lima hasta la selva, con el río Amazonas como hilo conductor”.

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“Una presión nueva: las expectativas”

A menudo, las primeras veces pueden dar algo de miedo. Miedo a lo desconocido. A lo inesperado. La cosa cambia en estos segundos intentos. Por una parte, conocer el terreno en el que te manejas ayuda a ganar cierta seguridad. Pero también corres el riesgo de caer víctima de las expectativas creadas. De dejarte influir demasiado por las respuestas que recibió tu debut. De quedar paralizado por el temor a defraudar a quienes confiaron en ti en una ocasión anterior. López concibió París era una rave como “un ejercicio personal. Era un libro ligero, donde jugué con un punto de partida sencillo que se fue desarrollando con escritura automática. Quería cerciorarme de que podría escribir una novela y, sobre todo, reencontrarme con un sitio de recreo que tenía descuidado y que me permite escribir para pasarlo bien”. Confiesa haber sentido más presión en esta segunda acometida, pero “no por altas expectativas, más bien por ‘complicarme’ el proceso. Lo he sufrido en ocasiones, he dudado mucho de si lo que hacía iba a funcionar”.

Para Meneu, la inseguridad ha estado presente en ambas publicaciones, pero en cada una ha adoptado ropajes distintos. Con El senyal, los nervios del estreno se vieron atenuados por pensar “que lo había escrito cuatro años antes, cuando era adolescente. Eso me daba cierta distancia, cierto colchón”. Con la segunda novela, la inseguridad no tenía que ver tanto consigo misma como escritora, sino con el tema abordado: “Mi mayor miedo era molestar, ofender o que alguien sintiera que estaba capitalizando un shock colectivo. Esa fue la presión real”. Eso sí, de un título a otro vivió cierto bloqueo creativo: “Pensaba que, después de una primera novela, debía seguir publicando para no ser ‘flor de un día’, pero a la vez lo siguiente tenía que estar a la altura. Sin embargo, como estaba inmersa en trabajos culturales y la vorágine de iniciar la vida adulta, no viví ese bloqueo como un drama”.

Con La perra de esta casa, Olivas tenía “la tranquilidad de saber que iba a publicarse: no tenía que desgastarme buscando editorial. Pero apareció una presión nueva: la de las expectativas y la validación externa. Las manos recibió comentarios muy generosos y eso me dio confianza, pero también me produjo una sensación de abismo y miedo. Miedo a no estar a la altura, a no ser ‘la poeta que se espera de mí’. Me da vértigo la crítica, pero me aterra aún más estancarme”.

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Continuistas y rupturistas

En cuanto a segundas obras se refiere, hay dos vías posibles que transitar. Dos escuelas creativas a las que adherirse. Algunos eligen una continuación natural de su estilo literario, seguir explorando la ruta ya iniciada. Otros, en cambio, optan por la ruptura radical, por mostrar una versión distinta de su identidad como artistas. Para Olivas, no se trata de opciones excluyentes: “Lo vivo como una conversación abierta. La continuidad está en los temas y en la mirada. La ruptura aparece sobre todo en el lenguaje. He sido más exigente con la palabra, más obsesiva con la precisión. He jugado más con el lenguaje, lo he estirado y trabajado hasta encontrar la forma que necesitaba. Aunque sigo llena de dudas, la voz poética es más segura y clara”.

Por su parte, Díaz apuesta por proseguir una senda que consideraba apenas vislumbrada: al escribir Ballenas invisibles, iba “un poco a tientas, con la ilusión y las expectativas de hacer algo nuevo para mí: la escritura de un ensayo. En ambos volúmenes el estilo se mantiene, aunque El lamento de la selva tiene una estructura más cercana al cuaderno de viaje. Ha sido como una continuación natural: en el primero hablaba del mar, en el segundo del río Amazonas. Ahora estoy escribiendo un nuevo ensayo sobre otras manifestaciones del agua, el elemento que conecta mis libros”. En el lado contrario del tablero se sitúa Meneu, quien considera que, si comparas la escritura de sus dos novelas, parecen escritas “por dos personas distintas”. “El cambio es muy evidente. El senyal lo escribió la Marta adolescente, centrada en la lengua y el léxico, en imitar a autores que me gustaban, en utilizar subordinadas largas y palabras cultas. Había una preocupación enorme por la forma. En la segunda novela el lenguaje es más directo, más cercano a la juventud y más respetuoso con la oralidad. En estos años he encontrado mi voz también fuera de la literatura, como persona pública, y eso se nota. No lo he vivido como una ruptura deliberada, sino como una evolución natural: he crecido”.

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Con La enfermedad de los viajes en el tiempo, el estilo de López permanece, pero en “un universo totalmente diferente. Quería probar cosas nuevas. No concibo escribir sin objetivos autoimpuestos para seguir mejorando y aprendiendo. El peligro de caer en la comodidad…”. Así, París era una rave funciona como “una comedia algo absurda en la que todo se transforma en un despropósito mágico. En mi segundo libro, una adolescente cuenta sus peripecias escribiendo redacciones en las que le desvela a su profesor que en realidad viene del futuro…”. “Se puede percibir mi afición a alterar lo cotidiano con elementos poco comunes –reconoce–. Pero estos recursos son solo ‘potenciadores de sabor’ para contar una historia sobre verdades incómodas, sobre cómo duele no encajar en ningún sitio”.

En todos los manuales sobre lugares comunes creativos se apunta a que el primer libro (o película o disco) de un autor es su ‘carta de presentación’. Cumplimentado ese requisito, anunciado al mundo el nombre de uno mismo, ¿qué papel juega el segundo título que se lanza al mercado? ¿Cuál es su misión en la trayectoria de quien lo firma? “ Con Las manos expuse por primera vez mi herida: el lugar desde el que leo, escribo y pienso –relata Olivas–. La perra de esta casa nace del mismo núcleo (la familia, la infancia, ese espacio íntimo y conflictivo…), pero con una escritura más madura. Supone una especie de asentamiento más cercano a mi intimidad. Un ‘esta soy yo’ más firme. No es tanto recrearse en el dolor como mirarlo de frente y convertirlo en algo compartido. Lo que más me importa de escribir es transformar lo personal en algo político; hablar de temas que siguen siendo incómodos”.

Para Meneu, El senyal es una novela “ligada a un momento concreto de mi vida”. Y aquí, el interrogante: ¿cómo observar una obra que crearon tus dedos pero con la que ya no te identificas? “No reniego del libro, es un álbum de recuerdos. Me da nostalgia leer cómo pensaba la Marta de 17 años. Sigo compartiendo lo que plantea sobre violencias machistas, pero no me representa en la voz ni el estilo”, expone. Su segundo libro, en cambio, muestra “a una Marta adulta, más asentada. Incluso simbólicamente hay un cambio: antes firmaba con los dos apellidos y ahora solo con uno. Marca una etapa más consciente de mi trayectoria porque refleja mejor quién soy ahora”. El debut es solo una deslumbrante foto fija. Después queda el camino. Es decir, la vida.

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